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EL TEMPLO CRISTIANO Y LA JERUSALÉN CELESTE.
El Templo
Cristiano es la “Tienda de la Presencia de Dios” en medio
de su pueblo, es el “Cuerpo de Cristo”, del Dios –
Hombre que “ha puesto su morada en medio de nosotros” (Jn.
1,14); por eso en el frontal, la fachada, del templo cristiano se podrían
escribir estas palabras: “Esta es la morada de Dios con los hombres.
Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y
Él, Dios - Con ellos, será su Dios” (Ap 21,3).
Esto nos
recuerda la Liturgia de las Horas, que en la fiesta de la Dedicación
de una Iglesia, canta un antiguo himno del siglo octavo. Urbe Jerusalem
Beata, en el que se afirma que el edificio de piedra es el símbolo
de la Jerusalén Celeste, o más bien de la humanidad celeste,
regenerada y glorificada, que bajaba del cielo, junto a Dios, “engalanada
como una novia ataviada para su esposo”.
Por lo tanto,
la Iglesia en cuanto templo, no expresa solamente el esfuerzo ordenador
del hombre, sino también, y, sobre todo, la Venida de Dios al
hombre, la presencia activa de un Dios que busca al hombre dentro de
la misma búsqueda que el hombre hace de sí mismo.
El Templo,
en cuanto imagen matemática del universo e imagen del Cuerpo
de Cristo, es la fijación de la presencia espiritual en un soporte
material simbolizando así el proceso de la venida de Dios al
hombre, la fijación de la influencia espiritual en la conciencia
corpórea. En sintonía con esta concepción cristiana
del templo, el Patriarca de Constantinopla, San Germán, comparaba
la Iglesia con el Edén, lugar de la comunión plena entre
Dios y el hombre: “la Iglesia es el cielo terrestre en el que
el Dios del cielo superior vive y se pasea”.
En el templo
Cristiano se centran, por lo tanto, dos movimientos, uno vertical y
otro horizontal; aquel del Dios que Viene, expresado por las formas
circulares y por la cúpula, y aquel del hombre que camina más
o menos consciente hacia Dios, expresado por las formas cuadradas o
rectangulares y por las naves. Por lo tanto, dos movimientos expresan
el misterio de la encarnación del Verbo de Dios, la naturaleza
humana y divina de Cristo, que sin la causa de aquella sublime belleza
que caracteriza a los templos cristianos. “El Verbo Encarnado,
dice Hani, une a Dios y al hombre, al cielo y a la tierra; esta unión
está impresa en la forma del templo en donde se unen el círculo,
símbolo de lo divino y el cuadrado, símbolo de lo terrestre.
La Cúpula unida al cubo, expresa del mismo modo el misterio teándrico
de la Iglesia que da existencia al Dios –Hombre en el alma de
sus fieles; mediante la redención el hombre se inserta en el
círculo, la vida de la divinidad, y consecuentemente, dentro
del mundo entero.
El movimiento vertical frecuente es expresado arquitectónicamente
en construcciones de forma cuadrada y / o circular, como se acostumbraba
antiguamente en los bautisterios; mientras que el movimiento horizontal
se expresa en construcciones rectangulares con ábsides semicirculares.
Michelis afirma que “si se examinan los principales tipos de Iglesias
en la arquitectura cristiana, se observará que son tan sólo
dos: la Basílica y la Iglesia de planta central con su Cúpula”.
En ambas se tiene un lugar al centro, en el cual es colocado el Altar;
en la forma basilical, se capta fácilmente la simbología
de un cuerpo extendido, en la cual el altar es colocado en el lugar
que correspondería al corazón, centro interno y externo
del templo: “Como la ciudad descrita en el Apocalipsis y determinada
por la centralidad del Señor Dios Omnipotente y por el Cordero,
de tal modo que la Iglesia está toda originada y dirigida hacia
el Altar, cuyo significado está ligado al culto de los mártires
y de los santos y a la presencia de Cristo inmolado en la Cruz”.
Dentro de
la Iglesia, el altar es símbolo del trono del Cordero, contemplado
en la Jerusalén Celeste; tal vez su importancia es subrayada
por el baldaquino o el sagrario que realiza con el altar un Templo en
el templo. Por eso el sacerdote celebrante, al inicio de la Eucaristía,
antes de saludar a la asamblea, besa el altar, como si se tratara del
Señor mismo, sentado sobre el Trono.
En torno
al altar se reúnen los fieles quienes propiamente son el nuevo
Templo, la Iglesia. En esta perspectiva se explica la sorprendente declaración
antisacral del Apocalipsis No vi algún templo en ella, porque
el Señor Dios, el Omnipotente y el Cordero, son su Templo
(21, 22). En el espíritu del Kerigma profético que exaltaba
un culto no formalístico sino existencial (Am 4, 4-5; 5, 4-6;
Os 6,6; Is 1; Jer 7; Salmo 50; etc.) y según la perspectiva de
Cristo mismo (Mt 5, 23-24) o aquella de Pablo (Rm 12, 1), el Apocalipsis
ve en el Cordero y en la Adhesión a Él, el templo vivo
personal, que liquida todas las mediaciones metafóricas de los
edificios y de los espacios sagrados. Se trata, por tanto, de un motivo
que no significa la desacralización del espacio sino su integración
plena en Cristo y en Dios.
Evidentemente,
así como la Jerusalén Celeste “es la Imagen plena
de la felicidad eterna, accesible más allá de los confines
de la historia y del mundo”, el templo cristiano se transforma
en el lugar en que se celebra la salvación, la cual se recibe
comunitariamente y en una acción de gracias. Por eso el edificio
sagrado se llena de una simbología nueva y universal, se transforma
en el seno de Dios desde el cual los hombres reciben la vida eterna
en y por Cristo. Lo profano resulta ser así el profanado, un
Santo no Reconocido, un desorden histórico y no originario, que
puede ser por lo tanto reordenado por el Dios-Hombre: en torno al nuevo
centro cósmico, aparecen los cielos nuevos y la tierra nueva
y desapareciendo, en consecuencia el mar caótico del mal (Ap
21, 1)
La Jerusalén
presente, la Iglesia, en el arte cristiano adquiere siempre más
los colores y los contornos de la Jerusalén Celestial, en el
Espíritu del Apocalipsis, que no es sólo el diseño
de un Reino final y futuro, sino también un análisis simbólico
de la historia y su fluir guiado por Cristo en medio de las tempestades
y del asedio desenfrenado del mal siempre presente en la historia de
la humanidad, un mal, sin embargo, vencido para siempre por la Muerte
y Resurrección de Aquel que es el Señor de la Vida y de
la Historia.
Podemos entonces
concluir que el templo cristiano es símbolo y don de la Jerusalén
Celeste: la luz, la decoración y la armonía de la construcción
lo hacen, en algún modo, presente a los ojos de los fieles como
un compendio sintético de la historia de la salvación
en sus diversas etapas históricas y escatológicas.
