2002
HOMILÍA.-
1º. DE ENERO DE 2002.
SOLEMNIDAD DE SANTA MARIA, MADRE DE DIOS
Luis Morales Reyes, Arzobispo de San Luis Potosí.
“Te
aclamamos santa Madre de Dios, porque has dado a luz al rey que gobierna
cielo y tierra por los siglos de los siglos”.
1.- Si en
el adviento la Iglesia nos presenta, como modelo de nuestra espera,
a María, la Virgen de la Expectación, hoy, una semana
después de la Navidad, la liturgia pone delante de nuestros ojos
a la Virgen, Santa María, Madre de Dios, la que dio a luz a su
Hijo, lo envolvió en pañales y lo recostó en un
pesebre: Los pastores “encontraron a María, a José
y al niño recostado en el pesebre”. Encontraron
a la Madre de Dios de quien hoy se dice: “María,
por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.
Como los
pastores, hace dos mil años, nosotros, al comenzar un nuevo año,
entre el temor y la esperanza, venimos al encuentro de Jesús
y al encuentro de su Madre. Queremos entrar en su corazón, en
ese relicario de ternura y de fe que guarda los secretos del Hijo de
Dios hecho uno como nosotros.
2.- En María
encontramos el modelo de una fe verdadera. Ella es mejor Madre creyendo.
Por eso, nos dice S. Agustín, “concibió
al Hijo primero en su corazón antes que en su cuerpo”.
Aquí está precisamente la grandeza de la maternidad
de María: al hecho físico de la maternidad, ella supo
unir una extraordinaria participación interior.
María,
además, siendo Madre de Dios, es madre nuestra, madre de la Iglesia.
Ella es un modelo luminoso de cómo nosotros sus hijos, debemos
recibir, en la totalidad de nuestra vida, a Jesucristo, como nuestro
Salvador. Ella nos enseña también la justa actitud hacia
la Palabra de Dios que cada domingo se proclama: escucharla
con atención porque es manantial de vida; meditarla
en un clima de gozosa contemplación para que baje a nuestro corazón;
obedecerla con prontitud y docilidad haciéndola
vida de cada día; y ser capaces de vivir asombrados,
maravillados y encantados ante las grandes cosas que Dios hace
en nosotros.
3.- Celebrando
y mirando a María, en esta noche, nos damos cuenta, una vez más,
que Ella está presente, desde el inicio del cristianismo, como
presencia materna y protectora, primero de Jesús y, después,
de la Iglesia. Por eso el pueblo cristiano se dirige a Ella con esperanza
en el corazón.
Generaciones
de madres han confiado, con gran fe y devoción, a su protección
materna el futuro de sus hijos, la felicidad de su familia y la paz
de las naciones.
Enfermos
incontables han implorado su intercesión para la curación
del cuerpo y el consuelo del alma.
Muchedumbres
de pobres han encontrado en su oración a María la fuerza
para continuar viviendo con esperanza.
Desde el
corazón y los labios de millones de creyentes, se eleva, cada
día, la conocida oración que todos aprendimos en el regazo
de nuestra mamá: “Dios te salve, Reina y Madre
de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A
ti llamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos, gimiendo
y llorando...Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos... Muéstranos
a Jesús, fruto bendito de tu vientre... ¡Oh, clemente,
oh, piadosa, oh, dulce, Virgen María!”.
4.- Acerquémonos
a Santa María, Madre de Dios. Acerquémonos, hoy y siempre,
a Ella para recibir su abrazo materno. También el Niño
Jesús se acurrucó y se sumergió en los brazos acogedores
de María, su Madre, silenciosa pero vigilante. También
él escuchó los cantos de cuna hebreos, cantados dulcemente
por la Señora de Belén, cuya figura es iluminada y puesta
en primer nivel por la luz que brota de su Hijo, recién nacido.
Como toda
mamá, María descubre las maravillas de Dios en ese niño
de Belén, que crece en Nazaret. En ese niño que cada día
la va sorprendiendo, con sus primeras palabras, con sus primeros pasos
inciertos, con su mirada, con sus caricias... Ese niño que, al
volverse joven, se alejó poco a poco de Ella, para vivir su vida,
para cumplir su misión, para convertirse en el joven profeta
de Galilea, el Maestro, el que alimentó a las multitudes, curó
a los enfermos, resucitó a los muertos y anunció el Evangelio
a los pobres... entregó su vida para rescatar a la humanidad
caída...
Es la historia
de cada hijo que siempre cuenta con la presencia silenciosa y humilde
de su mamá, en la tierra o desde el cielo. De hecho, María
no estuvo cerca de Jesús sólo de pequeñito. Ella
siguió a su Hijo en su predicación. Ella estuvo presente
al pie de la cruz. Ella estuvo presente en el cenáculo, cuando
los Apóstoles recibieron al Espíritu Santo.
Cuando un
hijo quiere desahogarse, cuando no encuentra a quien hablarle de sus
penas y de sus dudas; cuando quiere hacer fiesta, va a buscar a su mamá.
Esa mamá que lleva en su corazón la historia de cada hijo:
desde el cambio de pañales hasta los tiernos consejos; desde
los momentos de escuchar al hijo hasta las oraciones por su bien. Así
es María, nuestra piadosa madre. Esta noche, al comenzar el año
nuevo, hemos venido a buscarla y a decirle todo lo que traemos en el
corazón y a poner en sus manos nuestro futuro incierto y esperanzador;
el futuro de cada uno, de cada familia, de nuestra ciudad y el de todo
México.
5.- Celebrando
hoy la Jornada Mundial por la Paz, hay que celebrar también a
María, como Reina de la paz. Las mamás son personas de
paz. Ellas son protagonistas de la paz. Permaneciendo en silencio, aman,
sirven y son felices cuando ven a sus hijos reír y gozar. La
mamás, a ejemplo de María, son constructoras de paz. Si
se pensara que también los soldados tienen una mamá que
les espera en el hogar, no habría más guerras.
Si todos
los hombres y mujeres tomáramos como modelo a María, Madre
de Cristo y Reina de la paz, nos daríamos cuenta de cuán
absurdos son nuestros comportamientos, nuestras palabras, nuestras riñas
y nuestros odios. Volvamos nuestro ojos a la Madre de Dios. Miremos
a María. Caminemos de la mano de nuestra celestial Madre, a lo
largo de todo el Año Nuevo. Digámosle, con el corazón
en la mano, esta noche y siempre: “Santa María,
Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra
muerte. Amén.
