2.3 LA CATEDRAL: SÍMBOLO DEL TEMPLO ESPIRITUAL DE LAS ALMAS, SIGNO DE UNIDAD, ALTAR Y LUGAR DE LA CATEDRA E IGLESIA DEL OBISPO.

El templo, en cuanto Catedral diocesana, tiene un significado particularmente profundo para la comunidad. Al respecto y con motivo del tercer centenario de la consagración de la Catedral de Niza, Francia, 2 de Mayo de 1699, el Papa Juan Pablo II escribía a Monseñor Jean Bonfils, Obispo diocesano, “Mediante un acto litúrgico solemne, la consagración convierte la catedral en centro de la vida de la diócesis, dado que refleja su vida como una casa refleja la vida de la familia que vive en ella. Es el lugar abierto a todos, donde cada uno encuentra a Cristo, que llama a sus discípulos para alimentarlos con su palabra y su Cuerpo. Punto de referencia permanente de todos los diocesanos, está destinada a reunir a los fieles en “Iglesia-asamblea” y en “Iglesia-comunidad”. Por lo tanto, la Catedral debe ser considerada el centro de la vida litúrgica de la diócesis, por la majestad de su construcción, evoca el templo espiritual que se edifica interiormente en las almas y resplandece con la magnificencia de la gracia divina, como afirma el apóstol San Pablo: “Vosotros sois el templo de Dios vivo” (2 Cor 6,16), (Pablo VI, Constitución Apostólica “Mirificus eventus”, 7 de Diciembre de 1965).

La Catedral no sólo simboliza una parte de la Iglesia, sino la totalidad de ella. En efecto, en cada Iglesia particular se halla presente la Iglesia de Cristo, y en ella reside la presencia de Cristo. La oración de dedicación nos recuerda que un templo “es signo del misterio de la Iglesia, a la que Cristo santificó con su sangre, convirtiéndola en su esposa resplandeciente, virgen admirable por la integridad de su fe y madre fecunda por la fuerza del Espíritu”. Así, todos los fieles están invitados a profundizar cada vez más en el misterio de la Iglesia.

En particular debemos recordar que la Catedral es la Iglesia donde está la sede del Obispo, la Cátedra, que es “signo del magisterio y de la autoridad del pastor de la iglesia particular y signo de la unidad de los creyentes en la fe que anuncia el obispo como pastor de su rebaño” (Ceremonial de los Obispos, 42).

Respecto a lo anterior, Monseñor Pere Tena Garriga, Obispo Auxiliar de Barcelona, en 1993, escribía en Notitiae, un interesantísimo artículo titulado “El Obispo en su Catedral”, en cual apuntaba lo siguiente: La Iglesia católica no existe sin la Cátedra episcopal, es decir, sin la presencia de la sucesión apostólica que asegura el testimonio del evangelio con la autoridad de su auténtica interpretación, de la misma manera que no existe la comunión eclesial sin el altar para reunir al pueblo de Dios para la celebración del memorial del Señor, muerto y resucitado. La Cátedra del obispo en la Catedral tiene también esta dimensión simbólica y escatológica: Cuando el Obispo habla desde ella, anuncia la palabra apostólica, el juicio de Cristo sobre su pueblo; Cuando la Cátedra está vacante, nos invita a pensar por un momento que todas las “cátedras” humanas permanecerán vacías y sin sentido alguno, porque solo aquél que se sentará sobre las nubes del cielo, será el Hijo del Hombre, palabra que no pasará jamás, Juez y Señor de la historia humana.

Por lo tanto, afirma Monseñor Tena, la Catedral es también la Iglesia del altar del Obispo. La Cátedra única conduce también a los fieles hacia el único altar. Es el obispo diocesano como gran sacerdote de su pueblo, quien dirige toda celebración legítima de la Eucaristía en su Iglesia (LG 26). Tal es la significación del altar de la Catedral, y tal es la experiencia misma de los fieles al ver celebrar al Obispo en su catedral, especialmente los domingos.

Participar del altar donde celebra el Obispo, concelebrar con él en torno a su altar, es una de las formas más claras de reafirmar y confirmar la comunión eclesial. La misa crismal es uno de esos momentos privilegiados para vivir a plenitud esta dimensión, así lo subraya el Ceremonial de los Obispos: “Esta misa es como la manifestación de la comunión de los presbíteros con su propio Obispo… En razón de su significación y de su importancia pastoral en la vida de la diócesis, la Misa Crismal se celebrará en la Iglesia Catedral” (274. 276).

Además, el altar de la Catedral, al igual que la Cátedra, no son interesantes sólo como objetos, sino sobre todo, como símbolos permanentes. El Obispo que tiene su altar en cada Iglesia, “cada vez que la celebración del altar se realiza en dependencia del ministerio sagrado del Obispo, manifiesta el símbolo de esta caridad y unidad del Cuerpo místico, sin la cual la salvación no sería posible (LG 26). Pero, también, como para la Cátedra, el altar de la Catedral es el signo de la comunión con la Eucaristía del Obispo. Pronunciar su nombre en toda oración eucarística, es testimonio litúrgico de la comunión eucarística y sacramental con él; testimonio de que el sacerdote que celebra la Eucaristía, está ahí, en lugar del Obispo, ausente físicamente en ese momento.

El altar, finalmente, evoca dos importantes momentos sacramentales: la iniciación cristiana y la reconciliación, por la cual, la Catedral será siempre la meta de toda peregrinación diocesana y la fuente primaria de toda indulgencia concedida por la Iglesia Universal.

Concluyendo, expresa el Papa, Amar y venerar la Catedral es amar a la iglesia en cuanto comunidad de personas unidas por el mismo credo, por la misma liturgia y por la misma caridad. No en vano en ella el Obispo preside la liturgia, bendice el sagrado crisma y realiza las ordenaciones. En consecuencia, todos deben esforzarse por actuar siempre con espíritu de unidad en torno al Obispo, “principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias Particulares (LG 23), y porque “donde está el Obispo, allí también está la iglesia” ( San Ignacio de Antioquia, Carta a los fieles de Esmirna, 8,2). Por otra parte, la iglesia Catedral será también expresión de una gran historia por construir.