2002
HOMILÍA:
DOMINGO DEL BUEN PASTOR Y ESCANDALO DE PEDERASTIA
1.- Este
“Domingo del Buen Pastor”, escuchamos las palabras que Jesús
dijo a los fariseos y que nos dirige también a los sacerdotes,
pastores del Pueblo de Dios:“Yo les aseguro que el que no
entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro
lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta,
ése es el pastor de la ovejas (...) Yo soy la puerta; quien entra
por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará
pastos (...) Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia”
(cf. Jn. 10, 1-10).
2.- A raíz
del escándalo que los medios de comunicación han hecho
llegar en estos días sobre los delitos de sacerdotes contra niños
y adolescentes, quiero compartirles, hermanos y hermanas, algunas reflexiones
que me he hecho y que he leído, con el ánimo de mirar
de frente este penoso acontecimiento. Hay que reconocer el grave daño
que se ha causado a las víctimas de este delito que debe denunciarse
y castigarse, sabiendo que los sacerdotes no tenemos fuero civil y debemos
sujetarnos a las leyes civiles y ser juzgados por ellas, según
justicia y derecho.
Además
de la necesaria lectura legal y social que debe hacerse y se ha hecho
de este delito, les invito a mirar todo esto también a la luz
de nuestra fe en el Señor.
Antes de
elegir a sus primeros discípulos, Jesús subió a
la montaña para orar toda la noche. Él habló a
su Padre, en su oración, acerca de aquellos que iba a elegir
para que fueran sus doce apóstoles. Los Doce a los que Él
envió a predicar, a expulsar demonios, a curar enfermos, a perdonar
en nombre del Señor. Los Doce que estuvieron con Él a
lo largo de su ministerio. Pero uno de ellos lo traicionó.
Este hecho
fue enfrentado por la Iglesia, en sus comienzos. Si el escándalo
causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los primeros
cristianos se hubieran centrado, la Iglesia se habría desalentado,
antes de comenzar a crecer. Pero, en vez de eso, la Iglesia reconoció
que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes
sí lo viven. En vez de centrarse en aquel que traicionó
a Jesús, se centraron en los otros ONCE, gracias a cuya labor,
predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros vivimos y celebramos
nuestra fe en cada Misa.
Hoy somos
confrontados por esa misma realidad: podemos centrarnos en los sacerdotes
que traicionan al Señor o podemos mirar hacia aquellos que han
permanecido fieles; esos sacerdotes que, día tras día,
siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servir a sus
hermanos por amor. Las noticias casi nunca prestan atención a
los “once”; aquellos a quienes el Señor escogió
y permanecen fieles y viven una vida silenciosa de santidad.
3.- El escándalo,
desafortunadamente, no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo épocas
de su historia, cuando estuvo sacudida fuertemente por el escándalo.
En esas épocas, Dios suscitó grandes santos que iniciaron
una gran renovación en la Iglesia y la llevaros a las fuentes
de su vocación, misión y fidelidad. Por ese impulso renovador,
la luz de Cristo brilló más intensamente en esos momentos
de oscuridad. A este respecto, todos recordamos a San Francisco de Asís.
Hablando
de escándalo, les recuerdo lo que dice el Catecismo de la Iglesia
Católica: “El escándalo es la actitud o el comportamiento
que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en
tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho;
puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual (...) El escándalo
es grave cuando es causado por quienes, por naturaleza o por función,
están obligados a enseñar y educar a otros (...) El escándalo
puede ser provocado por la ley o por las instituciones, por la moda
o por la opinión (...) Jesús dijo: ‘Es imposible
que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien
vienen!’ (Lc. 17,1)” (cf. CIC, 2284-2287).
4.- ¿Cuál
debe ser la respuesta de nosotros los sacerdotes y de todos los católicos,
como Iglesia, a este escándalo? Obviamente se debe trabajar para
cuidar el ingreso de alumnos al Seminario y mejorar mucho más
los métodos de formación. Sin duda, hay que tratar los
casos de pederastia, ante todo, desde la perspectiva de la víctima
y de los daños que se le causan. Los Obispos tenemos la obligación
de tratar estos casos de acuerdo al derecho eclesiástico y civil;
y encararlos desde su naturaleza criminal y desde las patologías
tanto emocionales como psicológicas. Tenemos que comprometernos
para apoyar a las víctimas de los abusos sexuales. Tenemos que
hacerlo por justicia, por caridad y pidiendo perdón a la víctima
y a su familia. Tenemos la obligación de trabajar para la prevención
del abuso de los niños y adolescentes. Pero todo esto, y otras
acciones más, que son ineludibles, considero que son insuficientes.
La respuesta
de fondo y radical a las causas y efectos de este mal nos la da el Papa:
¡ES LA SANTIDAD! Así como suena: la santidad. Algunos podrán
considerarme ingenuo. El Papa, sin embargo, propone la santidad como
el primer y fundamental paso en la vida y acción de la Iglesia
y nos dice: “Si el Bautismo es una verdadera entrada en la
santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación
de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con
una vida mediocre, vivida según una ética minimalista
y una religiosidad superficial” (NMI, 31). La santidad es
medicina preventiva contra cualquier enfermedad que quiera afectar el
alma del sacerdote.
Toda crisis
que enfrenta la Iglesia es, en último término, una crisis
de santidad. La santidad es crucial porque es el verdadero rostro de
la Iglesia y de todos los que la formamos, comenzando por los sacerdotes.
“Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y
apostólica”, proclamamos cada domingo.
5.- Siempre
habrá personas que se escandalicen de la conducta de un sacerdote
y con ello tratan de justificar por qué no practican su fe o
rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre algún asunto
particular. Muchos se dirán en estos días: “¿Para
qué practicar la fe, para qué ir a la Iglesia, si los
sacerdotes son capaces de hacer ese tipo de cosas que hemos estado oyendo
y leyendo?”.
Estas personas
necesitan de la santidad de los católicos pero en particular
la de los sacerdotes. Esas personas necesitan encontrar en nosotros
razones para tener fe y esperanza, una razón para responder con
amor al amor del Señor. Razones para aceptar a Jesucristo, según
lo escuchamos hoy en el Evangelio, como la puerta de las ovejas,
como Aquel que llama a cada una por su nombre, como el Buen Pastor,
como Aquel que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Estos son
tiempos difíciles para ser sacerdote. Son tiempos difíciles
para ser católico. Pero también son tiempos magníficos
para ser sacerdote y católico. Es un tiempo en que Jesucristo
necesita de cada sacerdote y de cada laico para mostrar su rostro, hacer
escuchar su voz y dar su vida abundante.
Este escándalo
podría ser tal que muchos encuentren difícil confiar en
los sacerdotes. Pero ojalá nunca pierdan su fe y confianza en
el Señor y en su Iglesia. Aunque algunos de sus elegidos lo traicionen,
Él llamará a otros que le serán fieles, que servirán
a todos con amor y entrega generosa. Todo lo que se ha dicho de los
sacerdotes en estos días, es una severa advertencia y una fuerte
llamada que debemos recibir, con humildad y fortaleza y con renovado
ánimo, para cambiar y ser mejores servidores del Evangelio y
del Pueblo de Dios. Es un llamado medicinal y correctivo. Es una urgente
llamada a ser santos, a concentrarnos en nuestra misión y a
“poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad”,
como lo pide el Papa (NMI, 31).
6.- Próximamente,
del Domingo de Pentecostés al de la Santísima Trinidad,
la Iglesia invita a la SEMANA DE ORACION POR LOS SACERDOTES, en ocasión
de celebrar, el 23 de mayo, la Festividad de Jesucristo, Sumo y Eterno
Sacerdote. Yo les invito a orar por todos los sacerdotes de nuestra
Arquidiócesis, de México y del mundo entero. Hagámoslo
con el Papa, invocando a la Virgen Santísima:
“Oh
María, Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes: Custodia
en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes; presenta a Dios Padre,
para su gloria, a los sacerdotes de tu Hijo; alcanza para el orden de
los presbíteros la plenitud de los dones; acoge, desde el principio,
a los llamados al sacerdocio, protégelos en su formación;
y acompaña a tus hijos sacerdotes en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes”. Amén. (PDV, 82).
Abril 21,
2002.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
