2001

HOMILIA.- DOCE DE DICIEMBRE DE 2001. L. Morales R., Arzobispo de S.L.P.

1.- “Vengan a mí, ustedes, los que me aman y aliméntense de mis frutos... Los que se dejan guiar por mí no pecarán”.

La Iglesia pone en labios de la Virgen Santísima esta palabras que son una maternal invitación a celebrarla en este día como la “Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive” y para venir ante su imagen para honrarla como Reina de México presentándole nuestro amor, nuestra alabanza, nuestros ruegos y nuestro compromiso de ser mejores hijos suyos.

Nosotros la visitamos pero ella nos visitó primero. Nos dice el Evangelio de hoy: “En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel”. Siglos después, ella se puso en camino hacia la pequeña montaña del Tepeyac y saludó a los moradores de estas tierras.

María visitó México apareciéndose ante los humildes, pobres y necesitados, representados en el Beato Juan Diego, solicitando que se le construyese “una casita”, para que sus hijos se acercasen a ella, a pedir el consuelo y la solución de sus necesidades, y para “prodigar todo su amor, compasión, auxilio y defensa”.

2.- Este día, nos encontramos con ella presentada por el Evangelio en su visita a su prima Isabel. Tratemos de honrarla y celebrarla aprendiendo la enseñanza que nos ofrece el encuentro de estas dos maravillosas mujeres, cubiertas por la amorosa mirada de Dios.

“María saludó a Isabel”. Fue un saludo que tuvo un efecto extraordinario, El niño (Juan Bautista) saltó de gozo en el seno de Isabel. María, que es portadora de Jesús, es un instrumento de bendición para Isabel y para su hijo que todavía no nacía. Isabel lo atestigua diciendo: “Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno”.

Esta narración de la Visitación nos ayuda, ante todo, a contemplar a María como modelo de apostolado. Ella lleva a Jesús y una bendición a la casa de Zacarías. La Iglesia sabe que su mayor fuerza evangelizadora es hacer presente a Jesucristo. Anunciar a Jesucristo será la alegría y la norma suprema de todo apostolado; la misión de la Iglesia y de cada uno de nosotros es la de mostrar a Jesucristo como sabiduría y fortaleza de Dios y como el único Salvador del mundo.

3.- “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Juan Pablo II nos dice: “María, dedicada constantemente a su divino Hijo, se propone a todos los cristianos como modelo de fe vivida”, fe convencida, viva y operante. Debemos recordar que María caminó en la fe. Esa fe que es una mezcla de oscuridad y de luz; es oscuridad, porque no nos es posible entender toda la verdad divina; es luz, porque la fe nos lleva a las verdades que no podemos conocer por otros caminos. María caminó en la luz de la fe; Dios le reveló bastante sobre su proyecto de salvación para que ella pudiese avanzar poco a poco. La fe de María estuvo hecha de confianza y de acción. Así lo afirma el Papa: “María, que por voluntad del Altísimo se encontró en el centro mismo de aquellos inaccesibles caminos y de aquellos inescrutables juicios, se sumergió en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo dispuesto por el designio divino”.

“Dichosa tú, que has creído”. La fe de María es como la fe del patriarca Abraham. Cuando parecía que no había esperanza, Abraham, “nuestro padre en la fe”, tuvo fe contra toda esperanza que se convertiría en padre de muchos pueblos. María permitió que las esperanzas de su pueblo se cumpliera con su “SI” total a Dios. Ambos son alabados por su fe. A los dos se pide el sacrificio de sus propios hijos y ambos suben a la montaña de sacrificio. Pero si a Abraham se le ahorró la muerte de su hijo, María, en cambio, tuvo que ver morir a su propio hijo. María, pues, vivió una penosa peregrinación de fe. Esta peregrinación la llevó al Calvario, a la Pascua y a Pentecostés.

La fe de María, alabada por Isabel, la llevó también a ser discípula. María no sólo educó, sino también fue educada de un modo misterioso por su Hijo divino. A María le fue más difícil creer que a los Apóstoles. Ellos tenían una idea confusa de Jesucristo. En cambio a María le fue anunciada la gloria futura de su Hijo: “Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo... y su reino no tendrá fin”.

María, en la fe, miró al pasado con gratitud; y miró al futuro, esperando siempre en la omnipotencia de Dios “que dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Su fe en las promesas de la Anunciación, sufrió una dura prueba cuando vio a su Hijo rechazado en Nazaret y después en Jerusalén; y cuando ella misma subió con él al Calvario. La oscuridad que envolvió el alma de Jesús también influyó en la fe de María. Y aquí, una vez más, el Papa nos habla diciéndonos que, “en la expresión de Isabel: “dichosa tú, que has creído”, podemos encontrar como la llave que nos abre a la realidad íntima de María”.

La conciencia de que la fe ha sido difícil para nuestra Madre y Señora, nos da una idea de su vida y también de una semejanza con nosotros: ella compartió plenamente la condición humana y las dificultades de la fe, pero ella no tuvo pecado.

4.- Al celebrar a Nuestra Señora de Guadalupe, que nos trajo la fe en Cristo a los mexicanos, comprometámonos a “profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz”.

Recordando que el saludo de María fue una bendición para Isabel y para su hijo, demos siempre a los demás, sin distinción alguna, palabras de bendición y de reconciliación, para “reconocernos y amarnos todos como verdaderos hermanos”.

Celebrando a la celestial Señora del Tepeyac, que fue dichosa y bendita por haber creído en las palabras del ángel, aceptemos con gozo el mensaje de la Palabra de Dios cada día y cada domingo y cantemos las maravillas que Dios ha realizado en nuestra vida, dándole gracias por todos los bienes recibidos.

¡Santa María de Guadalupe, Reina de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe!