2.4
SIMBOLISMO CROMÁTICO DE LA DECORACION.
Los colores
en los iconos cristianos y en la decoración de las iglesias crean
un campo de estímulos, bien articulados y unificados por un motivo
dominante, que se ofrece al espectador como ordenador de su imaginación.
En efecto, el color, en sí mismo, no representa algún
objeto, sino que le da, más bien, un significado. Por eso su
campo de acción es amplio; se dirige a un orden del conocimiento
que no está directamente sometido al control de la inteligencia;
por eso el significado de un color se determina en el contexto cromático
de un conjunto concreto; fuera de él, el color, o los colores,
se vuelven algo ambiguo.
En los iconos
y decoraciones, los colores conservan dos puntos constantes de referencia:
a lo trascendente, significado por el oro, que no es color, sino luz,
de tal manera que revela al mismo tiempo algo, un misterio escondido;
y a la tierra, ya que los colores hacen brillar a plenitud los minerales,
de los cuales están los pueblos buscando una conjunción
en el cielo.
Trataremos
ahora de explicar el significado de algunos colores:
El ORO, a diferencia de los colores, no tiene una coloración
material, es el reflejo puro de la LUZ, es por tanto, símbolo
de la luz divina; es expresión de pureza, aquella del cielo más
azul y del “Sol que nace de lo alto”
Al oro se
le debe reconocer también el significado de la preciosidad y
la belleza, como si fuese el producto de una sublime y suprema “irradiación”
que nos ofrece la parte más infinita de una realidad: la realidad
divina que nos ilumina con su Luz. El oro nos invita, por tanto, a entrar
a la “estancia del tesoro”, a una especie de encuentro nupcial
con el Arquetipo invisible que se revela progresivamente; de tal modo
que al contemplar lo decorado con el oro se nos invita a contemplar
y a escuchar también a Aquel que es la Palabra hecha Carne.
El BLANCO
expresa lo divino, la absoluta verdad y unicidad de Dios, por consecuencia
también a los representantes de Dios, los ángeles y aquellos
que entran en el mundo divino.
El ROJO
grana, hace referencia al fuego y a la sangre, y por lo tanto, al amor
que es más fuerte que la muerte; expresa sacrificio y un buen
combate. El rojo también es signo distintivo de la humanidad,
sobre todo si se usa con el azul.
El AZUL
indica el cielo y expresa la trascendencia, en relación a todo
aquello que es de la tierra, y la inmortalidad del alma.
El AMARILLO
el ocre, materializa la simbología solar, indica la divina sabiduría,
el don del Espíritu Santo, que conduce internamente a los creyentes
en su camino espiritual.
El VERDE
expresa la fecundidad del agua que hace fértil todo terreno;
es por lo tanto, el color de la vegetación, y por analogía,
de aquel amor que se traduce en obras de bien, que se regenera en el
perdón, y que se tiene en vida en la virtud de la esperanza.
El color PÚRPURA
indica el coraje y al fuerza de la verdad, acogida y testimoniada en
la vida, igualmente expresa poder y consagración.
El ESCARLATA
significa el rojo de la sangre, es el color de las vestiduras de Cristo,
Rey Victorioso. Por todo esto, el campo cromático, los colores
de la decoración de las Iglesias y de los iconos, se relacionan
con la musicalidad de los cantos y con la estructura de los ritos litúrgicos,
confirmándoles una sagrada luminosidad que invita a escuchar
y contemplar en silencio y en adoración perfecta a aquel que
permanece en sí mismo para siempre.
Concluyendo,
el Templo Cristiano, nuestra Catedral, es el lugar del encuentro profundo
y santo, entre Dios y los hombres.
Todo él
es una catequesis litúrgica a plenitud, todo en él es
símbolo y presencia de una bella y hermosa realidad: La Cúpula,
dorada en su interior, significa a Dios Omnipotente y Eterno que vive
y habla en Cristo a todo hombre de buena voluntad; en la base de la
Cúpula se encuentran los Evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y
Juan, instrumentos privilegiados de la Buena Nueva que proporciona salvación.
Las bóvedas, ricamente decoradas, expresan los cielos nuevos
y la tierra nueva, en ellos viven ya los santos y los mártires,
que interceden por nosotros. A estos cielos nuevos aspiramos también
nosotros alcanzarlos algún día. La planta rectangular
expresa nuestra vida aquí en la tierra, con sus éxitos
y sus fracasos, con sus gozos y sus esperanzas, sus luchas y sus experiencias
de cada día.
El corazón
de nuestro Templo será, entonces, el Altar y el Presbiterio,
en donde el Hombre – Dios nos sigue ofreciendo hoy y siempre,
en el sacrificio único e incruento, el alimento que no se acaba.
Sus colores,
ahora restaurados, sus columnas y sus altares cantan, pues, a Aquel
que es el Alfa y la Omega. La luz que ahora emanan sus columnas; es
la luz de Aquel que irradia paz, bondad e infinita sabiduría.
Luz que indica el camino, que atrae a la oración y al sacrificio
cotidiano, Luz que invita a la conversión y a la reconciliación.
