2003
HOMILIA
EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LA EXPECTACION, TITULAR DE
LA CATEDRAL METROPOLITANA
1.- “Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo”.
Nos hemos
reunido este mediodía para celebrar a Nuestra Señora de
la Expectación, bajo cuyo título, amor y protección
maternal está nuestra Catedral Potosina. La celebramos también
como Nuestra señora del Adviento, contemplándola al esperar
a su Hijo “con inefable amor de madre”. Por tercera
vez, en el camino litúrgico del Adviento, nos encontramos con
la Virgen creyente, la esclava del Señor, que nos lleva a adorar
al Hijo de Dios Altísimo, nacido en Belén de Judá,
cuyo reinado no tendrá fin.
Celebramos
a Nuestra Señora de la Expectación con el peculiar gozo
espiritual de nuestro Año Jubilar, mientras le pedimos que siga
protegiendo a su Iglesia Potosina, puesto que ella la acunó en
su regazo, hace 150 años, justamente en esta Catedral, y la ha
acompañado a lo largo de su historia.
2.- En esta
entrañable celebración mariana, están los presbíteros
de nuestra Arquidiócesis para expresar su gratitud y amor sacerdotal
a la Madre de Dios y Madre del sacerdote y para vivir su convivencia
navideña, estrechando los lazos de comunión fraterna.
Queridos
hermanos sacerdotes: déjenme que aproveche esta ocasión
para expresarles mi honda gratitud, como su hermano Obispo, por su generoso
trabajo pastoral, por la diaria siembra de la Palabra, por la acción
santificadora en la celebración de los Sacramentos, por su testimonio
de vida como Pastores del Pueblo de Dios, en medio de la fatiga, los
desconsuelos y las alegrías; gracias por las muchas atenciones
hacia su servidor, por ayudarme eficazmente en mi servicio episcopal,
por todo lo que hicieron durante los días de la Santa Visita
Pastoral de todo este año 2003; en fin, por decir, cada uno de
ustedes, con María y como María, “Señor,
cúmplase en mí lo que me has dicho”.
Que esta
fiesta mariana y convivencia navideña sea una nueva oportunidad
para potenciar entre nosotros, como lo pide el Papa, la “espiritualidad
de comunión”, es decir, “esa capacidad de
sentir al hermano en la fe en la unidad profunda del Cuerpo místico
y, por tanto, como uno que me pertenece, para compartir sus alegrías
y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades,
para ofrecerle una verdadera y profunda amistad” (NMI, 43).
3.- Que María
de Nazaret venga en ayuda nuestra con su alegría y su obediencia,
como nos la presenta hoy el Evangelio proclamado.
“Alegrate,
llena de gracia, el Señor está contigo”. La
llena de gracia goza porque el Señor mismo se goza en ella. Ante
la vida que nos prueba con tantos momentos de dolor y tristeza, San
Lucas nos pide reflexionar sobre la invitación a la alegría
que el ángel hace a María. Las razones de la alegría
de la Virgen no son de carácter social. María debe alegrarse
porque ha hallado gracia delante de Dios, es decir, porque el Señor
mismo se alegra mirándola y encontrando realizado en ella, su
eterno sueño de restaurar a sus amadas criaturas, su sueño
de reconstruir la grandeza y dignidad de todo hombre y de toda mujer.
Lo que el
pecado había destruido, resplandece ahora en esta joven de Nazaret,
que confía en el amor de Dios hasta el punto de creer que Él
está dispuesto a hacer todo lo posible, con tal de salvar a sus
criaturas. Este amor divino, experimentado por María, es la fuente
de su incontenible alegría. Este amor y las palabras del ángel
sobre el niño que ella concebirá, la colman de júbilo:
“Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por
nombre Jesús. Él será grande y será llamado
Hijo del Altísimo”. Su alegría desborda también
porque el Señor, a pesar de la traición de Israel, es
fiel a sus promesas hechas a Abraham y a su descendencia.
¡Que
Nuestra Señora de la Expectación nos lleve por el camino
de su gozo y sea siempre causa de nuestra alegría! Que sepamos
saludarla como Isabel, su prima: “Dichosa tú, que has
creído”. Que su alegría envuelva al mundo entero
en estos tiempos de lágrimas y sufrimientos de tantos hombres
y mujeres, particularmente de los pobres de todos los países.
Que su alegría maternal invada todo nuestro Año Jubilar.
4.- Por otra
lado, hoy también damos gracias al Padre por el “sí”
de su Hija predilecta, como se acaba de proclamar en el Evangelio:
“Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí
lo que me has dicho”. El “sí” de
María fue su opción radical, su compromiso total y personal
con el Señor. Aceptó el plan salvador de Dios sin reserva
alguna, en medio de la claridad y de la oscuridad de su fe, pues en
aquel momento no podía conocer en toda su complejidad las consecuencia
de su “cúmplase”.
Dios ve en
el “sí” de María un consentimiento
responsable de alianza. Es para Él la respuesta de amor a nombre
de todo el género humano. El Espíritu Santo no desciende
sobre María sólo para la concepción virginal del
Mesías sino también para hacer posible el sí de
fe que realiza las profecías del Antiguo Testamento. De esa manera,
Ella pronuncia su “sí” pleno, el sí
sin desfallecimientos ni componendas, el sí de generoso compromiso
para cumplir la voluntad de su Señor.
Pero también
el “sí” de María es un sí
que abrió el paso e hizo posible el hombre y la mujer nuevos
y la nueva humanidad, salvada por Dios, en Cristo; y nos muestra a nosotros
el modo de optar definitivamente por Cristo y por su Evangelio, aceptando
los compromisos concretos que esto conlleva en nuestra propia vida de
fe, en la Iglesia y en el mundo.
Que el Señor
nos enseñe y ayude a dar nuestro propio “sí”,
como María, asumiendo alegres la fascinante tarea que nos pide
en nuestro Plan de Pastoral y en este Año jubilar. ¡Alegrémonos
porque el Señor está también con nosotros! ¡No
tengamos miedo, porque también nosotros hallaremos gracia ante
Dios!
San Luis
Potosí, S.L.P., Diciembre 18 de 2003.
+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
