2003

HOMILIA EN LA EUCARISTIA DE APERTURA DE LA DECIMOSEPTIMA ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL.
Enero 14 de 2003.

1.- Sean muy bienvenidos, queridos asambleístas. Gracias, una vez más, por atender a este llamado de su servidor en la esperanza de vivir estos días de nuestra Asamblea Diocesana 2003 como un tiempo de gracia, de alegría y de encuentro. ¡Gracias, de todo corazón!

Llegamos a este momento después de un largo camino. Todo un año de ilusiones, trabajos y realizaciones por el Reino de Dios. Sólo el deseo de amar y de servir han sostenido nuestra marcha pastoral de cada día, tejida de fatiga y de sudores en la viña del Señor.

Se dice que en la trama del mundo, la vida del hombre es como un sendero, una gran aventura, que supone un crecimiento hacia lo máximo del ser: una maduración pero al mismo tiempo paradas y crisis. La vida del creyente y del apóstol es también un camino en pos de Alguien más grande que nosotros, un camino impredecible, con sus peligros, sus incertidumbres, sus tentaciones y sus retrasos; un camino en el que hay que tomar decisiones dolorosas y complejas y luchar batallas desgastantes.

Este camino, sin embargo, tiene una meta cierta y fundamental hacia la cual camina la Iglesia entera como Pueblo de Dios en la historia y en el mundo: “los cielos nuevos y la tierra nueva”. Lo que cuenta al fin es la entrega personal, la libre decisión, la perseverancia, el amor y la fe madura que hace decir: “Señor, muéstrame tus caminos”; la fe cierta que nos hace exclamar, como lo hicimos todo el año: “¡Caminemos con Cristo!”.

Esta asamblea tiene lugar a la mitad del período de la segunda etapa del PDP y en los umbrales de un año jubilar por el 150º aniversario de nuestra Iglesia Particular. Reviste, pues, una importancia singular para revisar el camino andado y potenciar nuestro compromiso evangelizador. Hagámoslo, iluminados por la persona y la palabra de Jesús que hoy se nos presenta en la lectura del Evangelio.

2.- El Evangelio proclamado nos dice que, ante Jesús, “los oyentes quedaron asombrados de sus palabras” al verlo enfrentarse con el mal; y se peguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta?... Este hombre tiene autoridad... Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea”.

Por un lado, está un hombre, un poseído que sufre y es atormentado por un espíritu inmundo. Un hombre fuera de sí, despojado de su dignidad, imagen de tantas vidas que se pierden por carecer de sentido, de tantas existencias inhumanas. Frente a ese ser desdichado, se encuentra otro hombre, libre, de mirada tierna y firme a la vez, un hombre que asombra con sus palabras, que tiene verdadera autoridad.

En Jesús, encontramos al hombre cabal, al hombre tal como Dios le soñó el primer día; al hombre proclamado por el salmo 8: “Lo hiciste un poquito inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, el diste el mando sobre las obras de tus manos y todo lo sometiste bajo sus pies”.

Esta bella imagen del hombre es posible porque Jesús, el Hijo del hombre, venció a las fuerzas que despojan al hombre de su propia existencia: el egoísmo, la injusticia, la desesperanza, el fatalismo, la indiferencia, la pobreza y la miseria. La espléndida imagen de hombre que presenta el salmista es posible porque el Hijo del hombre vivió plenamente y nos trajo lo que enaltece a todo hombre: el amor, la alegría, la libertad, la paz, la fraternidad, la esperanza; esta estimulante imagen es posible porque un hombre, el Hijo del hombre, recorrió el camino de todo hombre y se abrió para todos nosotros la liberación del maligno, el acceso a la vida humana en plenitud y la realización del sueño de Dios en cada uno de nosotros. En Jesús, amanece una alborada nueva para cada hombre.“¡Qué admirable es, Señor y Dios nuestro, tu poder en toda la tierra!”

Que la escucha de este trozo del Evangelio nos lleve a la contemplación de la fascinante figura de Jesús cuya luz brilla con peculiar resplandor ante la oscuridad del mal que ata y se apodera del hombre. Que la luz de Cristo nos ilumine en esta Eucaristía y a lo largo de nuestra asamblea para que provoque un saludable asombro en nuestro corazón y suscite en nuestra mente las mismas cautivantes preguntas de aquella multitud que vio a Jesús expulsar al espíritu inmundo: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta?”.

3.- Hermanos y hermanas asambleístas: Al comienzo de mi homilía he evocado la imagen del camino como experiencia diaria del creyente y del apóstol. Pero ésta no será posible si no nos dejamos liberar de las fuerzas del mal por Jesús, el Señor. La condición del endemoniado del Evangelio es con frecuencia nuestra propia condición. En ese hombre nos vemos todos representados. Y como ese hombre, necesitamos la palabra, cálida y amorosa, de Jesús, “que tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”.

No cabe duda que la acción pastoral requiere de mujeres y hombres nuevos, liberados, transformados. Sólo así podemos dar a nuestra Arquidiócesis el rostro nuevo que anhelamos. Sólo el Señor es capaz de limpiar, con su palabra y con su gracia, nuestra vida y nuestra acción pastoral. Sólo él es capaz de liberarnos de todo lastre y carga inútil para no perder el paso y hacer de nuestra vida una marcha continua.

El Plan de Pastoral nos pone en movimiento. El Plan de Pastoral es una marcha. En esta marcha no estamos abandonados a nosotros mismos porque el Señor dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” . Con esta convicción hemos dicho, una y otra vez, en los días de la Visita Pastoral: “¡Caminemos con Cristo!”. El camino está abierto. Siguiendo los pasos de Jesús, llegaremos al término del camino.

A este propósito , recuerdo lo que decimos en el libro de nuestro Plan de Pastoral: “Hoy, mientras nosotros caminamos, el mismo Jesús se nos acerca propiciando el encuentro transformador de hombres y mujeres, y de las estructuras sociales y eclesiales (...) Él es el Dios encarnado, compasivo y misericordioso, atento a nuestras necesidades, a lo que nos ilusiona y nos desilusiona. Jesucristo es quien nos conoce y sabe lo que necesitamos, por ello, al caminar con nosotros, nos anima y participa también de nuestras carencias” (PDP, 105 y 106).

Al igual que los Apóstoles, en esta Eucaristía y en esta Asamblea Diocesana, nos atrevemos a decir: ¿A quién iremos, Señor, Jesús, sino a ti, que tienes palabras de vida eterna? ¿Cómo podríamos caminar si no nos llamaras tú mismo a seguirte? ¿Cómo podremos mantener el ritmo de la marcha, si no vienes tú, Señor, a caminar con nosotros? Somos, como dice un canto popular: “Un pueblo que camina por el mundo, gritando: ¡Ven, Señor!; un pueblo que busca en esta vida la gran liberación. Nosotros hemos puesto la esperanza en Ti, Dios del amor. El mundo tiene puesta la esperanza en Ti, Dios de la paz”.

Con estos sentimientos, hermanas y hermanos asambleístas, les invito a comenzar nuestra Decimoséptima Asamblea Diocesana de Pastoral. ¡Animo! ¡Manos a la obra! Comencemos, en el nombre del Señor. Nuestra Señora de la Expectación y San Luis Rey nos alcancen la presencia benéfica del Espíritu Santo para que nos lleve por las rutas misteriosas del Reino de Dios, caminando con Jesucristo, nuestro Buen Pastor.

+ Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí