2004

HOMILIA EN LA EUCARISTÍA POR LAS BODAS DE PLATA SACEDOTALES
DEL PBRO. FERNANDO CASTRO VILLANUEVA

Muy estimado P. Fernando:

1.- Este singular día de tu 25º. aniversario sacerdotal, el Señor te reitera su amor y su confianza porque eres su sacerdote; sacerdote para siempre. Hoy te habla al corazón, diciéndote: “Permanece en mi amor; si permaneces en mí y yo en ti, darás fruto abundante porque sin mí nada puedes hacer; la gloria de mi Padre consiste en que des mucho fruto y te manifiestes como mi discípulo” (cf. Jn. 15, 1-8). Creo que, ahora, después de 25 años de sacerdocio, entiendes bien lo que él te dijo el día de tu ordenación y que hoy te repite, con amor: “Yo soy la vid; al sarmiento se le poda para que dé más fruto”. Te invito a leer toda tu vida y ministerio sacerdotal a la luz de estas palabras de Jesús, el Sumo Sacerdote, el Pontífice fiel y compasivo.

El Señor te llamó a la vida por el amor de tus papás, D. Manuel y Dña. María Leonor que te acompañan en tu acción de gracias. Te regaló tres hermanas y dos hermanos. Sembró en tu corazón la vocación sacerdotal y la cuidó en medio del cariño de ellos y de otros muchos familiares. Acepta con fe y sencillez, con asombro y gratitud inmensa, que tu vocación sacerdotal nació del corazón de Dios y él mismo la fue cuidando en el seno familiar y a lo largo del inolvidable y enriquecedor período del Seminario. Tu sacerdocio es proyecto y sueño eterno de Dios y tu vida sacerdotal está destinada y motivada por lo eterno.

Dale gracias al Señor por tus años gastados al servicio del Evangelio. Estoy seguro que tus mejores días fueron aquellos en los que el cansancio se hizo presente y terminaste la jornada agotado por servir con amor incansable al Pueblo de Dios. La mayor alegría de un sacerdote, como la de S. Pablo, es aquella de gastarse y desgastarse por el Evangelio. Es mejor menos años de vida, si ese es el costo que hay que pagar por ser sacerdote a tiempo completo.

Gracias en nombre de la Arquidiócesis de San Luis Potosí por tus trabajos y desvelos como vicario parroquial de Charcas y párroco de Bledos, de El Refugio y, actualmente, de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Cumpliste con alegría y fidelidad el oficio de Decano del Decanato de S. Pío X y ahora lo haces del Decanato Pablo VI. A esas tareas, sumas otras que se te han confiado, que has cumplido con responsabilidad y que te han dado la oportunidad de servir, al mismo tiempo que te han formado pastoralmente. Gracias, de mi parte, por tus muchos gestos de fraternidad y atención que me has brindado. ¡Felicidades, muchas felicidades!

Pienso, P. Fernando, que tu itinerario sacerdotal te ha hecho comprender en carne viva que el sacerdote está llamado, cada día, a ser un hombre crucificado, a ejemplo de su Señor y Maestro. Tú bien sabes que seguir a Jesús Sacerdote conlleva la muerte de sí mismo. La cruz no es una consecuencia o accidente del sacerdocio, no, la cruz es el camino necesario. La existencia del sacerdote comporta sufrimientos, lágrimas, soledad, renuncias dolorosas. Es entrar en comunión con los padecimientos de Cristo. Tú lo recuerdas en todos tus ministerios desempeñados. La fecundidad apostólica está ligada a la muerte del grano de trigo. El sufrimiento, que a nadie agrada, se convierte para el sacerdote en fuente de gozo y de alegría. Se trata de morir para vivir en el Espíritu del Señor. Alguien dice: “Mayor es el amor, mayores son los sufrimientos del alma. Más quemante es el amor; más ardiente, la oración. Más perfecto es el amor; más santa, la vida”.

2.- Después de este gran tramo de tu historia sacerdotal, hoy te encuentras con Jesucristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor, que te dice, o mejor, te ordena, una vez más: “¡Permanece en mí!”.

Déjame que te cuente una historia de San Gregorio sobre S. Benito que dice así: “Un eremita llamado Martín se había encadenado al muro de su gruta solitaria cerca de Montecasino. Cuando S. Benito oyó hablar de él, le mandó un mensaje: ‘Si eres servidor de Dios, no te sujetes con una cadena de hierro, sujétate con la cadena de Cristo”.

Yo pienso, P. Fernando, que esto es lo que te pide el Señor en tu feliz aniversario sacerdotal, al decirte en el Evangelio proclamado: “Yo soy la vid, tú eres el sarmiento. Permanece en mí. Sin mí nada puedes hacer”. Yo te lo digo con S. Benito: “¡Que Cristo sea la cadena que te sujete!”; que sea su gracia y su palabra, su amor y su cruz, lo único que te encadene y te haga permanecer en él. La unión con Cristo es condición indispensable para dar fruto, porque de él, que es la vid, viene la savia a tu corazón sacerdotal. Permanecer unido a Jesús por el amor, es lo fundamental para ser su verdadero discípulo. Que la plenitud de tu alegría sacerdotal brote sólo de tu comunión con Cristo.

Ahora, también déjame recordarte que el principio y el fin del camino para permanecer en Jesús es la oración. La oración es el centro mismo de la vida sacerdotal; es al mismo tiempo su raíz y su fruto, su roca fundamental y cumplimiento. Vive, en todas partes, bajo la mirada de Dios; busca siempre el silencio para orar y entrar en diálogo amoroso con Dios. A menos que permanezcas en el silencio, no escucharás a Dios. El silencio sacerdotal te pedirá mirar, esperar, escuchar; estar, como María, dispuesto siempre a recibir, y estar, como ella, en actitud de escucha y de respuesta. Tú bien sabes que la palabra “mística” quiere decir etimológicamente experiencia de hacer silencio y callar. Como el profeta Elías en la cumbre de la montaña santa del Oreb, tú, siendo sacerdote, escucha –más allá del viento, del fulgor de las llamas y del estruendo del terremoto- la voz sutil del silencio, con la cual el Señor te habla en la oración. Así, tu corazón se inflamará, tu amor se encenderá y tu esperanza florecerá.

“Yo soy la verdadera vid. Permanece en mí y yo permaneceré en ti”. El Señor te ha invitado, a lo largo de estos 25 años, a ser su verdadero discípulo. Creo que muchas veces te habrá dicho: “¡Sígueme en mi oración!”. Acércate siempre a Jesús, el Gran Orante. No podrás penetrar en la oración de Jesús sino orando y dejando que él te modele a su imagen. Síguelo en la oración de sus grandes horas y, por tanto, en tus grandes momentos. En su angustia, su tristeza y su turbación, cuando dijo: “Ahora mi alma se siente turbada ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?”.

Las noches de oración de Jesús, en la soledad del desierto, apartado de todo, o en la montaña, no eran noches de éxtasis. Las noches de sus grandes decisiones eran, como en Getsemaní, noches de angustia ante la salvación del mundo, que había de realizar por la cruz. Pero piensa también en aquel gran momento de la oración de Jesús en la Transfiguración. Su oración fue glorificación. “Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos refulgían de blancos”. También tu oración te irá transfigurando. Acuérdate, por otra parte, que un día la oración de Cristo se hizo sacramento: la Eucaristía, que no es sólo presencia de Cristo con nosotros hasta el fin del mundo, sino oración de Cristo. ¡Que cada una de tus eucaristías sean una ardiente oración!

P. Fernando, perdona que te haya hablado tanto de la oración como experiencia del permanecer en Jesús. Quizás porque yo mismo siento necesidad de decírmelo públicamente. Pero pienso que aquí está la raíz y el principio de la fecundidad pastoral de tu sacerdocio, del dar fruto para gloria del Padre celestial, como Jesús.

Permíteme terminar diciéndote que hagas siempre tu oración con la sencillez del hijo y con la simplicidad del discípulo. Dile al Señor que él sea la única cadena que te sujete; que consolide tu fragilidad, consuele tus tristezas, cure tus enfermedades; que confirme tu deseo de trabajar para él y hablar en nombre de él; que conserve tu fervor y ardor apostólico; que renueve cada día la gracia que recibiste el día de tu ordenación sacerdotal; que tu mejor alimento sea cumplir cada día su voluntad; en fin, que crezca en ti la caridad pastoral y seas un sacerdote según su corazón para alegría y bien espiritual de los fieles que él te siga confiando.

3.- Y ustedes, queridos fieles, que acompañan a su Párroco en su acción de gracias por sus Bodas de Plata Sacerdotales, exprésenle su cariño y gratitud haciendo oración por él, oren también por todos los sacerdotes y pidan al Señor, dueño de la mies, que conceda, a nuestra querida Arquidiócesis en este Año Jubilar y siempre, abundantes y santas vocaciones sacerdotales.

“Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote,
concede a todos los sacerdotes un corazón grande;
un corazón abierto a tu silenciosa y potente Palabra inspiradora;
cerrado a toda ambición mezquina,
a toda miserable apetencia humana;
impregnado totalmente del sentido de la Santa Iglesia;
un corazón grande, deseoso únicamente de igualarse a tu corazón,
y capaz de contener dentro de sí
las proporciones de la Iglesia y las dimensiones del mundo;
un corazón grande y fuerte para amar a todos,
para servir a todos, para sufrir por todos;
grande y fuerte para superar cualquier tentación,
dificultad, hastío, cansancio, desilusión, ofensa;
un corazón grande, fuerte, constante,
si es necesario hasta el sacrificio,
feliz de palpitar con tu Sagrado Corazón
y de cumplir con humildad, fidelidad y valentía la voluntad divina”.
Amén. (Pablo VI).


San Luis Potosí, S.L.P., Enero 26 de 2004.


+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí