2003

HOMILÍA DE APERTURA DEL XXVII RETIRO NACIONAL DE SACERDOTES
(Noviembre 17 de 2003)

“SEÑOR, QUE VEA” (Lc 18, 35-43)

Muy estimados hermanos presbíteros:

1.- Reciban mi fraterna y cordial bienvenida a esta Arquidiócesis de San Luis Potosí que el Equipo nacional de RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATOLICA EN EL ESPIRITU SANTO ha elegido como sede del XXVII Retiro nacional de Sacerdotes. Su presencia nos honra y nos alegra. Ustedes son un signo del paso del Señor por nuestra Iglesia Particular y garantía de dones celestiales que ciertamente nos concederá en estos días. Sobre todo, gracias por venir a darle relieve especial al Año Jubilar que aquí estamos celebrando por el 150 aniversario de esta Iglesia potosina. ¡Sean todos muy bienvenidos! Les acompaño con mi oración para que éste sea un nuevo Pentecostés para su vida sacerdotal.

Les deseo que en ustedes se cumplan aquellas palabras de “Pastores Dabo Vobis”: “El Espíritu del Señor es el gran protagonista de nuestra vida espiritual. El crea el corazón nuevo, lo anima con la ley nueva de la caridad, de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad” (n. 33).

Que estos días de retiro espiritual sean una ocasión para una oración más prolongada y tranquila; para una vuelta a las raíces de la identidad sacerdotal; para encontrar nuevas motivaciones para la fidelidad y la acción pastoral (cf. Pastores Dabo Vobis, n. 80).

Un gran maestro de vida interior dice que no nos es lícito obrar como si en la vida todo fuera simple y obvio; que los ejercicios espirituales son una verdadera elección, la elección de hacer del sacerdocio realidad viviente en nosotros; para percibirla, nos bastará barrer un poco los escombros de la cotidianidad; hay que vivirlos con sosiego y tranquilidad; hay que peguntar a Dios acerca de uno mismo, por insignificante que sea la cuestión y tener la certeza de que Dios responderá; estos días incluyen inevitablemente la eclosión del sacerdote desde su propia angostura a las infinitas dimensiones de Dios (K. Rahner).

2.- El encuentro del ciego de Jericó con Jesús, del cual nos habla el evangelio proclamado, podría ser una valiosa ayuda para hacer de este retiro un encuentro transformante con Cristo vivo.

En Jericó suceden eventos de particular relevancia. Ahí encontramos un doble testimonio de que Jesús es quien trae la salvación al mundo: “Tu fe te ha salvado”, le dirá al ciego; mientras que a Zaqueo dirá: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa..”

Con la curación del ciego de Jericó se cumple la profecía de Isaías: Jesús es el profeta ungido para dar la vista a los ciegos y que hace realidad el tiempo de gracia, pues el ciego no sólo recibe una curación física sino también espiritual. Ha visto la salvación”: “Tu fe te ha salvado.”

Jericó bien podría representar a Jesús mismo como salvación, puesto que es un oasis en medio del desierto. Al acercarse a Jericó, Jesús ofrece la salvación al ciego y, al atravesar el pueblo, declara inaugurada la salvación en casa de Zaqueo: “Hoy, ha llegado la salvación”. Lo que sucede en Jericó sólo se asemeja al momento en que Jesús en la cruz le dice al “buen ladrón”: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (23,42).

El ciego se cuenta entre los que están siempre a la orilla del camino, entre aquellos que no pueden pagar cuando se les hace un bien (14,13): “Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso porque no te pueden corresponder”, dice el Señor.

Todo ciego, está despojado, vive en las plazas, en las calles o a lo largo del camino, y está dispuesto a recibir la propuesta del Señor, pues forma parte de aquellos que se les hizo participar en la gran cena (14,21): “Haz entrar aquí a los pobres y lisiados, ciegos y cojos.”

En nuestro texto, el ciego aparece como un indigente excluido, es un mendigo que está sentado junto al camino. Es prototipo del pobre. Después, será prototipo del guía: puesto que sus ojos verán y se pondrá en camino siguiendo a Jesús.

Su oído es agudo y pregunta qué era aquello. La presencia de Jesús ocasionaba algo distinto de lo que ordinariamente ocasionaban los peregrinos que iban y venían a Jerusalén. También el oído de Jesús es agudo. Oye el clamor del pobre y del necesitado entre una multitud de voces y de ruidos: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Este es el grito del afligido, cuya única esperanza es el Señor. Creo que no se encontrará en ninguna otra parte del Evangelio súplica igual. Si acaso se parece, pero con menos fuerza, la que le dirigen los diez leprosos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

Es un grito con toda la carga del dolor y de la desolación, el grito de quien no tiene el menor apoyo ni la menor manera de obtener lo que pide. Lo que suplica, lo espera como una gracia total. Y, ¿cómo reaciona Jesús?: “Jesús interrumpe el desfile, se sale del protocolo, se entretiene con los mendigos, habla, toca, cura... lo de siempre”.

El paso de Jesús no es indiferente, y mientras que quienes iban delante reprenden al ciego a fin de que se calle, Jesús se detiene y manda que se lo traigan, y le hace la oferta de la salvación: “¿Qué quieres que haga por ti?” Jesús abre un diálogo marcado por la generosidad, con la oferta de Aquél que puede dar respuesta a los anhelos más profundos del hombre.

El ciego lo reconoce como Señor, y Jesús atiende a su súplica haciéndole ver que la fe es la que le ha alcanzado la salvación. Es la luz de la fe la que abre los ojos para ver quien es Jesús y después seguirlo. ¡Identifiquémonos, hermanos sacerdotes, con este ciego y sigamos su itinerario de fe y de oración!

3.-Hace tiempo cayó en mis manos una parábola sobre la ceguera del hombre de hoy. “Un hombre parado ante un semáforo en rojo se queda ciego súbitamente. Es el primer caso de una “ceguera blanca” que se expande de manera fulminante. Internados en cuarentena o perdidos en la ciudad, los ciegos tendrán que enfrentarse con lo que existe de más primitivo en la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio. Finalmente, todos recuperan la vista cuando comienzan a darse gestos de solidaridad entre ellos y se dan cuenta que no son ciegos de ojos sino ciegos de sentimientos fraternos”.

Esta parábola moderna, es un alerta sobre la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron. Se nos presenta una imagen aterradora y conmovedora de los tiempos sombríos que estamos viviendo en el umbral de un nuevo milenio. La ceguera como contagio y como elocuente signo de la indiferencia, insensibilidad y egoísmo que a todos nos enferman. En un mundo así, ¿cabrá alguna esperanza? Es una invitación a detenerse, cerrar los ojos y ver. Recuperar la lucidez, el amor fraterno y la solidaridad para ver el rostro de los demás y el de los más necesitados, como Jesús, “el hijo de David”. Es una reflexión sobre la ética del amor y la solidaridad, del deseo de ser profundamente humano y fraterno para poder darse a sí mismo.

Esta historia del ciego de Jericó y los ciegos de la parábola son una radiografía de la humanidad y un desafío para nosotros sacerdotes a fin de no ser guías ciegos. Un desafío a nosotros sacerdotes para ver con los ojos de Jesús y dejarse iluminar por su luz; para sentir claramente la responsabilidad de tener ojos iluminados por la claridad de la palabra y de la gracia de Dios. Tener ojos así cuando otros los perdieron. Ser una esperanza de amor en un mundo insolidario, roto por el odio y el individualismo. Un desafío para no confiarnos en nuestras fuerzas y gritar cada día nuestra plegaria: “Señor, que vea. Ten compasión de mí”. Que de los frutos de nuestro ministerio sacerdotal se pueda decir, como se dijo de Jesús: “Los ciegos ven, los cojos andan, y es a los pobres a los que se anuncia la Buena Noticia”. Para ser guías en la comunidad, no se puede estar ciego. “¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?", pregunta el Señor.

Que este retiro espiritual sea para todos ustedes, hermanos sacerdotes, un encuentro con Jesucristo vivo para ver su rostro con la luz de la fe como el ciego de Jericó. Contemplar, con ojos nuevos, el rostro de Jesucristo, como lo pide el Papa en “Novo Millennio Ineunte”: “A la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (n. 20).

Me permito terminar con este fragmento de una oración de Manuel Mechado:

“¡Mi Vida, mi Verdad y mi Camino!
Yo bien sé que eres Tú; pero te busco (...)
No sé, no sé, Señor, a dónde llego
corriendo tras tu sombra... En cualquier parte
buscándote me angustio y extermino.
¡Dame, Señor, la mano, que soy ciego!
Ponme en la senda donde pueda hallarte:
¡Mi Vida, mi Verdad y mi Camino!”


San Luis Potosí, S.L.P., Noviembre 17 de 2003.

+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí