2004

HOMILIA: ASCENSION DEL SEÑOR Y APERTURA DE LA
SEMANA SOCIAL 2004 DE LA ARQUDIOCESIS DE SAN LUIS POTOSÍ

1.- En el marco del Año Jubilar de nuestra Arquidiócesis de San Luis Potosí por los 150 años de su historia, con esta Eucaristía dominical, hoy inauguramos la Semana Social 2004, que se prolongará hasta el próximo viernes 28 de mayo. Su objetivo es: “Rehabilitar la dimensión social de la pastoral como una condición para ser Iglesia solidaria”. La realizamos bajo la luz de estas palabras del Papa Juan Pablo II: “La institución de las semanas sociales ha sido desde sus comienzos un instrumento de reflexión y difusión de un pensamiento que, inspirado por el Evangelio y vitalizado por la fe, ilumina la realidad social, orientando así la actividad de los diversos sectores que integran la única comunidad humana”.

Esta primera Semana Social del milenio en la Iglesia potosina, tiene su fuente en la encíclica “Rerum Novarum” del Papa León XIII, y su inspiración primordial en las Semanas Sociales de Francia y en las Semanas Sociales de San Luis Potosí. Los temas están enmarcados en la presente realidad de México y se centran en la dimensión social de la fe, la dignidad de la persona humana, el aporte de los cristianos a la transformación solidaria de la realidad, la justicia social y los derechos humanos.

Con gran alegría, manifiesto mi gratitud y reconocimiento al P. Margarito Sánchez Grimaldo y a todos los integrantes de la Secretaría de Pastoral Social y del Consejo de Laicos que nos ofrecen la organización y realización de esta Semana Social 2004. Estoy seguro que el Señor bendecirá estos trabajos y nos dará abundantes frutos para que la Iglesia potosina cumpla su irrenunciable tarea de promotora y defensora del hombre, de su dignidad, de sus derechos y de una vida digna para todos.

2.- El mensaje de la Ascensión del Señor nos alienta para trabajar a favor del hombre nuevo, primicia de la nueva creación de Dios; y para impulsar la misión evangelizadora de la Iglesia, sin perder de vista la dimensión social de la fe.

Hoy es un día luminoso por la victoria de Cristo. Por tanto, dejémonos invadir por el gozo y la alabanza, por la esperanza y el optimismo. Tenemos razones para vivir y amar, sufrir y esperar, contagiar entusiasmo y testimoniar que hemos sido liberados por Cristo y que vale la pena ponerse a trabajar por un mundo mejor y por una nueva sociedad.

Esta fiesta nos recuerda dos actitudes humanas ante el mundo y la vida: una primera actitud, lleva a pensar que el cielo y el más allá no dicen nada a quienes la tierra, en cambio, lo significa todo: vida, amor, poder, sensualidad, dinero... Una segunda actitud, es aquella en la que los creyentes, impulsados por la auténtica esperanza cristiana, piensan que el cielo hay que construirlo ya desde la tierra, cada día, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los demás. Esta actitud lleva a entender el envío y la misión que Jesús confía a su Iglesia, en el momento de su despedida, el día de la Ascensión. Su envío, es envío misionero al mundo, a la vida diaria, para testificar la esperanza de nuestra vocación en Cristo, a quien hemos visto glorioso con los ojos de la fe y llevamos en los labios y en el corazón que siempre ha de estar abierto a todos, sin olvidos ni exclusiones.

Jesús nos dice que la misión ha de realizarse en el mundo, por eso los ángeles hacen esta pregunta a los apóstoles: “¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?” En una inclinación natural, tenemos el peligro de que, al no ver a Dios ni sus signos en la tierra cerca de nosotros, en una sociedad en la que Dios no cuenta o cuenta poco, vayamos a buscarlo donde no está o nos quedemos sólo mirando al cielo. Hoy, más que nunca, necesitamos una luz nueva, la luz del Evangelio, para comprender la misión y la esperanza a la que estamos llamados. Lo que celebramos hoy y confesamos en el Credo es, por una parte, el triunfo de Cristo y, por otra, el comienzo de la historia de la Iglesia; el punto de partida de nuestra historia de hombres y mujeres salvados por Jesús. Pero no olvidemos que el protagonista de la misión es el Espíritu Santo prometido que va a permanecer siempre con nosotros. “Ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo... Permanezcan en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

3.- El envío de Jesús y la presencia de su Espíritu divino en la Iglesia, nos alientan a ser una Iglesia solidaria que sirve a todos, como lo decimos en nuestro Plan de Pastoral: “Toda la Iglesia está llamada a promover, a partir del Evangelio, la construcción de una cultura globalizada de la solidaridad que haga presente, con el pensamiento y el testimonio de la vida, el amor de Cristo”.

Esta Iglesia solidaria está llamada a atender la propuesta del Papa Juan Pablo II de rehabilitar integralmente la caridad, para comprenderla y vivirla como el don de Dios por excelencia y como el principio que impulsa todo el ser y quehacer de la Iglesia. Es precisamente esta virtud de la caridad la que hace que la comunidad eclesial comparta sus bienes, busque que nadie pase necesidad y se exprese en múltiples acciones de solidaridad.

Al encontrarnos en la Iglesia potosina celebrando un Año Jubilar, debemos manifestar el rostro de Iglesia solidaria, comprometiéndonos por la justicia, por la reconciliación, por la paz, por el respeto al modo de pensar y actuar de toda persona y por una vida digna para los pobres y los olvidados.

Nuestra Diócesis no vivirá la cultura de la solidaridad, si nosotros no entramos en un proceso de conversión permanente y en una profunda convivencia de la comunión fraterna; si no nos formamos espiritual, doctrinal y moralmente, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, conscientes y comprometidos en la transformación de las realidades temporales potosinas.

El objetivo de nuestra Semana Social 2004 nos insiste en que la solidaridad no es un elemento extraño o añadido a la vida cristiana sino, más bien, es una virtud que se convierte en fuente de amor fraterno, de perdón y reconciliación. Así, aceptamos convencidamente que todo ser humano, aunque sea extraño o enemigo, se convierte en prójimo, no sólo por la dignidad humana común, sino porque es la imagen viva de Dios rescatada por la Sangre de Jesucristo.

Los Obispos de México hemos recordado que “cuando la solidaridad se establece como un modo habitual de acción que dinamiza la relaciones sociales, podemos hablar de que la cultura de la solidaridad ha surgido. La solidaridad tiene que trascender las iniciativas meramente momentáneas para que funja realmente como sostén de la sociedad. Este es el camino para que una cultura y una civilización, basadas en el amor, sean posibles dentro de la historia”.

4.- Con el mandato misionero, que Jesús deja a su Iglesia el día de la Ascensión, se nos dice que no existe milagro que solucione lo que el apóstol está llamado a solucionar. Así, la misión no es sino el poner en práctica la capacidad que Dios mismo ha sembrado en el corazón de los creyentes en Cristo. El Espíritu Santo es la gran ayuda que, no solamente no exime de responsabilidad, sino que, por el contrario, la acentúa. La Ascensión de Jesús celebra el día en que se activa la responsabilidad misionera de todos en la Iglesia, sabiendo que se cuenta con el enorme apoyo del Espíritu de Jesús, activo en nuestra historia.

Pongámonos, pues, en camino con Cristo resucitado, guiados por el Espíritu Santo, a lo largo de los días de esta Primera Semana Social del milenio, en nuestra Arquidiócesis, y no permitamos que una nube, de miedo o de irresponsabilidad, quite de nuestra vista el rostro de Jesucristo ni aparte de nuestra mirada la realidad social y eclesial que hay que transformar, en actitud creyente, apostólica y solidaria.


Dios, Padre nuestro, hoy se llena de jubilo nuestro corazón
por la glorificación de Cristo Jesús. Él es el hombre nuevo;
y en su exaltación gloriosa es dignificada la naturaleza humana.

Ilumina los ojos de nuestro corazón para que comprendamos
cuál es la esperanza a la que nos llamas en Cristo resucitado
y cuál la grandeza de la misión a la que Él nos envía cada día.

Queremos cumplir la tarea que tu Hijo nos confió:
anunciar a todos la salvación y la buena nueva de tu amor y del amor fraterno.
¡Danos la luz y la fuerza de tu Espíritu para esta misión! Amén.


San Luis Potosí, S.L.P., Mayo 23 de 2004.


+LUIS MORALES REYES
Arzobispo de San Luis Potosí