2000
HOMILIA
EN EL 40º. ANIVERSARIO SACERDOTAL
DE MONS. ANTONIO TORRES HERRERA,
VICARIO GENERAL DE LA ARQUIDIOCESIS DE SAN LUIS POTOSI.
Matehuala, S.L.P.- Octubre 30 de 2000.
1.- COMO
EL PROFETA ELIAS. (Cfr. 1 Reyes, 19, 3-8).
“Con
la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta
noches”.
Es sorprendente
contemplar la figura del profeta Elías, vencido por el miedo
y la depresión, en contraste con la valentía y la confianza
que le conocemos en otros momentos. Realmente el profeta toca el fondo
de la existencia humana, frágil y desolada. Su imagen hoy nos
resulta entrañable y conmovedora en el nivel humano. “Elías
se llenó de miedo y huyó para salvar la vida… Se
adentró por el desierto… Se sentó bajo una retama
y, deseándose la muerte, decía: ¡Basta, Señor!
Quítame la vida, que no soy mejor que mis antepasados”.
Resulta muy
elocuente este pasaje, cuando leemos en él la vida de ese otro
profeta de los tiempos modernos: el sacerdote; en sus momentos de prueba,
de desierto, de soledad, de abandono y de desaliento.
Pero no menos
conmovedores son los cuidados de Dios hacia el profeta Elías,
brindándole comida y aliento por medio de un ángel. ¿No
nos recuerda ese ángel a aquel otro, consolador y acompañante,
del huerto de Getsemaní?
También
el sacerdote tiene un ángel que lo fortalece, lo levanta, lo
conduce, lo acompaña, lo alienta, en nombre del Señor:
“Levántate y come, porque el camino es superior a tus fuerzas”,
dice el Señor a cada sacerdote, a la hora de la tentación
y del deseo de la huida por la puerta falsa.
Los cuarenta
días y cuarenta noches de camino de Elías profeta, aluden
a la estancia de Moisés en la montaña santa del Horeb
y a la larga peregrinación del pueblo de Israel durante cuarenta
años por el desierto. Sabemos que el profeta desandaba el camino
del pueblo israelita en busca de los orígenes de la fe. Como
Moisés en el Sinaí, así Elías asiste a la
teofanía, a la manifestación espléndida, cercana
y suave del Dios vivo, en un ligero y consolador murmullo.
Cuando el
sacerdote celebra un aniversario de ordenación, también
remonta y desanda su historia, como otro Elías, hasta llegar
al momento primordial y a la fuente original de su gracia y misión
sacramental.
Permítanme
ver también, en esta honda experiencia de encuentro con Dios
que tuvo el profeta, la experiencia misma y el encuentro del sacerdote
con el Dios que le ha llamado para realizar en él un proyecto
eterno: “Tú eres sacerdote para siempre”.
Esa voz suave y paternal la escuchó Mons. Antonio Torres Herrera
en el cálido recinto de la Capilla de Pontificio Colegio Pío
Latino Americano, rodeado de la presencia fraterna y expectante, de
todos los alumnos, en aquella Solemnidad de Jesucristo, Rey y Señor
del Universo, día de su ordenación sacerdotal de manos
de quien después fuera el Cardenal Samoré, el 30 de octubre
de 1960. Ahí estaba también yo.
En su primera
Eucaristía que celebró en las Catacumbas de Priscila,
escuchó al Señor que le decía: “Levántate
y come, porque el camino es superior a tus fuerzas”. Desde
ese día, Mons. Torres inició su larga peregrinación
de cuarenta años, con el corazón rebosante de alegría
juvenil, con la mente repleta de proyectos apostólicos, con su
vida sacerdotal encendida de amor a Jesús y a su pueblo; transformado
en Cristo; para pensar y amar toda su vida como Jesús.
Cayó
en mis manos hace días el siguiente hermoso poema del Siervo
de Dios, el Excmo. Sr. Luis María Martínez, que expresa,
con bellas palabras y honda mística, lo que adivinamos que sentía
el corazón de Mons. Torres el día de su ordenación
sacerdotal:
“Como
en el pozo de Jacob, un día,
cerca de mi miseria, fatigado,
te sentaste, oh Jesús, enamorado,
dulcemente dijiste al alma mía:
‘¡Tengo sed!”… ¡tengo sed!… Mi pecho
ansía
beber en un caudal nunca agotado
un amor puro, tierno y delicado.
¿Calmar mi sed tu corazón podría?
-“Soy roca estéril -dije tristemente-
y nunca supe amar”. Mas, ¡oh ventura!,
mi alma tocó tu diestra omnipotente,
¡y de mi corazón, la roca dura,
trocóse en viva y cristalina fuente
para saciarte siempre de ternura!”.
Mons. Torres
comenzaba a realizar el sueño de Dios sobre su vida, nacida del
amor de Porfirio Torres y Felipa Herrea, el 24 de Julio de 1936; alentada
en la escuela parroquial del P. Juan Bañuelas; y educada sabiamente
en el Seminario de San Luis Potosí y en el Pontificio Colegio
Pío Latino Americano.
“Levántate
y come, porque el camino es superior a tus fuerzas”. Con
la fuerza del alimento de la Eucaristía, de la oración,
del amor a sus hermanos, de la fe y de la esperanza sacerdotal, Mons.
Torres ha cumplido fielmente con los siguientes servicios: Vicario parroquial
en la parroquia de Ntra. Señora de los Remedios, Vicario parroquial
de San Miguelito, Vicario ecónomo de Charcas, Párroco
de Río Verde, Rector del Seminario Mayor, Capellán del
Albergue Infantil “Rafael Nieto”, Defensor del Vínculo,
Director Espiritual del Pontificio Colegio Mexicano en Roma, Párroco
de Matehuala (1983-1994), Decano del Decanato de San Pablo, Vicario
Episcopal de la Zona Norte, Párroco de Ntra. Señora de
los Remedios, Decano del Decanato de San Luis Rey, Vicario General y
Presidente del Cabildo de Catedral.
De todos
son conocidas sus cualidades humanas y sacerdotales: prudencia, amabilidad,
discreción, capacidad para escuchar, comprensión, paciencia,
sentido de la amistad, sentido de comunión y de comunidad presbiteral,
entrega generosa al Pueblo de Dios, en particular, a los sencillos y
pobres, testimonio de vida sacerdotal. ¡Felicidades, Mons. Toño,
por ser como eres! ¡Gracias de mi parte!, por ayudarme a llevar
adelante mi responsabilidad episcopal con tu cotidiana y eficaz presencia,
con tu continuado y acertado consejo, con tu fraterno y valioso servicio,
adornado con todos esos dones que Dios te ha dado y que son otras tantas
expresiones de tu vida interior.
2.- LLAMADO
A LA SANTIDAD. (cfr. Jn, 17, 4-11).
La lectura
del Evangelio de S. Juan me lleva recordar, en esta hermosa fiesta sacerdotal,
el llamado a la santidad que todo sacerdote escucha persistente e inevitable
en lo más íntimo de su ser. Un llamado a peregrinar cada
día hacia el “monte de Dios”, hacia el encuentro
y entrega total en manos de Dios. Del profeta Elías se nos dice
hoy que “con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta
días y cuarenta noches, hasta llegar al monte de Dios, el Horeb”.
Esa es la traza de un itinerario de santidad para todo sacerdote sin
exclusión.
Permítanme
hacer una reflexión sobre este llamado a la santidad cuando estamos
a punto de celebrar la Segunda Jornada de Oración por la Santidad
de México, al estar viviendo el año Santo, apremiante
llamada a la santidad, y cuando estamos todavía dando gracias
al Señor por los 27 mexicanos, declarados santos por la Iglesia
Universal, el 21 de mayo pasado.
El Señor
Jesús, en el Evangelio proclamado, habla de la esencia de la
santidad sacerdotal en su oración al Padre: “Tuyos
eran y tú me los has dado y han guardado tu Palabra… Son
tuyos, y yo he sido glorificado en ellos… Padre Santo, cuida en
tu nombre a los que me has dado”.
Para un sacerdote,
ser santo es ser posesión total del Padre, guardar su Palabra
y darle gloria al Hijo. Cito de nuevo al Siervo de Dios Luis María
Martínez. Para él, lo que importaba era ser posesión
del Padre por el amor: “Dejarse amar es amar plenamente, es
entregarse sin limitaciones. Así procuré entregarme. Tú
quieres que sea todo tuyo. Yo quiero exactamente lo mismo. En cuanto
al afecto soy todo tuyo. En cuanto al afecto, toma Tú mismo lo
que Te doy; lo que, aparte de todos los derechos, es tuyo: mi amor.
Lo que tengo, eso Te doy: una miseria, una piltrafa, pero tuya, toda
tuya. Ser todo tuyo en cuanto al afecto, de una manera práctica
en mi vida, no es cosa de un momento, no está en mi mano; pero
en cuanto al afecto sí, poséeme. Poseer es para Dios amar
y ser amado. Ser poseída es para el alma ser amada y amar”.
Esta es la
santidad sacerdotal y este es el sueño de Jesucristo, Sumo y
Eterno Sacerdote en su oración al Padre: “Tuyos eran…
Son tuyos… Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado”.
La verdad
es que muchas veces, los sacerdotes tenemos miedo a la santidad. El
Concilio Vaticano II, sin embargo, nos recuerda el deber del presbítero
de tender a la perfección y del ejercicio de la función
sacerdotal como aquello que exige y favorece la santidad (PO,12). Y
el Papa, en “Pastores Dabo Vobis”, nos amonesta: “La
vocación sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad,
que nace del sacramento del Orden. La santidad es intimidad con Dios,
es imitación de Cristo, su verdadero bien; es amor a la Iglesia
que es santa y nos quiere santos, porque esta es la misión que
Cristo le ha encomendado. Cada uno de vosotros debe ser santo, también
para ayudar a los hermanos a seguir su vocación a la santidad”
(PDV, 33).
Pero, ¡cuidado!
No reduzcamos la santidad sólo a una norma o a una ley. Ella
es algo mucho más para el sacerdote y para todo fiel. Los santos
con frecuencia son definidos como amigos de Dios. Y amistad quiere decir
gratuidad, intimidad, reciprocidad, alegría. Por tanto, la santidad
es una bienaventuranza sacerdotal.
¡La
santidad es una bienaventuranza!
Con toda verdad y propiedad, pues, podemos decir:
¡Feliz el sacerdote santo!
¡Feliz el sacerdote que no es declarado santo por la Iglesia,
pero que, con su vida de fe y testimonio de amor, declara santa a la
Iglesia!
¡Feliz el sacerdote que es santo porque es servidor de la Nueva
Alianza e inspira su ministerio en la libertad del Espíritu y
en la fuerza de la gracia!
¡Feliz el sacerdote que, de la celebración de las cosas
santas, pasa a la santidad de vida, para que no haya, en él,
separación entre aquello que hace y aquello que es!
¡Feliz el sacerdote que hace, de cada Eucaristía, el centro
de su jornada, advierte bien lo que realiza e imita lo que tiene en
sus manos!
¡Feliz el sacerdote que no sabe que es santo, pero conduce a su
pueblo hacia la santidad!
¡Feliz el sacerdote que, como otro Elías profeta, cada
día sube, por su oración, a la montaña santa del
Señor!
¡Feliz el sacerdote que es todo del Padre celestial, su propiedad
muy especial, y es transparencia de Cristo, Buen Pastor, para servir
a todos, con especial predilección a los más pobres y
necesitados!
Mons. Torres:
Te felicitamos en este día de tu 40º. aniversario sacerdotal.
Te deseamos éxito en todas tus empresas apostólicas. Te
deseamos mucha salud. Te auguramos gran paz en tu corazón y que
no te falte la compañía y el consuelo de los amigos. Felicidades
también a tu hermana Josefina, que te acompaña apoyando,
desde el hogar, tu ministerio sacerdotal.
Pero, por
encima de todos esos bienes, le pedimos al Señor que nunca te
falte el alimento de la Eucaristía; que cada día el ángel
del Señor te despierte como al profeta Elías para invitarte:
“Levántate y come”. Que el Señor te trate
con la misma ternura y cuidados paternales, como al profeta, para que
llegues, en una diaria peregrinación espiritual, al monte del
Señor, el Horeb; y goces del murmullo suave de su amor y de su
palabra. “Levántate y come, porque el camino es superior
a tus fuerzas”. ¡Que el Señor te conceda un
largo camino sacerdotal!
Por encima
de todos los bienes materiales y espirituales, le pedimos al Señor
que te conceda diariamente el don de la contemplación, la pasión
apostólica, pero sobre todo, el “anhelo de la santidad”;
la felicidad de la santidad, recordando que el verdadero sacerdote,
es el santo, “el hombre de las bienaventuranzas”.
Que en el silencio de tu corazón sacerdotal, para tu consuelo
y fortaleza, escuches siempre aquella oración de Jesús,
en la que también te tuvo a ti presente: “Padre Santo,
cuida en tu nombre a los que me has dado”. Que la Inmaculada
Concepción, a la que serviste como Párroco en esta ciudad
de Matehuala, te acompañe siempre como buena Madre y cuide tu
vida y ministerio sacerdotal.
¡MUCHAS
FELICIDADES EN EL SEÑOR! ¡GRACIAS POR SER SACERDOTE PARA
SIEMPRE!
+LUIS
MORALES REYES
ARZOBISPO DE SAN LUIS POTOSI
