2004

HOMILIA EN LA EUCARISTIA POR LAS BODAS DE PLATA SACERDOTALES
DEL PBRO. JOSÉ RAMÓN GÓMEZ RAMÍREZ

Muy estimado P. Ramón:

Este día de tus Bodas de Plata Sacerdotales, tu corazón sacerdotal rebosa de alegría y gratitud. En esta Eucaristía vienes a dar gracias al Señor por el don inmerecido del sacerdocio ministerial y por estos 25 años entregados al Señor a favor de su Pueblo.

La gratitud es tu respuesta espontánea por los dones recibidos. Es reconocer que todo lo que eres y tienes te ha sido dado como don de amor, don que hoy celebras con alegría. No es difícil dar gracias por un favor concreto. Es menos fácil y menos frecuente vivir en actitud de permanente agradecimiento. Agradece cada día el eterno don del sacerdocio ministerial.

Te invito a ser agradecido como Jesús. Nos dice el Evangelio que “el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús que dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Sé agradecido como María que canta: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque el Poderoso ha hecho grandes obras por mí”. O como la Iglesia que ora: “Dios y Padre generoso, enséñanos a reconocer los beneficios de tu paterno amor y a amarte con todo el corazón, utilizando para tu gloria lo que sólo de tu bondad hemos recibido”.

Pero tu gratitud tiene también una dimensión horizontal. Se trata de que agradezcas el don de la vida y de la familia a tus padres D. Arcadio y Dña. Ma. Guadalupe, a tus cuatro hermanas y dos hermanos (uno de los cuales acaba de fallecer), y a todos tus demás familiares. Agradece también a tus formadores del Seminario, al Sr. Obispo D. Ezequiel Perea, por cuyo ministerio episcopal recibiste el sacerdocio, a los sacerdotes que te han acompañado como párrocos o vicarios y a los fieles a quienes has servido y te han ayudado con su oración, su fe y su amor.

Recibe de parte de la Arquidiócesis el agradecimiento por tus servicios sacerdotales prestados a lo largo de estos 25 años. Primero, como vicario parroquial en Rioverde y Real de Catorce y, después, como párroco de Real de Catorce, de Zaragoza y, actualmente, de la Parroquia y Santuario del Señor de Burgos. Gracias por tu eficaz desempeño como Decano de los Decanatos de San Pablo y Juan Pablo II, por tus estudios de licenciatura en Bruselas, Bélgica y por tantos otros servicios generosamente cumplidos. Yo aprovecho esta ocasión para agradecerte tus fraternas atenciones y valiosas ayudas pastorales que me has brindado. ¡Felicidades, P. Ramón, muchas felicidades por este feliz aniversario sacerdotal!

2.- Ahora, quiero compartirte algunos pensamientos que me sugiere la Palabra de Dios proclamada y que tú mismo elegiste. La Carta a los Hebreos te ofrece el ideal y el perfil del presbítero pastor: “Escogido entre los hombres, constituido para intervenir a favor de ellos ante Dios, para comprender a los ignorantes y extraviados y ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo y por los suyos propios”. Te exige aprender de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que “ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas y aprendió a obedecer padeciendo”.

P. Ramón, esta es una clara y apremiante invitación a tener dos actitudes fundamentales: oración y compasión. De la oración saldrás siempre renovado, convertido en un hombre nuevo, plenamente obediente; por la oración, convertirás toda tu vida y todas tus actividades en ofrenda, en un auténtico sacrificio; y por la compasión, mantendrás tu solidaridad con las flaquezas de tus hermanos, sin rechazarlos nunca, sin condenarlos, sin renunciar a tu condición de hermano de todos los hombres; por la compasión, te acercas a la situación y miseria del hombre para darle la ayuda necesaria en cada circunstancia.

La compasión te pide ir allá donde se sufre, entrar en los lugares de dolor, participar del quebranto, del miedo, de la confusión y de la angustia. La compasión te hace sumergirte en todo lo que es humano. Si quieres ser compasivo, como hoy te lo pide Cristo, el Gran Sacerdote fiel y compasivo, tienes que ser amable y benévolo con quienes resultan lastimados por la prepotencia de la vida de muchos. No olvides que vivimos en una sociedad donde somos más competitivos que compasivos. Recuerda que Jesús nos dice: “Sean compasivos como su Padre es compasivo”. Esta es una exigencia que llega a la raíz de nuestra vida. “Todo sacerdote es un hombre escogido para comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades”.

En Jesús, la compasión de Dios se te hace visible e inspira tu actividad pastoral. Él se te presenta como la encarnación concreta de esa compasión divina en nuestro mundo. Recuerda las actitudes de Jesús ante el ignorante, el hambriento, el ciego, el leproso, la viuda, o ante cualquiera que se acercara a él con su sufrimiento. Presta mucha atención a sus palabras y sus acciones. El Evangelio nos dice que “se le conmovían las entrañas” ante las multitudes. La compasión que él sentía era algo muy distinto de un sentimiento superficial o pasajero, de pesar o de simpatía. Era algo que más bien afectaba a la parte más vulnerable de su propio ser.

A este respecto, la liturgia de la misa, en el VIII prefacio común, te ofrece un texto digno de que lo medites frecuentemente: “(Jesús, nuestro Redentor) en su vida terrena pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.

3.- Permíteme que te comparta otra reflexión sobre el Evangelio proclamado. Contiene dos grandes imperativos que obligan a todos pero de manera muy especial al sacerdote: “Amarás al Señor, amarás a tu prójimo”. Esta es la raíz que fructifica en caridad pastoral. Recuerda aquellas expresiones de Juan Pablo II en “Pastores Dabo Vobis”. “La caridad pastoral es la donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia; determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente y resulta particularmente exigente para nosotros; con ella, el sacerdote es capaz de hacer una elección de amor; la caridad pastoral se hace fuente, criterio, medida, impulso del amor y del servicio; constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote” (PDV, 23).

Todo esto te recuerda que el amor pastoral es gratuito y misericordioso. No busca su interés sino el de las ovejas y la gloria del Padre. El sacerdote ni juzga ni condena. Carga con la oveja descarriada y alejada, para llevarla a la casa paterna. Su corazón, manso y humilde, es la fuente de la que mana su amor gratuito y compasivo. El imperativo: “Amarás” te obliga a modelar tu existencia sacerdotal y tu corazón de acuerdo al corazón de Cristo, Buen Pastor.

Ten en cuenta las palabras de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15,13). Dar la vida por amor, para un sacerdote, significa en concreto, dar su tiempo. Cuando das tu tiempo abres la puerta de tu corazón a los fieles, vives la disponibilidad total. El buen pastor vela y cuida su rebaño día y noche. Dar la vida es dar la salud. Cuando tu salud se vaya desmoronando en el amor y el servicio, tu hombre interior se irá renovando y fortificándose, dándose así con mayor generosidad.

Pero “el amor más grande” y “el dar la vida” tienen su punto culminante y máxima expresión en la Eucaristía. Que Cristo siga diciendo en ti: “tomad y comed”, “tomad y bebed”. Presidir la Eucaristía es dejarte arrastrar por este movimiento del amor de Cristo que se entrega por los hombres. Al celebrar cada día la santa Misa, estás llamado a darte como buen pan, a ser hostia agradable al Padre. Sólo en el amor y compasión de Dios, sólo en comunión con su voluntad, tu ofrenda eucarística te convertirá en buen pan para todos tus hermanos. ¡Vive de la Eucaristía!, como lo pide el Papa. ¡Con renovado fervor, alimenta y edifica al Pueblo de Dios con una Eucaristía siempre viva!

4.- Y ustedes, queridos fieles, que acompañan a su Párroco en su acción de gracias por sus Bodas de Plata Sacerdotales, exprésenle su cariño y gratitud haciendo oración por él, oren también por todos los sacerdotes y pidan al Señor, dueño de la mies, que conceda, a nuestra querida Arquidiócesis, en este año Jubilar y siempre, abundantes y santas vocaciones sacerdotales.

“Señor, danos sacerdotes nuevos, plasmados a imagen tuya;
sacerdotes enamorados de ti, de la Eucaristía, de tu Santa Palabra.
Señor, mándanos sacerdotes que oran y que enseñan a orar;
sacerdotes apasionados de los pobres, de los enfermos, de los últimos;
sacerdotes capaces de ternura y de misericordia,
para todas las desesperanzas y miserias del mundo de hoy.
Señor, mándanos sacerdotes incansables en el enseñar, en el guiar, en el formar,
sacerdotes constantes, resistentes, tenaces.
Señor, mándanos sacerdotes fuertes y humildes, fieles y orgullosos de su celibato.
Señor, danos el valor de pedir sacerdotes santos y de merecerlos un poco,
al menos con la oración humilde, constante y valiente.
María, Madre de los sacerdotes, Madre de la Iglesia,
añade tú lo que falta a esta plegaria y preséntala a Cristo por nosotros”.
Amén.

San Luis Potosí, S.L.P., Enero 27 de 2004.


+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí