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EL TEMPLO COMO LUGAR DE LO SAGRADO.
El templo
nace de la conjunción de la realidad humana y la realidad divina,
porque es un espacio delimitado, dentro del cual se manifiesta lo divino;
el templo es el lugar de las hierofanías de las manifestaciones
sagradas.
En él,
la delimitación del espacio es dada por el encuentro y el choque
entre el ser y el no ser, entre el orden, cosmos, y el desorden, caos;
entre la luz y las tinieblas, en el cual prevalece siempre lo positivo
sobre lo negativo; este principio ordenador está dentro del hombre,
es su energía vital que se opone a la muerte y a todo aquello
que a ella conduce. Existe por tanto una profunda homología entre
el templo, el hombre y el cosmos: “El templo es en sí un
símbolo cósmico”. Tal homología es demostrada
por el simbolismo intencional que fácilmente podemos descubrir
en la arquitectura de diversas culturas. En muchos templos construidos
en el Tíbet, la unidad de medida era el codo “cubito o
brazo del rey”, que se multiplicaba y proyectaba en todo el edificio,
el cual se transformaba en incorporación y exaltación
de la autoridad real; El templo de Jerusalén fue concebido según
una simbología cósmica en el que sus tres partes correspondían
al mar, a la tierra y al cielo; el templo etrusco, que determinó
la implantación del templo romano y el uso del “cardo”,
dirección norte – sur, y del “decumanos”, dirección
este – oeste, estaba orientado según las direcciones cósmicas.
El templo cristiano heredó tal simbología cósmica
y fue concebido como el cuerpo del hombre, y más particularmente,
como el cuerpo de Cristo. En efecto, mientras que en el hombre individual
el cuerpo es la casa, vivienda, morada del alma, en Jesús, Hombre
– Dios y hombre universal, el cuerpo es la casa, vivienda, morada
de la divinidad.
Con todo
esto resulta evidente que la simbología del templo y del cosmos
está relacionada a la simbología corpórea de la
persona humana: el cuerpo viviente, expresión reveladora y comunicativa
de una realidad que lo trasciende, vida – espíritu, está
en el origen de todo el mundo de los símbolos, en cuanto que
su vida depende del cosmos y de Dios. La simbología del cuerpo
viviente se llena así de una dimensión cósmica
y teológica. En numerosas tradiciones, a partir de las más
primitivas, el hombre es descrito como síntesis del mundo, un
modelo reducido del universo, un microcosmos, que está al centro
del mundo de los símbolos.
Por la fuerza
de su espíritu, el hombre hace una relación también
con la divinidad, confiriendo así al conjunto de sus símbolos
una connotación teológica. La triada Mundo – Hombre
– Dios, es expresada habitualmente por la esfera, símbolo
del mundo existente, en el cual, el hombre ocupa el centro, ya que es
el nudo de infinitas relaciones cósmicas y, por tanto, de una
realidad que se deja revelar en su sentido y fundamento.
Por lo tanto,
descubrimos una relación esencial entre el templo y el cuerpo
humano. Bastante significativo es el testimonio tan antiguo que nos
ofrece el tratado sobre la arquitectura de Vitruvio, en el cual podemos
leer lo siguiente: ningún templo podría tener una
proyección racional sin simetría y sin proporción,
y sin aquella relación exacta y proporcional con los miembros
de un cuerpo humano bien formado.
Es también
interesante resaltar esta otra observación que brota de la relación
entre la cruz y el hombre: “en la naturaleza, el hombre es la
obra mas perfecta, en el arte de la Iglesia de piedra. Ahora entre el
hombre y la iglesia existen claras analogías que los antiguos
ya habían subrayado: Hemos visto como Vitruvio había ya
señalado esta relación; la época medieval va más
allá y descubre las correspondencias entre la figura del hombre
extendido, con los brazos abiertos, y la planta cruciforme de las iglesias.
La Catedral se transforma así, a los ojos del alegorista, en
la proyección geométrica del Hijo del Hombre sobre la
Cruz salvadora y redentora”.
En conclusión,
el templo es el lugar de lo sagrado, de lo intangible, que no puede
ser alterado o violentado en cuanto que es el lugar que el hombre ha
logrado ordenar en una misma constante tensión hacia la superación
de sí mismo y, mucho más, hacia el Trascendente o Divinidad.
El templo
expresa, por lo tanto, el camino del hombre hacia lo divino, y su búsqueda
de Dios coincide con la búsqueda de sí mismo.
Esta operación
se puede encontrar en todas las culturas, como lo hace notar Wosein,
en su ensayo sobre el Significado Antropológico de la Danza Sagrada:
“Todas las culturas, que participan en esta danza cósmica,
están relacionadas entre sí por el indudable tejido de
la vida. Con su naturaleza interna y externa, el hombre participa en
todos los eventos cósmicos a los que está ligado, tomando
a su vez, conciencia de todas las corrientes que circulan entre el universo
y su cuerpo. Ávido en todo tiempo de intensificar su vida, el
hombre advierte con mayor riqueza e intensidad el encuentro entre su
Yo y su vida misma. En el camino hacia el conocimiento de sí
mismo, descubre que el mundo entero está contenido en su ser
interior”.
Por lo tanto,
el lugar de lo sagrado está dentro del hombre; más bien
el hombre mismo es templo, porque de él y en él nace lo
sagrado, delimitado después en el espacio, en el templo y en
el tiempo, en el calendario litúrgico, separándose cuidadosamente
de todo lo profano.
