2004
HOMILIA.
- CLAUSURA DE LA SEMANA SOCIAL 2004
DE LA ARQUIDIÓCESIS DE SAN LUIS POTOSÍ.
1.- Al llegar
al final de esta Primera Semana Social del nuevo milenio en nuestra
Arquidiócesis de San Luis Potosí, le damos gracias al
Señor y le presentamos todas nuestras reflexiones, deliberaciones
y decisiones, tomadas en estos días de intenso trabajo, perseverancia
y dedicación para rehabilitar la dimensión social de la
pastoral de nuestra Iglesia potosina a fin de que sea de verdad “Iglesia
solidaria”. Esta Semana Social ha sido un momento luminoso
y prometedor de nuestro Año Jubilar Arquidiocesano.
No cabe duda
que ante la ingente tarea y la magnitud y complejidad de los problemas
sociales, aparecen magros nuestros recursos humanos y materiales para
dar nuestro aporte a la transformación solidaria de la realidad
social. Sin embargo, no nos desalentamos porque sabemos que el Señor
multiplica y da fecundidad a nuestras acciones apostólicas y
solidarias en favor de sus pobres.
Es cierto
que cualquier persona, desde una perspectiva exterior a la Iglesia,
puede juzgar que nuestras realizaciones son cosas pequeñas, que
no acaban con la pobreza, que no nos sacan de la espiral de la violencia,
que no acaban de producir la cultura de la solidaridad. Pero estas pequeñas
acciones han tenido y tendrán la fuerza de desencadenar la alegría
y el optimismo cristiano para traducirlos en cambios significativos.
Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un
poquito, es la única manera de comprobar que esta realidad nuestra
es transformable. Se trata, pues, de aportar un granito de arena a la
construcción de una cultura de la participación y de la
solidaridad.
2.- Pasado
mañana, celebraremos la Solemnidad de Pentecostés. En
esta fiesta proclamamos nuestra fe en el “Espíritu
Santo, Señor y dador de vida”, “animador de la Iglesia”
que la mantiene fiel a la misión que el Señor resucitado
le ha confiado. Con toda la Iglesia, expresamos nuestra honda necesidad
del Espíritu y nos dirigimos al Padre celestial con la conocida
y confiada plegaria: “Envía, Señor,
tu Espíritu a renovar la tierra”. Convencidos
del poder creativo y providente de Dios, decimos también con
el salmista: “Si retiras tu aliento, toda creatura muere y
vuelve al polvo; pero envías tu espíritu, que da vida,
y renuevas el aspecto de la tierra”. Creemos firmemente en
la fuerza transformadora y purificadora que el Espíritu del Señor
realiza en las realidades del mundo y en el corazón de todo hombre
y mujer que se abre a su acción, por eso cantamos: “Lava
nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas;
doblega nuestra soberbia, endereza nuestras sendas”.
En verdad
que todos nosotros necesitamos de este Espíritu divino. Lo necesitamos
nosotros, “que tenemos la experiencia del mundo moderno, gigante
maravilloso de ciencia y de poder, pero en ocasiones ciego y loco sobre
lo más importante: el amor y la vida; nosotros, que vislumbramos
dibujarse los siglos pasados y abrirse al siglo nuevo, más clara,
más recta, más apremiante, la vocación santificadora
y misionera de la Iglesia, y que la sentimos interesada en colaborar
para conseguir la superación de los niveles sociales como una
escalera, no como un obstáculo de los que todavía separan
y oponen a los hombres entre sí a causa del diverso y frecuentemente
injusto disfrute del reino de la tierra, mientras que están todos
invitados, y en mayor medida los pobres, al gozo del reino de los cielos”
(Pablo VI).
“Envía,
Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”.
Esta súplica tiene su respuesta en las palabras del Apocalipsis:
“He aquí que hago nuevas todas las cosas”. El
Espíritu Santo no permite dudar, y nos hace marchar hacia delante,
buscando siempre e imaginando un mundo diferente y una nueva sociedad.
“Si creemos en algo, si tenemos en nuestro interior suficiente
energía, suficiente pasión y ganas de vivir, podremos
encontrar en los recursos que nos ofrece el mundo actual los medios
necesarios para hacer realidad algunos de nuestros sueños”.
3.- Inspirados
y alentados por la Doctrina Social de la Iglesia, y teniendo muy en
cuenta el momento socio-político-económico del país,
atrevámonos a soñar una nueva sociedad aunque para muchos
parezca sólo una utopía. Nosotros, sin embargo, queremos
imaginar y luchar por:
- Una
sociedad comunitaria-solidaria, en la que todos vivamos fraternalmente,
compartamos nuestros bienes, promovamos la justicia y la paz, no haya
división entre ricos y pobres y asegure, a todos y todas, una
vida digna de acuerdo a la dignidad humana.
- Una
sociedad participante, en la que cada persona sea tenida en
cuenta y se sepa miembro activo, útil, escuchado, con poder de
decisión y sujeto a responsabilidades, a derechos y deberes;
que promueva y defienda, cotidianamente, la cultura democrática.
- Una
sociedad dialogante, donde se privilegie el diálogo
sobre la confrontación y la exclusión; un diálogo
fincado en la verdad y la confianza, en la fidelidad y la prudencia,
en la seriedad y firmeza duradera.
- Una
sociedad abierta a lo trascendente, que subordina los valores
secundarios al valor absoluto y que garantiza la expresión religiosa
sin que signifique teocracia o identificación del poder temporal
con el espiritual ni se busque privilegio alguno para las iglesias o
grupos religiosos; todo humanismo cerrado se vuelve inhumano.
- Una
sociedad que realiza la civilización del amor, como
altísimo y estimulante ideal; que destierra la injusticia, el
egoísmo, la discriminación, la corrupción; que
privilegia la ética sobre la técnica, lo espiritual sobre
lo material; que inspira el perdón, la reconciliación
y la unidad; y favorece, en todo tiempo y en cada espacio, “el
amor preferencial por los pobres”.
Todo lo anterior,
los Obispos de México lo aplicamos a nuestro país, diciendo:
“El pueblo mexicano, en un clima de diálogo y respeto
a los derechos y deberes que brotan de la naturaleza humana, tiene la
oportunidad de construir un proyecto solidario, plural e incluyente,
al servicio de las personas, de las familias, de sus valores y de su
historia” (Carta Past. 2000, n. 269).
A este respecto,
recordemos que la transformación social sólo es posible
si conocemos suficientemente la realidad y sus valores subyacentes,
y si estudiamos y analizamos las distintas corrientes ideológicas,
propiciando posibles puntos de encuentro con los demás, en esta
tarea. Es bueno buscar, por todos los medios, valores que disipen “la
tristeza de ser hombre” y forje ciudadanos y ciudadanas de
un mañana, cuya piedra angular no se asiente sobre el individualismo
feroz y la cruel competencia, sino en la libre implantación de
los valores de la solidaridad, del bien de todos y de los derechos humanos,
que son semillas del Reino de Dios y los mejores frutos de la libertad
de sus hijos.
4.- “Envía,
Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”. Ante
la tarea que nos espera, tenemos necesidad de fuego en el corazón,
de palabras en los labios y de valentía en la acción;
tenemos necesidad de recobrar el ansia y el gusto por la transformación
solidaria de la realidad social; tenemos necesidad de experimentar un
nuevo estímulo de actividad y de expresión en las obras
de caridad y en la promoción de la justicia.
Tenemos necesidad
del Espíritu Santo para atender al urgente llamado que Pablo
VI nos hacía en su Carta Apostólica “Octogésima
Adveniens”, en 1971: “Que cada cual se examine para
ver lo que ha hecho hasta aquí y lo que debe hacer todavía.
No basta recordar principios generales, manifestar propósitos,
condenar las injusticias graves, proferir denuncias con cierta audacia
profética; todo ello no tendrá peso real si no va acompañado
en cada hombre por una toma de conciencia más viva de su propia
responsabilidad y de una acción efectiva. Resulta demasiado fácil
echar sobre los demás la responsabilidad de las presentes injusticias,
si al mismo tiempo no nos damos cuenta de que todos somos también
responsables, y que, por tanto, la conversión personal es la
primera exigencia. Esta humildad fundamental quitará a nuestra
acción toda clase de asperezas y de sectarismos; evitará
también el desaliento frente a una tarea que se presenta con
proporciones inmensas. La esperanza del cristiano proviene, en primer
lugar, de saber que el Señor está actuando con nosotros
en el mundo; le viene, además, de saber que también otros
hombres colaboran en acciones convergentes de justicia y de paz”.
(n.48)
Gracias,
hermanos y hermanas, por su comprometida participación en esta
Semana Social 2004. Gracias a los PP. Margarito Sánchez Grimaldo
y Rubén Pérez Ortiz, a los conferencistas y a los integrantes
de la Secretaría de Pastoral Social y Cáritas y del Consejo
Diocesano de Laicos. Que el Señor sea su mejor recompensa y les
conceda la abundancia de su Espíritu divino, “la fuerza
de lo alto”, que siempre viene en ayuda de nuestra debilidad.
San Luis
Potosí, S.L.P., 28 de Mayo de 2004.
+LUIS MORALES REYES
Arzobispo de San Luis Potosí
