2004
HOMILIA
EN LA EUCARISTÍA DE CLAUSURA DE LA DECIMOCTAVA
ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL
1.- El Señor
nos ha concedido llegar al final de la Decimoctava Asamblea Diocesana
de Pastoral, nuestra “Asamblea Jubilar”. A él
elevamos nuestra oración de acción de gracias por el don
de su Espíritu, por los frutos alcanzados y por los compromisos
que aceptamos para este Año Jubilar 2004 y para los años
venideros.
Por mi parte,
expreso mi honda gratitud a todos Uds., hermanos y hermanas asambleístas.
Gracias por su esfuerzo, su cansancio y su amor a Jesucristo y a esta
Iglesia potosina; por su admirable perseverancia y alegría a
pesar del clima que nos fue adverso. Gracias, particularmente, al P.
Andrés Vargas, Vicario de Pastoral y a todo su Equipo de esta
Vicaría. Gracias a todos los que cumplieron puntual y alegremente
con los muchos servicios que requiere la realización de una Asamblea.
Que el Señor de la Iglesia les recompense a todos con la abundancia
de su amor, de su gracia y de su paz.
2.- Esta
Eucaristía, al mismo tiempo que cierra nuestra Asamblea, abre
el acontecimiento central del Año Jubilar que es la Gran Misión
que se realizará de Febrero a Agosto, preparada con mucho esfuerzo
y esmero por la Vicaría de Pastoral. Por tanto, hoy, con gran
esperanza, la declaro inaugurada engarzándola con el final de
nuestra Asamblea Diocesana de Pastoral. Y, al mismo tiempo, hago el
envío de todos Uds., queridos asambleístas, que se comprometen
a ser generosos misioneros en cada espacio y ambiente de la Arquidiócesis.
Gracias por disponerse a caminar con Jesucristo anunciando su Evangelio.
Estoy seguro que el Señor nos concederá abundantes frutos
espirituales y pastorales. Con gran confianza ponemos en sus manos de
Padre esta importante acción jubilar.
3.- El Evangelio
proclamado viene a estimular el espíritu misionero que se nos
pide. Jesús, enviado por el Padre a predicar y que previamente
había enviado a los Doce, ahora, debido a la abundancia de la
cosecha, envía 72 discípulos a todos los pueblos y lugares
que pensaba ir, con el fin de que le preparen el camino. Sus palabras
son dichas para la Iglesia de todos los tiempos cuya vocación
e identidad, dicha y razón de ser, es la evangelización.
Sus palabras también son dichas a todos nosotros: ¡Iglesia
potosina, lánzate a la misión!
En su misión,
los 72 son enviados no sólo a dar el mensaje del Reino, sino
también a suplicar al dueño de la mies que envíe
trabajadores a sus campos. El éxito de la cosecha no dependerá
exclusivamente de la cooperación de los enviados, sino también
de su oración.
En el envío,
resaltan la urgencia y la hostilidad. La predicación del Reino
debe realizarse con la prontitud de los trabajadores que han de recoger
la cosecha antes de que se pierda. Con todo, los discípulos son
enviados como indefensos y débiles, cuya situación será
siempre precaria ante las fuertes confrontaciones y obstáculos
que se presenten: “Yo los envío como corderos en medio
de lobos”. La misma sobriedad y la ligereza del equipaje
que pide Jesús, acentúan la prontitud con que se ha de
realizar la misión y subrayan que el éxito de la misma
no dependerá tanto de los medios empleados como de la acción
de quien los ha enviado.
Los enviados
por Jesús a la misión son mensajeros de la paz: “Cuando
entren en una casa digan: ‘que la paz reine en esta casa”.
El anuncio del Reino y la paz de Dios van unidos. El fruto del anuncio
del Reino es la paz de Dios que es la síntesis de todas las bendiciones
y bienes que anunciaron los profetas y se cumplen en Cristo Jesús.
Él el príncipe de la paz, él es nuestra paz. Cuando
Cristo y los apóstoles anunciaban la paz, se referían
al amor de Dios al hombre, amor que instaura en el mundo la paz y la
justicia, la solidaridad y el compartir, la no violencia y el servicio,
la pobreza y la disponibilidad, la aceptación y la entrega al
prójimo, así como el valor de los derechos humanos. ¡Cuánta
vigencia tiene en nuestro tiempo y realidad potosina el anuncio misionero
de la paz! ¡Cuánta necesidad hay en cada familia de escuchar
este saludo, misionero y consolador. “Que la paz reine en
esta casa”.
4.- Al llegar
a este punto, podríamos preguntarnos: ¿Qué espiritualidad
les pide Jesús a quienes son llamados a ser misioneros? ¿Qué
estilo evangelizador estamos llamados a vivir en la Gran Misión?
¿Qué modo de vida debemos tener todos, como misioneros?
El Papa Juan
Pablo II nos responde en su Encíclica “Redemptoris Missio”
con unas cuantas frases llenas de gran fuerza espiritual y que son un
eco de las consignas misioneras de Jesús a los 72 discípulos:
+ “Dejarse
guiar por el Espíritu y dejarse plasmar interiormente por él,
para hacerse cada vez más semejantes a Cristo y acoger los dones
de fortaleza y discernimiento que son propios de la misión.
+ Vivir
el misterio de Cristo enviado, vivir su anonadamiento, impregnarse de
amor y recorrer el camino de la misión que tiene su llegada a
los pies de la cruz.
+ Amar
a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ama, sentir el ardor
de Cristo por las almas, dar la vida por la misión.
+ Ser
santo porque la santidad es un presupuesto fundamental y una condición
insustituible para realizar la misión de la Iglesia y recorrer
los caminos de la misión: pobreza, mansedumbre, aceptación
de los sufrimientos, deseo de justicia y de paz, y no olvidar la alegría
interior que viene de la fe” (cf. RM, 87-91).
5.- Permítanme
terminar haciendo una referencia específica a aquel campo misionero
que tiene tanto relieve en el objetivo general de nuestro Plan de Pastoral
y que tanto hemos repetido: los alejados.
Esta Gran
Misión nos apremia para llegar a ellos, para llegar a todos y
a todo. Hay que realizar la Gran Misión de un modo nuevo. Tenemos
un propósito que no es ambicioso ni presuntuoso, sino simplemente
apostólico: acrecentar nuestro sentido misionero y llegar a aquellos
sectores de la población potosina donde la conciencia religiosa
no se puede suponer, aunque las personas hayan recibido el bautismo.
Partimos
del principio de que toda la población, aún aquella que
es buena y practicante, tiene necesidad de ser despertada en la conciencia
religiosa. Se trata de establecer hasta donde sea posible, un contacto
vital con la mayoría de la población de cada parroquia
y de toda la Arquidiócesis. Se necesita un esfuerzo de claridad
y de entrega.
Queremos
fundamentar nuestra vida apostólica y pastoral sobre un conocimiento
real y no convencional de la población de esta Iglesia Potosina
porque puede suceder que nos encontremos de frente a cortinas de costumbres
y contactos habituales que no nos dejan ver la situación general
y por tanto nos impiden imaginar una estrategia apostólica necesaria
para llegar más allá de los ambientes que normalmente
frecuentamos.
Debemos preguntarnos:
¿Cuántos son los alejados? ¿Qué olvidos
y lagunas pastorales hay en nuestras comunidades parroquiales? ¿Qué
tanto nos preocupamos y amamos a los alejados como hijos pródigos?
Y, una pregunta fundamental: ¿Por qué se han alejado?
Quizá porque no han sido suficientemente amados; no han sido
suficientemente atendidos, curados, instruidos, introducidos en la alegría
de la fe. Porque han juzgado la fe al vernos a nosotros, que la predicamos;
y por nuestros defectos han sido llevados a sentir disgusto o a despreciar
a la Iglesia. Porque han oído más regaños que motivaciones
e invitaciones, pacientes y amables. Los alejados, con frecuencia, son
personas mal impresionadas y que han sido afectadas por nuestros antitestimonios.
Con frecuencia, son más exigentes que malos.
Hermanos
y hermanas: que esta Gran Misión Diocesana de nuestro Año
Jubilar nos despierte a todos y nos movilice a todos. ¡Cada bautizado
es un misionero! ¡Cada asambleísta es un misionero! Que
todos retomemos el gusto por la misión.
En el nombre
del Señor y de la mano de María, estrella de la evangelización,
emprendamos el camino de la Gran Misión Diocesana. ¡Sigamos
celebrando el Año Jubilar, con renovado entusiasmo y fervor!
Te bendecimos,
Dios de los apóstoles y profetas,
por Jesucristo, tu primer enviado en misión de paz,
para anunciar a los pobres el gozo de la liberación,
para curar a los enfermos y cosechar la mies abundante.
Cristo,
tu Hijo, delegó su misión a los suyos y a nosotros;
desde entonces evangelizar es la vocación de la Iglesia.
Él nos quiere disponibles, con la libertad de la pobreza
para regalar a los demás lo que tú nos das gratis.
Libéranos,
Señor, de tanto bagaje inútil
que nos instala y entorpece en el anuncio del Reino,
para que no perdamos el ritmo de la misión. Amén.
San Luis Potosí, S.L.P., Enero 15 de 2004.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
