2001
HOMILIA
EN LA EUCARISTIA
DE LAS BODAS DE PLATA SACERDOTALES DEL
P. FRANCISCO ROBERTO DÁVALOS MORALES
1.- Para
todo Obispo, es motivo de gran alegría acompañar a un
sacerdote en su aniversario sacerdotal pero lo es mucho más cuando
éste llega a las Bodas de Plata Sacerdotales. P. Roberto, gracias
por invitarme a estar contigo en este espléndido día de
tu existencia sacerdotal, acompañado de tu querida mamá,
hermanos, familiares, amigos y de los fieles de tu comunidad parroquial.
Recibe por mi medio el saludo afectuoso de nuestra Arquidiócesis
y la felicitación de tus hermanos sacerdotes de este presbiterio
potosino. También felicito, una vez más, a tus compañeros
de generación sacerdotal: Francisco Salazar, Francisco Ortiz
y Bernardo Méndez
Tu sacerdocio
nació del corazón de Dios. Y todo comenzó en el
amor de tus padres y en el cálido ambiente cristiano de tu familia.
La cuna de tu vocación fue la piedad, la oración y la
fe de tu mamá y de tu papá. Por eso hoy recordamos contigo
a D. Alfonso Dávalos (q.e.p.d.) y felicitamos a Dña. Mercedes
Morales.
Nuestra gratitud
a toda tu familia por el regalo de tu vida para que fueras ungido, por
el Espíritu del Señor, sacerdote para siempre, el 23 de
Octubre de 1976. Este día te acompañamos al recordar,
lleno de gratitud al Señor y a su Pueblo santo, tu itinerario
sacerdotal, particularmente tus valiosos servicios en el Seminario y
como eficaz colaborador, en el Vicariato de Pastoral, del Sr. Arzobispo
D. Arturo Szymanski y de tu servidor.
Este día
de gozo sacerdotal llega a su plenitud al celebrar la Eucaristía
acompañado de esta porción del Pueblo de Dios que peregrina
en la parroquia de San Pío X. Este Pueblo que has ido formando
con sabiduría, paciencia y caridad pastoral. Este Pueblo que
te corresponde con su amor y que te acompaña haciendo fiesta
y alegrándose contigo. ¡Muchas felicidades, P. Roberto!
2.- La vida
del sacerdote, hermanos y hermanas, es una vida donada, entregada, porque
todo lo ha recibido de Dios y porque debe darlo todo a los demás.
Es hombre para los demás. El don del sacerdocio se manifiesta
como tal, tanto en la alegría de recibirlo, como en el gozo de
entregarlo.
La trama
de la vida sacerdotal está hecha de escucha, de silencio, de
meditación y de misión, inmersa en la fuerza transformadora
de la historia de la salvación. Es una trama hecha de paz, de
soledad y de recogimiento pero también de acompañamiento,
de diálogo de encuentro fraterno y comunitario. Está hecha
de satisfacciones y de alegrías pastorales, de desilusiones y
desalientos.
Ser sacerdote
hoy, al alba del tercer milenio, en la Iglesia postconciliar que busca
nuevas rutas para una nueva evangelización; ser sacerdote hoy
en esta sociedad llamada postmoderna que tiende a igualar la vida del
sacerdote a cualquier profesión social; ser sacerdote hoy, exige
un alto grado de heroísmo y fortaleza, de fe y de gozo en el
misterio que se lleva en el corazón. No es lo mismo ser sacerdote
hoy que hace cincuenta años. Pero, en este tiempo como entonces,
la vida del sacerdote ha sido y es una vida feliz, en el gozo del Señor,
una vida que ha encontrado a Jesús y que acompaña los
gozos y tristezas de tantos hombres y mujeres que buscan y que esperan
vivir también ellos el encuentro con Jesucristo vivo.
3.- P. Roberto,
en esta Eucaristía de tus Bodas de Plata Sacerdotales, en la
Palabra, leída en la primera lectura (Jer. 1, 4-9), el Señor
te ha dicho: “No tengas miedo, porque yo estoy contigo para protegerte”.
Estoy seguro que esta Palabra es una consolación para tu vida
sacerdotal.
“No
tengas miedo”. Muchos, a lo largo de las historia de la salvación,
escucharon esa frase del Señor: Jeremías y los demás
profetas, José y los Apóstoles. También María
se conturbó ante el saludo del ángel. El miedo engendra
perplejidad y duda. Pero Dios siempre insiste, una y otras vez, “no
temas”. Con esta expresión, el Señor te infunde
confianza para que acojas su presencia y superes todo temor humano.
El Señor espera que le reiteres tu “sí sacerdotal”,
en este feliz aniversario, y te mantengas fiel en esa bella aventura
que iniciaste hace 25 años, aventura de fe, camino arriesgado
de misión.
“Yo
estoy contigo para protegerte”, te dice también el Señor.
Un día, Moisés, cansado de llevar al pueblo a través
del desierto, pedía que Dios le enviara alguien para que le acompañara.
También pedía conocer el camino. Y el Señor respondió:
“Yo mismo iré contigo y te daré descanso”
(Ex. 33,12). Dios siempre se desplaza al lado del sacerdote. Jamás
lo dejará solo. Dios lo conduce por senderos rectos. Dios está
con él, viene en persona a ayudarlo. Cada día, la oración
del sacerdote alcanza el corazón de Dios.
El sacerdote
no está solo en la misión confiada. Jesús le ha
prometido su presencia. El sacerdote escucha las palabras del Señor
a los suyos: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta
el fin del mundo” (Mt. 27, 20). Él confirma y da fecundidad
a la acción apostólica. El sacerdote mira con confianza
hacia el futuro puesto que el Señor camina y colabora con él.
Su mensaje evangelizador suscitará reacciones de todo tipo, pero
si ha oído, visto y tocado al Verbo de Dios, no tendrá
miedo de mantenerse fiel.
El “sí”,
pronto y humilde del sacerdote, no es vistoso pero contiene la fecundidad
del Evangelio. De día o de noche, en las penas y alegrías,
el sacerdote sigue escuchando al mismo Dios que le habló al profeta
Jeremías: “Desde antes que nacieras, te consagré
profeta de las naciones. Irás donde yo te envíe y dirás
lo que yo te mande. No tengas miedo, porque yo estoy contigo para protegerte”.
4.- En el
Evangelio proclamado, escuchamos unas palabras entrañables del
Señor a los suyos: “Les he dicho esto para que mi alegría
esté en ustedes y su alegría sea plena” (Jn. 15,
9-17). Siempre he pensado que el sacerdocio es una bienaventuranza;
que el sacerdote debe vivir sus propias bienaventuranzas; debe vivir
siempre el gozo inmenso de ser hombre de Dios; bienaventuranzas vividas
y experimentadas en lo cotidiano de su vida y ministerio que lo invitan
a ser apóstol a través del ejemplo, del bien, del perdón,
de la comprensión, de la oración, de la santidad. El Señor
quiere ser la alegría de cada sacerdote para que su alegría
sea plena.
La alegría
impulsa, atrae, abre a los demás. La alegría comunica
energía e ilusión. Con alegría el trabajo rinde
más y cansa menos. El Evangelio del Reino de Dios, nos dice San
Pablo, es gozo y paz en el Espíritu Santo. La vida eterna será
una participación en la alegría del Señor resucitado.
Claro está
que también al sacerdote le asalta la oscura realidad de la noche
y la fatiga de las muchas noches y desvelos. Los sentimientos de tristeza
pueden apoderarse de él. Dejó todo con alegría
y se puso en camino, pero muchas veces dice como el apóstol Pedro:
“Señor hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado
nada” (Lc. 5,5). Trabaja por ser fiel al Evangelio y experimenta
silencio y aridez. Las noches del Viernes y del Sábado Santo
también hacen mella en su esperanza.
“Les
he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su
alegría sea plena”, dice el Señor a sus sacerdotes.
El sacerdote, trabajando en medio de la comunidad de los fieles, encuentra
su gozo y alegría.
El apóstol
S. Pablo es ejemplo para el sacerdote cuando dice: “Con mucho
gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas,
para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2Cr. 12,9).
Engendrar, dar a luz y desarrollar a Cristo en las comunidades, no puede
hacerse sin dolor, pero también colma de alegría al sacerdote
que ve el fruto de su trabajo. Es la alegría de ver el triunfo
del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre
el pecado.
La vida apostólica
del sacerdote entraña siempre sufrimiento y alegría. Como
S. Pablo, también el sacerdote sufre a causa de las divisiones,
contiendas, infidelidades y pecados de las comunidades pero le llena
de un gozo desbordado el que la Palabra de Dios es recibida en muchos
corazones generosos. La alegría que le regala el Señor
es desbordante ante el cambio que va viendo en su comunidad y ante el
entusiasmo y perseverancia de los laicos comprometidos.
Para el sacerdote,
la alegría de ser llamado, elegido y enviado, llena de nuevo
ardor su corazón y lo colma de una gozosa esperanza. Le da audacia
para salir al encuentro de los que están lejos para que “los
pobres y lisiados, ciegos y cojos” llenen la Casa de Dios que
es la Iglesia.
5.- P. Roberto,
déjame decirte, finalmente, que el sacerdote que se confía
a la Virgen Santísima, goza doblemente de la alegría del
Señor. Tú sabes que la devoción mariana es un componente
indispensable y esencial de la espiritualidad sacerdotal. Deseo que
tú, a ejemplo de Juan, el discípulo amado, lleves a María,
la tierna Madre del sacerdote, a vivir a la casa de tu corazón
para que ella esté contigo en los días de cruz y de resurrección.
Lleva siempre contigo a la Virgen Santísima, llévatela
con su secreto de madre, con su familiaridad con Jesús, con su
fe, su tenacidad, su valentía, con su ternura y compasión;
llévatela con su canto agradecido del Magnificat.
Con tu devoción
mariana, serás objeto de la solicitud de la Madre de los Sacerdotes.
Encontrarás en ella, a la Madre que te ayude a mantenerte firme
en la fe, porque ella ha creído primero; a la Madre que te ayudará
a traducir tu fe sacerdotal en más obras evangelizadoras para
el bien del Pueblo de Dios que tienes encomendado.
P. ROBERTO,
¡FELICIDADES! QUE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE SEA TU UNICA
Y ETERNA ALEGRIA Y RECOMPENSA.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
San Luis Potosí, S.L.P., Noviembre 23 de 2001.
