2004

HOMILIA.- BODAS DE ORO SACERDOTALES DE
MONS. GUILLERMO DIP RAME. (Julio 12 de 2004)

1.- Con gran alegría y profundo afecto felicito, en nombre de la Arquidiócesis de San Luis Potosí, a Mons. Guillermo Dip Ramé, al celebrar hoy sus Bodas de Oro Sacerdotales. Le felicito por su fidelidad sacerdotal, su generosa entrega y los muchos frutos pastorales que el Señor le ha concedido en favor de esta Iglesia particular, cosechados en los más variados y complejos campos del mundo potosino.

Quienes le acompañamos en este feliz aniversario, nos unimos a sus más hondos sentimientos y a aquellos que la liturgia expresa: seguir anunciando el Evangelio, con bondad y valentía; desempeñar con fidelidad el ministerio; gozar del amor de Dios; y ser en su vida el Cristo que ofrece y recibe en cada Eucaristía.

Monseñor Guillermo Dip, ¡muchas felicidades! ¡Ad multos annos vivas!

2.- La primera lectura nos ayuda comprender el don y misterio del sacerdocio ministerial, si hacemos una lectura sacerdotal de la vocación del profeta Isaías. Hace cincuenta años, por el poder del Espíritu, el joven Guillermo Dip fue ungido sacerdote y enviado, como el profeta, a sanar, a consolar y a proclamar el año de gracia del Señor. Él pudo decir, desde ese día con S. Pablo: “He sido constituido ministro de la Iglesia por disposición de Dios” (Col. 1,25). Recibió al mismo tiempo aquella certeza divina que ha iluminado la vida de todos los sacerdotes: “No son ustedes los que me han elegido. Soy yo quien les elegí a ustedes y les he destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. (Jn. 15, 16).

Por otro lado, la Carta a los Hebreos insiste en el tema de la elección, diciendo: “Nadie puede recibir esta dignidad, sino aquel a quien Dios llama (...) Cristo no se apropió la gloria de ser sumo sacerdote, sino que se la confirió Dios”. Pero también dice que este sacerdocio debe estar orientado hacia la comunidad humana con una actitud misericordiosa: El sacerdote es un hombre “puesto al servicio de Dios a favor de los hombres, para ser compasivo y ofrecer sacrificios por los pecados propios, a la vez que por los del pueblo”.

El autor sagrado invita a todo sacerdote a mirarse en el espejo del rostro de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para iluminar su estilo pastoral. Jesucristo es aquel por quien Dios habla a los hombres de hoy. No es posible desobedecer esta palabra que se solidarizó con el hombre. La creación entera es beneficiaria de este Sumo Sacerdote, pues Él es el Hijo obediente del Padre, fiel y misericordioso; su misericordia se hace solidaridad manifestada en su vida terrena, así como en su sufrimiento y en su muerte. Él es también el apóstol de nuestra fe, es la última y definitiva palabra de salvación que nos conduce al descanso del Padre; Él, a pesar de ser Hijo, aprendió la obediencia por el sufrimiento y es capaz de salvar a los que lo obedecen, puesto que es la fuente de la salvación eterna.

Este día, Mons. Dip, al dar gracias, recibe un nuevo llamado a transparentar, en sí mismo, esa manera de Jesucristo de ser sacerdote, fiel y compasivo; así se le podrán aplicar, de algún modo, las palabras de la Carta a los Hebreos que escuchó el día de su ordenación: “Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec”.

3.- “Nadie puede recibir esta dignidad, sino aquel a quien Dios llama”. Yo estoy seguro que entre las muchas plegarias que en este día Mons. Dip dirige al Señor se encuentra esta del salmista: “Yo le digo a Dios: Tú eres mi Señor, fuera de ti no hay ningún bien. El Señor es la parte que me ha tocado en herencia; mi vida está en tus manos” (Sal. 15, 2. 5).

Esa vida suya brotó del amor esponsal de D. Salomón y Dña. Esperanza, en la ciudad de Zacatecas, el 11 de Julio de 1931; y recibió la ordenación sacerdotal el 11 de Julio de 1954, por la imposición de las manos del séptimo Obispo de San Luis Potosí, Mons. Gerardo Anaya, en el marco de las fiestas del primer centenario de la Iglesia Potosina. Así, Mons. Dip es un testigo cualificado e importante protagonista de nuestra historia eclesial, a lo largo de un tercio de vida de esta Diócesis.

En sus cincuenta años de sacerdote, ha desempeñado, con entusiasmo y eficacia, múltiples cargos a nivel nacional y local. En el medio eclesial, universitario y de la comunicación social, es ampliamente conocido y apreciado por su sólida formación bíblica y teológica y por sus cualidades de orador y escritor editorialista.

El Seminario Arquidiocesano ha sido el principal beneficiario de su medio siglo sacerdotal, habiendo desempañado los oficios de formador, prefecto de estudios y maestro. Se le debe también el acertado desempeño como canónigo lectoral en nuestra iglesia Catedral a la que ama de manera especial y en la que han resonado innumerables predicaciones suyas y las tradicionales y amenas pláticas cuaresmales para jóvenes. La Escuela Arquidiocesana de Teología ha sido para él importante ideal y tarea fatigosa que año con año rinde frutos en la formación de religiosas y laicos adultos. Dignas de peculiar encomio, son las grandes obras de construcción y restauración que realizó del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes y del templo del Sagrado Corazón de Jesús en esta ciudad. Pienso, sin embargo, que la Sagrada Escritura ha sido su pasión espiritual e intelectual, su gran amor y la roca sobre la que ha fincado su vocación y existencia sacerdotal.

Por todo esto y muchas cosas más, muy estimado Mons. Guillermo Dip, gracias en nombre de nuestra comunidad diocesana. Que el Señor sea su mejor recompensa.

4.- El Evangelio proclamado nos ayuda a ver una dimensión fundamental del sacerdote: sembrador de la Palabra de Dios. “Una vez salió un sembrador a sembrar”, dice el Señor.

En esta parábola, Jesús se retrata en la imagen bondadosa de un sembrador que arroja la semilla. La parábola habla de los diferentes tipos de terreno que recibe la semilla; sin embargo, también es la historia de un sembrador que ha recibido todo tipo de reacciones. Es la historia de un sembrador optimista que arroja su semilla, “al voleo”, con la esperanza de que haya cosecha abundante; es la historia del sembrador que se esmera y se fatiga para que su trabajo dé fruto abundante, sin violentar la tierra, pero con gran generosidad y alegría, adivinando un futuro prometedor.

“Salió un sembrador a sembrar”. Esta es la vocación e historia de cada sacerdote. Así comenzó la historia de Mons. Dip Ramé, generoso sembrador, a lo largo de medio siglo, de la semilla de la Palabra de Dios a la que le ha dedicado lo mejor de su vida sacerdotal.

A este respecto, pedí que se leyera este trozo del Evangelio de Marcos porque expresa, a mi modo de ver, el carisma sacerdotal de Mons. Dip, como hombre de la palabra, de la Palabra de Dios y de la palabra humana; como sacerdote que ha sabido darle rentabilidad al talento de la palabra que Dios le dio, además de que él mismo tiene sus raíces en el oriente, en donde la Palabra eterna se hizo carne.

Hace cincuenta años, el joven Guillermo se puso a disposición del Señor de la Palabra para ser sembrador. Sin duda que lo ha hecho en el gozo y la esperanza pero también en la tribulación y el desaliento. Muchas veces se habrá preguntado, como todo sacerdote: ¿No ha sido todo en balde? ¿Podrá resistir, la pequeña semilla sembrada, frente a los grandes poderes de este mundo? ¿No deberá darse por vencido ante la ciencia de la comunicación y sus muchos recursos técnicos y económicos y de tantas capacidades que le pertenecen para cautivar las mentes y los corazones? ¿No deberá sencillamente declararse derrotado? ¿Tiene sentido ser hoy día sacerdote, sembrador de la palabra?

Pero la verdad es que Dios, como dice S. Pablo, sigue ocultado su poder en lo débil; en lo débil de los valores divinos: la verdad, el amor, la fe, la justicia, el perdón, la paz. A pesar de todo, en esta parábola, el Señor dice a cada sacerdote: ¡Ten ánimo! La cosecha de Dios crece. En alguna parte y de alguna manera, la semilla de la Palabra de Dios sazonará y dará fruto. No es inútil que haya sacerdotes que tengan la sabiduría y perseverancia de pregonar la palabra. En algún lugar madura, en el silencio, su siembra cotidiana. No cabe duda que el sacerdote, que se mantiene fiel en el surco de Dios y del mundo, podrá experimentar con gozo profundo que, en medio de una siembra, a veces monótona e ingrata, la cosecha de Dios siempre estará allí, lista para ser llevada a los graneros del cielo.

“Salió el sembrador a sembrar”. Esta parábola nos ofrece también una imagen del sacerdote que experimenta en carne propia, con verdadera humildad, la grandeza y la miseria de su servicio, pero, al mismo tiempo, la cercanía, el poder y el consuelo de Dios y a tener la certeza de que, a pesar de todo, también mediante su pobre fe y su oración, va fructificando la semilla de Dios en el surco del mundo, y que lo oculto y escondido es más poderoso que lo grande y espectacular. Pero, al mismo tiempo, esta parábola es una severa advertencia a cada sacerdote para que no vaya a ser él mismo uno de aquellos en los que la semilla es ahogada por los abrojos de las preocupaciones o de los placeres; uno de aquellos que, entre los ruidos de este tiempo, ya no tienen oídos para la eternidad de Dios ni para el suave murmullo de su Palabra.

Pero permítanme decir también que si cada sacerdote está llamado a ser sembrador, está, igualmente, urgido a ser grano de trigo. Jesucristo mismo es el grano de trigo de Dios, que Dios ha enviado a los sembradíos de este mundo; es la Palabra del amor eterno que Dios siembra en la tierra; es el grano de trigo que muere para dar fruto, sobre todo el fruto de la Eucaristía que en unos momento más ofrecerá Mons. Dip, dando gracias por su jubileo sacerdotal.

El Papa Juan Pablo II nos ha recordado, con insistencia paternal, que lo más hermoso y excelso del servicio sacerdotal es poder ser servidor de este santo banquete, poder transformar y distribuir este pan de la unidad, que le recuerda al sacerdote que también él deberá ser grano de trigo de Dios; que no puede contentarse con dar sólo palabras y acciones apostólicas, que debe darse a sí mismo. ser sabroso y buen pan. Su destino sacerdotal y eucarístico es ser grano de trigo que muere por su pueblo, cada día, en la cruz del sufrimiento, de los ataques, de los fracasos, de los errores, de la conciencia de no haber sido auténtico grano de trigo y de ver la pequeñez de lo que ha hecho ante la magnitud de lo que Dios le ha encomendado.

Pero ser sembrador y al mismo tiempo grano sembrado, es también para el sacerdote un gran motivo de gozo. Por ser trigo de Dios y servidor del divino grano de trigo, Jesucristo, puede llevar la alegría a lo más hondo del corazón humano; puede experimentar que, por su palabra, los hombres sonreirán, perdonados, en el último instante de su vida; que pueden reconciliarse con Dios y entre sí; que pueden encontrar el sentido de la vida; que pueden descubrir a Dios y creer en Él. Puede experimentar, como sembrador y grano de trigo, que ser sacerdote es la mayor exigencia y, al mismo tiempo, el máximo regalo de Dios que le lleva a vivir el amor más grande.

5.- “El Señor me ha ungido y me ha enviado a sanar, a consolar”. Dirijamos nuestra oración a Dios, para que siga derramando su amor y resplandor de la gracia sacerdotal en el corazón de Mons. Guillermo Dip Ramé. Para que le conceda, al acercarse hoy al altar de Dios en su acción de gracias por sus Bodas de Oro Sacerdotales, la gratitud inmensa y el gozo profundo de ser sacerdote. Acompañémosle en su oración de este feliz aniversario: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré la copa de la salvación, invocando su nombre”. Encomendémosle al cuidado y ternura de la Madre de todos los sacerdotes. Que la Virgen oyente le alcance cada día aquella hermosa bienaventuranza: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”.

¡Muchas felicidades, Mons. Dip, por sus Bodas de Oro Sacerdotales! Una vez más: “Ad multos annos vivas”.


San Luis Potosí, S.L.P., Julio 12 de 2004.


+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.