2002
HOMILIA.-
EUCARISTIA DE CLAUSURA DE LA DECIMOSEXTA
ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL
Enero 11 de 2002.
1.- “¡Bendita
tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! (...)
Dichosa tú, que has creído”.
Muy queridos
asambleístas:
Al terminar
nuestra decimosexta Asamblea Diocesana del Pastoral, como cada año,
venimos al encuentro de nuestra Madre, la celestial Señora del
Tepeyac, a su basílica potosina. Venimos como peregrinos a ofrecerle
nuestras fatigas y los frutos pastorales recogidos en estos días
para que Ella los bendiga y los presente a su divino Hijo. Venimos a
expresarle todo nuestro amor y a traerle el saludo de su prima Isabel:
“Bendita tú”, “dichosa tú”.
María
es dichosa por haber creído, es decir, por haber dejado que el
Espíritu de Dios se adueñe de su vida y la fecunde. Es
bendita entre las mujeres, porque en ella la fecundidad de nuestra historia,
reflejada en la fecundidad de la mujer, queda asumida en la misma fecundidad
de Dios que hace nacer al Hijo en forma humana. Aquí termina
todo el antiguo testamento; aquí comienza el mundo nuevo de la
bendición de Dios, que se refleja en la respuesta de María:
“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena
de júbilo en Dios, mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad
de su esclava”.
La alabanza
de Isabel a María, es nuestra alabanza. El canto agradecido de
María al Señor, es también nuestro canto. En esta
hora de conclusión de nuestros trabajos de la Asamblea Diocesana,
también nosotros reconocemos, una vez más, con el corazón
exultando de gratitud, todo lo que el Señor ha hecho en nuestra
vida y en la Iglesia potosina.
2.- En este
momento eucarístico y profundamente mariano, les invito a reflexionar
un poco sobre la gran bendición de Dios de darnos en María,
no sólo la Madre de la Iglesia sino también nuestro modelo
eclesial de la misma. Cuando nosotros, Iglesia particular de San Luis
Potosí, nos disponemos a iniciar el nuevo año pastoral
2002, es bueno que contemplemos a María, como su modelo, para
encontrar en ella la inspiración necesaria a fin de ser más
creativos y fieles en la tarea evangelizadora y en la puesta en práctica
del Plan Diocesano de Pastoral.
En un Prefacio
de la Misa, la Iglesia canta esa realidad diciendo: “Porque
al unirse (María) a las oraciones de los apóstoles y de
los discípulos que esperaban la venida del Espíritu Consolador,
se convirtió en el modelo de la Iglesia suplicante y, desde su
asunción gloriosa a los cielos, sigue mostrando su amor y protección
a la Iglesia que peregrina hacia la vida eterna hasta que venga el Señor,
lleno de gloria”.
El Documento
de Puebla nos dice: “María es reconocida como modelo
extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe. Ella es la creyente
en quien resplandece la fe como don, apertura, respuesta y fidelidad.
Es la perfecta discípula que se abre a la palabra y se deja penetrar
por su dinamismo (...) Por su fe es la Virgen fiel, en quien se cumple
la bienaventuranza mayor: ‘feliz la que ha creído”
(DP, 296).
Si María
es Madre, la Iglesia no debe olvidar que su papel principal es el de
dar a Cristo al mundo. Todo el resto, está implicado en su tarea
principal de comunicar a Cristo a la humanidad.
Si María
es Virgen, la Iglesia debe concebir siempre por obra del Espíritu
Santo. Es decir, no debe buscar la condescendencia de las potencias
humanas. La Iglesia debe confiar en el Espíritu y seguir un camino
de sacrificio y de generoso abandono a Él.
En la viva
tradición mariana de la Iglesia, los mismos símbolos bíblicos
se aplican sucesiva o simultáneamente, y siempre con mucha profusión,
a la Iglesia y a la Virgen. La una y la otra es la nueva Eva. La una
y la otra son la Casa construida en la cima de la montaña y el
Tabernáculo del Altísimo. La una y la otra son la Ciudad
de Dios y la Ciudad del Gran Rey. La una y la otra son ‘un mundo
nuevo’, ‘una creación prodigiosa’. La una y
la otra reposan a la sombra de Cristo. María es la figura ideal
de la Iglesia. Ella es el espejo en el que se refleja toda la Iglesia.
¡Qué bellas son las cosas que, bajo la figura de la Iglesia,
han sido profetizadas de María!
Por eso nuestra
Iglesia potosina se alegra en la Virgen bendita, la toma como viviente
modelo y se pone, al inicio de este año pastoral, bajo su maternal
protección. Ella nos ayudará a vivir, cada día
de este año pastoral, nuestro lema: ¡Caminemos
con Cristo!
3.- Al llegar
al final de nuestra decimosexta Asamblea Diocesana de Pastoral, doy
gracias al Señor por el don de su Espíritu que nos ha
acompañado y por la intercesión de la Madre de la Iglesia
y de San Luis Rey, nuestro Patrono.
Agradezco,
de corazón, a todos Ustedes, queridos asambleístas, sacerdotes,
religiosas, seminaristas y fieles laicos comprometidos de nuestras parroquias
y de los movimientos apostólicos. Que el Señor les recompense
este precioso tiempo que le han regalado a nuestra querida Arquidiócesis;
que les recompense su amor y su entrega cotidiana para evangelizar,
edificar la Iglesia y hacer realidad nuestro Plan Diocesano de Pastoral.
Gracias también
al P. Andrés Vargas, Vicario de Pastoral, a todos los miembros
del Vicariato de Pastoral y a todos los que colaboraron de distintas
maneras en los múltiples servicios que requiere una Asamblea
Diocesana. El Señor será su mejor recompensa.
4.- Para
terminar, como fraterna exhortación, permítanme repetir
las palabras que el Papa nos ha dicho en la “Novo Millennio Ineunte”:
“¡Caminemos con esperanza! Tengamos el mismo entusiasmo
de los cristianos de los primeros tiempos. Nuestra andadura debe hacerse
más rápida al recorrer los senderos del mundo. Nos acompaña
en este camino la Santísima Virgen. Imitemos la intrepidez del
apóstol Pablo: ‘Lanzándome hacia lo que está
por delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios
me llama desde lo alto, en Cristo Jesús” (NMI,
nn. 58 y 59).
+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
