2001

HOMILIA EN LAS BODAS DE ORO SACERDOTALES DE
MONS. PESQUERA, CNGO. AGUILAR Y P. GUILLEN.-

Parroquia de Ntra. Sra. de los Remedios en San Luis Potosí.
Enero 15 de 2001.

1.- “Te consagré como profeta. Irás a donde yo te envíe. Dirás lo que yo te mande. No tengas miedo. Yo estoy contigo para protegerte” (cf. Jer. 1, 4-9).

Felicito de todo corazón, en nombre de toda nuestra querida Arquidiócesis, a Mons. José Pesquera Lizardi, al Cngo. Emérito Francisco Aguilar Garcés y al P. Salvador Guillén Uribe al celebrar hoy sus Bodas de Oro Sacerdotales. Evoco también con grande afecto al Cngo. Francisco de los Santos Mora a quien el Padre celestial llamó a su casa eterna hace un año. Sumando su ministerio, son 200 años de generoso y edificante servicio sacerdotal a favor de esta Iglesia particular. ¡Felicidades Mons. Pesquera, Cngo. Aguilar y P. Guillén! Gracias por ser sacerdotes. Gracias por haber perseverado. Gracias por haber edificado a la Iglesia, cada día y miles de días, y por haber servido con amor al Pueblo Santo de Dios con el ministerio de la gracia y de la Palabra. “Te consagré profeta”; “ustedes son mis amigos”, les dijo el Señor, lleno de ternura, hace 50 años, en esta misma parroquia.

“Irás a donde yo te envíe. Dirás lo que yo te mande. No tengas miedo. Yo estoy contigo”. En esta Eucaristía, queremos acercarnos al corazón de ustedes, embargado por la alegría y la gratitud, para acompañarles en su acción de gracias a Dios.

Verdaderamente es justo darte gracias, Señor:
por JOSE, hijo de Juan Luis y Victoria, porque lo llamaste a la vida el 21 de marzo de 1926 y lo consagraste templo del Espíritu por el bautismo a los pocos días de haber nacido;
y por FRANCISCO, hijo de Benito y Leonor, nacido el 2 de abril y bautizado el 23 de abril del mismo año;
y también por SALVADOR, hijo de Cirilo y Guadalupe, a quien quisiste llamar a este mundo el 26 de octubre de 1927 y le comunicaste tu vida divina por el bautismo el 21 de noviembre del mismo año;
Tú quisiste que tu Hijo Jesucristo, sacerdote eterno, con especial predilección y mediante la imposición de las manos, los eligiera de entre los hermanos, para comunicarles su sacerdocio único y hacerlos pastores de tu pueblo peregrino en el tiempo, el 14 de enero de 1951;
Tú quisiste que, por la imposición de las manos de tu siervo, el Obispo Gerardo Anaya, ellos recibieran el poder de renovar, en nombre de tu Hijo, el sacrificio redentor, preparar para tus hijos el banquete pascual, alimentarlo con la palabra y fortificarlo con los sacramentos;
Tú los enviaste, en la obediencia a su Obispo, a cumplir muchos y variados servicios sacerdotales, en distintos lugares y ambientes, que ellos ejercieron dando siempre un testimonio de fidelidad y de amor.
Por eso, Señor, hoy te alabamos y te bendecimos por tus hijos presbíteros José, Francisco y Salvador y porque, en tu gran misericordia, no cesas de colmar a esta Iglesia potosina con abundancia de sacerdotes, sabios y santos, que dispersos por todo su territorio consagran su vida a ti y a la salvación de sus hermanos.

2.- “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Nadie tiene amor más grande a sus amigos , que el que da la vida por ellos. Soy yo quien los ha elegido. Soy yo quien los ha destinado para que vayan y den fruto”.

“Estas palabras inspiradas, decía el Papa en la celebración de sus Bodas de Oros Sacerdotales, estremecen profundamente toda alma sacerdotal. Las palabras humanas no son capaces de abarcar la magnitud del misterio que el sacerdocio tiene en sí mismo. Toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda su vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuán indignos somos de ello”.

¿Quiénes son estos hombres llamados sacerdotes? ¿Cuál es su vocación? ¿Cuál es su misión en medio de este mundo del siglo 21 y del tercer milenio? ¿Son, acaso, entendidos por los hombres y mujeres de hoy, por los mismos católicos que todos los días los buscan y los tratan?

Ante todo, el sacerdote es el hombre que cada día le dice al Señor: “Señor Dios, en la sencillez de mi corazón te lo he entregado, con alegría”. Es, sobre todo, el hombre de Dios. Por ser hombre de Dios es hombre de fe. Es el orante: sin orar no se permanece en la misión, más bien sobreviene la dimisión, la huída. La oración no es una actividad más del sacerdote, sino que forma parte de su vida de apóstol.

El sacerdote es hombre de paz y reconciliación. Está llamado a hacer su trabajo y saludar con una sonrisa a quienquiera que encuentre en su camino. Su mirada no debe ser crítica sino llena de compasión y de comprensión. Con su trabajo ha de hacer feliz a mucha gente, y eso es algo maravilloso. Está llamado a ser siempre optimista, positivo, paciente ante lo que suceda. Debe conservar una actitud simple y feliz ante la vida, con la mirada puesta en metas lejanas, más que en satisfacciones momentáneas, con la comprensión de que, a pesar de las apariencias, en última instancia trinfará siempre la voluntad de Dios.