2004

HOMILIA EN LAS BODAS DE ORO SACERDOTALES DE
MONS. DAVID PALOMO SOLIS
NOVIEMBRE 1° DE 2004

1.- LA ELECCION.

“Alegrémonos en el Señor al celebrar la solemnidad de Todos los Santos. Todos ellos son nuestros intercesores, que dan impulso a nuestra vida”. Acompañemos a Mons. David Palomo Solís, alegrémonos con él al dar gracias por sus Bodas de Oro Sacerdotales. Sus 50 años de presbítero se encuentran felizmente enmarcados entre el Año Mariano de 1954 y este Año de la Eucaristía, como signo de dos de sus grandes amores: a María, Mujer Eucarística y a Jesucristo Eucaristía.

Muy querido Mons. Palomo: aquí estamos para compartir su fiesta sacerdotal. Queremos acompañarle en los sentimientos que embargan su corazón en este día tan peculiar. Por mi medio, la Arquidiócesis entera de San Luis Potosí, le felicita y le agradece su luminoso, aunque discreto y escondido, servicio sacerdotal, dedicado gozosamente a la formación de los sacerdotes. Nuestra inmensa gratitud porque ha gastado su vida formando, amorosa y acertadamente, a muchas generaciones de sacerdotes, sabios y santos, que han servido o están sirviendo fielmente al Pueblo de Dios, marcados hondamente por su sólida espiritualidad y por sus relevantes virtudes de discreción y eficiencia, de reciedumbre y firmeza, de sencillez y espíritu de sacrificio. Gracias por ser hombre sabio y prudente, sacerdote de fe, piadoso, servicial, humilde, obediente y estudioso; en fin, gracias por ser un modelo viviente para los anteriores y actuales seminaristas.

Hoy queremos recordar con Usted aquel día de octubre, Solemnidad de Cristo Rey, en el que alcanzó el ideal soñado del sacerdocio y todo comenzó, como respuesta al llamado. Aquella mañana romana Usted respondió: “ADSUM”; y escuchó las inefables palabras de Jesús: “Vos amici mei estis (...) Iam non dico vos servos (...) Vos autem dixi amicos (...) Non vos me elegistis, sed ego elegi vos et posui vos, ut vos eatis et fructum afferatis, et fructus vester, maneat (…)” (Jn 15, 14-16). (Ustedes son mis amigos (…) Ya no los llamaré siervos (...) Desde ahora los llamaré amigos (...) No me eligieron ustedes a mí, fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero).

La elección exige que el sacerdote renuncie a su propia voluntad, a la idea de la simple autorrealización, a lo que podría hacer o querría tener, y se entregue a otra voluntad para dejarse guiar por ella, llevarlo incluso a donde no quiere.

La hora de la llamada exige una decisión instantánea. En el sí al seguimiento, se incluye el valor de dejarse abrasar por el fuego del amor de Jesucristo, que es también, al mismo tiempo, el fuego del Espíritu Santo que unge para la misión. Este es el fondo y, en definitiva, el núcleo de la elección y la llamada: el sacerdote debe estar preparado para dejarse incendiar por Aquel cuyo corazón arde por la fuerza de su palabra.

¡Muchas felicidades, Mons. Palomo, porque respondió al llamado y, a lo largo de estos 50 años, ha sido amigo fiel de Jesús y ha dado un fruto abundante!

3.- “UNA VIDA ESCONDIDA CON CRISTO EN DIOS” (Col. 3,3).

Hay unas hermosas y consoladoras palabras de S. Pablo a los Colosenses que traigo a la memoria porque pienso que se aplican y explican la vida sacerdotal de Mons. Palomo: “Piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3, 2-3). Su existencia sacerdotal ha sido una “vida escondida con Cristo en Dios”. Nació en la Hacienda de Santiago (Villa de Arriaga) el 10 de febrero de 1929 del amor conyugal de Joaquín Palomo y Crescencia Solís. Realizó sus estudios en el Seminario Conciliar de San Luis Potosí y, en el año 1952, fue enviado a Roma para obtener la Licenciatura en Derecho Canónico. En esta misma ciudad recibió el Orden del Presbiterado, de manos del Excmo. Sr. Arzobispo de Puebla D. Octaviano Márquez y Toriz, el 31 de Octubre de 1954.

Dios quiso, por voluntad de sus Obispos, que Mons. Palomo viviera una vida totalmente entregada al Seminario al cual ha servido, aún antes de ser sacerdote, cumpliendo como maestro de asignaturas importantes como el de profesor de Latín. A su regreso de Roma, le fueron asignados sucesivamente los cargos de prefecto de disciplina, director espiritual y maestro. Colateralmente, tuvo a su cargo varias capellanías y fue Juez Pro-sinodal; muy joven, a la edad de 37 años, fue nombrado Canónigo de la Santa Iglesia Catedral, en 1966. Cumplió también con los encargos de Provisor, Examinador Pro-sinodal, Miembro del Consejo Presbiteral, Vicario Episcopal para la Vida Consagrada y Promotor de Justicia en la Causa del Siervo de Dios Miguel M. de la Mora. El Papa Juan Pablo II lo nombró Prelado de Honor de su Santidad (Monseñor), en 1992.

Los sacerdotes dan testimonio de él diciendo que siempre fue un maestro exigente y justo, constante en el estudio de los idiomas y de su actualización teológica que cultivaba con esmero cada verano en EE.UU. y Europa. Se distinguió por la disciplina, puntualidad y exigencia académica en sus clases.

Uno de sus exalumnos describe así su perfil de maestro: “Su temple firme dentro del aula, bien organizado para cubrir los programas, muy claro siempre en sus exposiciones y no se diga lo difícil pero sustancioso de sus exámenes. Siempre muy querido por todos, no obstante que fuera muy temido en los exámenes. A propósito de su sabiduría, que es su distintivo principal, recuerdo una duda ontológica, que referíamos tener respecto de él: ‘No sabíamos si el P. Palomo estaba en la biblioteca o la biblioteca estaba en el P. Palomo’. Un hombre siempre inquieto porque sus alumnos sepan más y que no se conformen con poco”. Todos sabemos que, en los últimos años, ha sido ejemplo de fidelidad, a pesar de su enfermedad, y siempre ha cumplido su compromiso como maestro de teología.

En su dimensión de presbítero-pastor, ha manifestado respeto y confianza para tratar a sacerdotes, seminaristas, laicos, familiares y amigos. Sabe escuchar y orientar con prudencia y sabiduría. Con gran sensibilidad humana, aconseja y se interesa en los problemas y dificultades de los demás. Con un carácter amable y sencillo, convive con las familias, siendo solidario y discreto. Es un pastor que se ha conformado con servir sin necesidad de buscar aparecer. Con su estilo de vivir, siempre austero, ha buscado sólo lo esencial para la realización de su ministerio.

Un aspecto luminoso y también escondido de su vida sacerdotal, ha sido el de haber apoyado a la Congregación de Misioneras Diocesanas del Carmelo. Ellas lo consideran como un padre ya que siempre ha estado presente en su caminar; las ha enseñado, educado y corregido; y gracias a esa presencia responsable, han caminado con pasos firmes y se han consolidado como familia religiosa.

¡Gracias, Mons. Palomo! La Iglesia Potosina le estará siempre agradecida por haberla servido y enriquecido con sus virtudes humanas y sacerdotales.

4.- JESÚS, MAESTRO DEL SACERDOTE.

“Yo te he dado a conocer a aquellos que tú me diste de entre el mundo”.
“Eran tuyos, tú me los diste, y ellos han puesto en práctica tu enseñanza”.
“Ahora han llegado a comprender que todo lo que me diste viene de ti”.
(Jn. 17, 1-7).

¿Dónde encontramos la fuente de energía para que un sacerdote viva con fidelidad? ¿Cuál ha sido el manantial del que ha bebido Mons. David Palomo para encontrar aquella fortaleza, perseverancia y gracia necesarias para vivir su sacerdocio estos 50 años?

La respuesta nos la ofrecen las palabras de Jesús que escuchamos en el Evangelio proclamado: “Yo te he dado a conocer...”. ¿Cómo no aplicar a los sacerdotes esta plegaria de Jesús y, hoy, en particular, a Mons. Palomo? En su oración sacerdotal, el Señor se manifiesta como el Maestro de sus discípulos y, por tanto, del sacerdote. En su oración, Jesús introduce al sacerdote en su celeste conversación con su Padre. Jesús asume la función de intercesor celestial. Su plegaria es ya, de alguna manera su ascensión al Padre; ésta es verdaderamente la plegaria de su “hora”.

La frecuencia con que menciona la palabra “Padre” le da a esta oración una nota de singular intimidad. Jesús no pide nada para sí, la gloria que pide ha de servir para comunicar la vida eterna a sus discípulos. Pronuncia su plegaria en voz alta y en presencia de sus discípulos, precisamente para que ellos participen de aquella unión del Hijo con el Padre. La plegaria de Jesús descubre el sentido de su glorificación, pues sirve para desencadenar las fuerzas salvíficas que comunican la vida, a través del ministerio de los sacerdotes.

Jesús, Maestro de oración, manifiesta que la vida eterna consiste en conocer a Dios y, conocer a Dios, significa tener comunión con Él. Jesús les ha manifestado el nombre del Padre, los ha instruido en lo más íntimo de su ser, los ha enseñado a relacionarse como hijos que entran en la intimidad de su padre. Este es Jesús, el Maestro, que manifiesta al Padre; este es Jesús, el Hijo único, Epifanía del Padre. Los discípulos, a su vez, escuchando la oración del Maestro, desde ahora han probado la vida eterna. De ahora en adelante, ellos saben que el Padre es aquel que todo lo posee, lo da y lo conserva.

Es así, como el sacerdote que entra en el discipulado de Jesús cada día y se sumerge en el diálogo del Hijo con el Padre, encuentra allí la luz y el conocimiento, la fuerza y la alegría para su entrega cotidiana al servicio del Evangelio y del Pueblo de Dios. La oración de Jesús es el paradigma de la oración del sacerdote. La oración del sacerdote debe ser siempre como la oración del Hijo de Dios; el sacerdote sigue a Jesús en su oración de Hijo para aprender de él, perfecto adorador del Padre, el amor y la caridad pastoral y, así, gastarse por el Evangelio.

El sacerdote que está con Cristo en la oración, recibe fecundidad en su acción pastoral y se va configurando con Cristo, al respirar cada día un clima de amistad y de encuentro personal con su Señor. La Eucaristía es el momento privilegiado para ser discípulo de Jesucristo, su Maestro, y para entrar en su oración al Padre.

5.- CONCLUSIÓN.

Muy querido, Mons. David Palomo: Me he alargado en la homilía. Con estas prolongadas palabras, he querido honrar su sacerdocio y manifestarle mi grande aprecio personal y mi admiración por Usted. Desde que lo conocí, me llamó la atención su discreción y su silencio; un silencio que percibí cálido y afectuoso, inteligente y humilde, fraterno y creyente. Le he admirado en su enfermedad y dolor. Desde el calvario de su sacerdocio, Usted sigue dando, con gozo pascual, la riqueza espiritual de su vida. En el Seminario, corazón de la Diócesis, sigue marcando la vida interior de los futuros sacerdotes. Su testimonio en el aula y en los corredores del Seminario es la lección más clara y comprensible para el seminarista que sabe leer en profundidad.

Hoy hemos regresado, con Usted, a la fuente donde nació su río sacerdotal que ha regado y fecundado el campo de Dios en esta tierra potosina, durante medio siglo. Tenga la certeza de que su caudal sacerdotal desemboca cada día en el océano del amor y de la eternidad de Dios. Hoy, Usted vuelve a gozar la frescura primaveral de su primera Misa. Le felicitamos y le deseamos que este encuentro con Cristo sea permanente para más conocerlo íntimamente, más amarlo apasionadamente, más seguirlo fielmente, más servirlo heroicamente.

Que María, Madre de los sacerdotes, lo lleve con mano firme en su camino sacerdotal, en esa “vida escondida con Cristo en Dios”, como dice S. Pablo, y que el Señor le ha trazado, como camino de santidad.

¡Muchas felicidades! ¡Ad multos annos vivas!


+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.