2.2 EL TEMPLO CRISTIANO Y LA JERUSALÉN CELESTE.

El Templo Cristiano es la “Tienda de la Presencia de Dios” en medio de su pueblo, es el “Cuerpo de Cristo”, del Dios – Hombre que “ha puesto su morada en medio de nosotros” (Jn. 1,14); por eso en el frontal, la fachada, del templo cristiano se podrían escribir estas palabras: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Él, Dios - Con ellos, será su Dios” (Ap 21,3).

Esto nos recuerda la Liturgia de las Horas, que en la fiesta de la Dedicación de una Iglesia, canta un antiguo himno del siglo octavo. Urbe Jerusalem Beata, en el que se afirma que el edificio de piedra es el símbolo de la Jerusalén Celeste, o más bien de la humanidad celeste, regenerada y glorificada, que bajaba del cielo, junto a Dios, “engalanada como una novia ataviada para su esposo”.

Por lo tanto, la Iglesia en cuanto templo, no expresa solamente el esfuerzo ordenador del hombre, sino también, y, sobre todo, la Venida de Dios al hombre, la presencia activa de un Dios que busca al hombre dentro de la misma búsqueda que el hombre hace de sí mismo.

El Templo, en cuanto imagen matemática del universo e imagen del Cuerpo de Cristo, es la fijación de la presencia espiritual en un soporte material simbolizando así el proceso de la venida de Dios al hombre, la fijación de la influencia espiritual en la conciencia corpórea. En sintonía con esta concepción cristiana del templo, el Patriarca de Constantinopla, San Germán, comparaba la Iglesia con el Edén, lugar de la comunión plena entre Dios y el hombre: “la Iglesia es el cielo terrestre en el que el Dios del cielo superior vive y se pasea”.

En el templo Cristiano se centran, por lo tanto, dos movimientos, uno vertical y otro horizontal; aquel del Dios que Viene, expresado por las formas circulares y por la cúpula, y aquel del hombre que camina más o menos consciente hacia Dios, expresado por las formas cuadradas o rectangulares y por las naves. Por lo tanto, dos movimientos expresan el misterio de la encarnación del Verbo de Dios, la naturaleza humana y divina de Cristo, que sin la causa de aquella sublime belleza que caracteriza a los templos cristianos. “El Verbo Encarnado, dice Hani, une a Dios y al hombre, al cielo y a la tierra; esta unión está impresa en la forma del templo en donde se unen el círculo, símbolo de lo divino y el cuadrado, símbolo de lo terrestre. La Cúpula unida al cubo, expresa del mismo modo el misterio teándrico de la Iglesia que da existencia al Dios –Hombre en el alma de sus fieles; mediante la redención el hombre se inserta en el círculo, la vida de la divinidad, y consecuentemente, dentro del mundo entero.


El movimiento vertical frecuente es expresado arquitectónicamente en construcciones de forma cuadrada y / o circular, como se acostumbraba antiguamente en los bautisterios; mientras que el movimiento horizontal se expresa en construcciones rectangulares con ábsides semicirculares. Michelis afirma que “si se examinan los principales tipos de Iglesias en la arquitectura cristiana, se observará que son tan sólo dos: la Basílica y la Iglesia de planta central con su Cúpula”. En ambas se tiene un lugar al centro, en el cual es colocado el Altar; en la forma basilical, se capta fácilmente la simbología de un cuerpo extendido, en la cual el altar es colocado en el lugar que correspondería al corazón, centro interno y externo del templo: “Como la ciudad descrita en el Apocalipsis y determinada por la centralidad del Señor Dios Omnipotente y por el Cordero, de tal modo que la Iglesia está toda originada y dirigida hacia el Altar, cuyo significado está ligado al culto de los mártires y de los santos y a la presencia de Cristo inmolado en la Cruz”.

Dentro de la Iglesia, el altar es símbolo del trono del Cordero, contemplado en la Jerusalén Celeste; tal vez su importancia es subrayada por el baldaquino o el sagrario que realiza con el altar un Templo en el templo. Por eso el sacerdote celebrante, al inicio de la Eucaristía, antes de saludar a la asamblea, besa el altar, como si se tratara del Señor mismo, sentado sobre el Trono.

En torno al altar se reúnen los fieles quienes propiamente son el nuevo Templo, la Iglesia. En esta perspectiva se explica la sorprendente declaración antisacral del Apocalipsis No vi algún templo en ella, porque el Señor Dios, el Omnipotente y el Cordero, son su Templo (21, 22). En el espíritu del Kerigma profético que exaltaba un culto no formalístico sino existencial (Am 4, 4-5; 5, 4-6; Os 6,6; Is 1; Jer 7; Salmo 50; etc.) y según la perspectiva de Cristo mismo (Mt 5, 23-24) o aquella de Pablo (Rm 12, 1), el Apocalipsis ve en el Cordero y en la Adhesión a Él, el templo vivo personal, que liquida todas las mediaciones metafóricas de los edificios y de los espacios sagrados. Se trata, por tanto, de un motivo que no significa la desacralización del espacio sino su integración plena en Cristo y en Dios.

Evidentemente, así como la Jerusalén Celeste “es la Imagen plena de la felicidad eterna, accesible más allá de los confines de la historia y del mundo”, el templo cristiano se transforma en el lugar en que se celebra la salvación, la cual se recibe comunitariamente y en una acción de gracias. Por eso el edificio sagrado se llena de una simbología nueva y universal, se transforma en el seno de Dios desde el cual los hombres reciben la vida eterna en y por Cristo. Lo profano resulta ser así el profanado, un Santo no Reconocido, un desorden histórico y no originario, que puede ser por lo tanto reordenado por el Dios-Hombre: en torno al nuevo centro cósmico, aparecen los cielos nuevos y la tierra nueva y desapareciendo, en consecuencia el mar caótico del mal (Ap 21, 1)

La Jerusalén presente, la Iglesia, en el arte cristiano adquiere siempre más los colores y los contornos de la Jerusalén Celestial, en el Espíritu del Apocalipsis, que no es sólo el diseño de un Reino final y futuro, sino también un análisis simbólico de la historia y su fluir guiado por Cristo en medio de las tempestades y del asedio desenfrenado del mal siempre presente en la historia de la humanidad, un mal, sin embargo, vencido para siempre por la Muerte y Resurrección de Aquel que es el Señor de la Vida y de la Historia.

Podemos entonces concluir que el templo cristiano es símbolo y don de la Jerusalén Celeste: la luz, la decoración y la armonía de la construcción lo hacen, en algún modo, presente a los ojos de los fieles como un compendio sintético de la historia de la salvación en sus diversas etapas históricas y escatológicas.