1.3
NOTICIA HISTORICA SOBRE LA REEDIFICACION Y AMPLIACIÓN: DON PEDRO
BARAJAS, PRIMER OBISPO DE SAN LUIS.
Al ser elevado
dicho templo a la dignidad de Catedral, se juzgó muy necesario
su ampliación y reedificación. Esta dio comienzo el primero
de Julio de 1855, concluyéndose el 20 de Enero de 1866.
El mismo
Canónigo Guajardo escribía el quince de febrero de 1866,
la siguiente crónica, “Un grande acontecimiento
ha tenido lugar en esta ciudad el día 20 de enero del presente
año: la solemne dedicación de esta Iglesia Catedral, acontecimiento
sobremanera deseado por el católico pueblo y cuya realización
ha excitado en todos un jubilo tan puro, una alegría tan santa,
afectos de gratitud tan dulces e inefables como los que excitaron en
el pueblo de Israel la dedicación del templo de Jerusalén
por Salmón, la reedificación de éste por Zorobabel
y su purificación por Judas Macabeo. Pues a fin de que un suceso
tan fausto, tan maravillosamente providencial y digno por tantos títulos
de ocupar en los anales de nuestra historia una brillante página,
se conserve en este día venturoso sea celebrado de generación
en generación con gran solemnidad y culto perpetuo, se da a luz
esta noticia histórica para que ella sea un monumento que estimule
de algún modo a la posteridad a abrir siempre sus labios, para
bendecir y alabar frecuentemente la mano bienhechora de la Providencia
que tan visiblemente protegió esta obra.
Luego que se erigió esta Diócesis y tomó posesión
de la silla episcopal nuestro dignísimo Prelado, el Ilustrísimo
Señor Dr. Don Pedro Barajas, uno de los principales objetos que
atrajo desde luego las miradas de su solicitud pastoral y ocupó
de preferencia su atención fue la recomposición del templo
que hasta entonces había sido iglesia parroquial de esta ciudad
y que, conforme a lo dispuesto por nuestro Santísimo Padre el
Sr. Pío IX, en su breve de 31 de agosto de 1854, quedo elevada
al rango de Iglesia Catedral. Al principio sólo se trató
de hacerle las mejoras que eran absolutamente necesarias, con el objeto
de colocar el coro a espaldas del altar mayor, conforme a la costumbre
actualmente adoptada en las nuevas catedrales, y de este modo dejar
mayor amplitud al concurso de los fieles en lo demás de la Iglesia.
Para la dirección de la obra comisionó el Ilmo. Sr. Obispo
al Sr. Pbro. D. Ambrosio Rivera de Peredo, que había ya dado
pruebas del celo y eficacia con que desempeña esta clase de empresas
en las importantes recomposiciones y mejoras que hizo al templo de la
Compañía de esta ciudad: con la mejor disposición
admitió dicho Sr. Rivera de Peredo el encargo y, a pesar de lo
muy quebrantado de su salud, lo ha desempeñado hasta su conclusión
con un esmero dignísimo de todo elogio.
Como no
contaba la nueva Diócesis con recurso alguno para llevar adelante
la empresa, se excitó desde luego la piedad de los fieles y todos,
según sus facultades se prestaron con la mayor voluntad para
objeto tan laudable. Mientras la clase proletaria se prestó con
verdadero entusiasmo en las faenas que para acopio de materiales se
hicieron al principio, la clase acomodada suministró algunas
sumas y el día primero de julio de 1855 se dio principio la obra.
A fin de
realizar las mejoras proyectadas fue de absoluta necesidad demoler la
antigua sacristía construida a espaldas del altar principal,
levantando en el espacio que ella ocupaba, así como también
la parte del atrio que miraba al oriente los arcos necesarios para aumentar
con dos bóvedas más, cada una de las tres naves que tiene
esta Iglesia. Como no fue posible abrir las puertas en las naves laterales
hacia la parte que mira a la plaza principal por impedirlo la construcción
que se le dio desde su primitivo origen al cubo sobre que está
levantada la torre, se colocaron dos puertas en el extremo opuestas
a dichas naves y se comenzaron a levantar también las paredes
necesarias para formar en la parte meridional del atrio unas piezas
que sirviesen de Sala Capitular, Haceduría y Clavería.
A causa
de los acontecimientos políticos, que tuvieron lugar en esta
ciudad el 12 de enero de 1857, fue del todo indispensable suspender
la obra, cuya paralización duró hasta el 15 de junio del
mismo año en que se volvió a seguir trabajando, aunque
en escala muy inferior, pues por la escasez de recursos hubo necesidad
de emplear menos operarios. El 30 de junio del siguiente año,
1858, por iguales causas que en el año anterior, cesó
la reedificación de este templo hasta el 18 de octubre del mismo
año. En 1859 por la absoluta falta de recursos también
se volvió a paralizar la obra hasta el 2 de enero del siguiente
año en que se volvió a continuar, pero su prosecución
en esta vez tampoco fue duradera, pues a los seis meses, el 2 de julio
de 1860 se paraliza enteramente sin esperanza alguna de poderse continuar.
El Ilmo. Sr. Obispo se hallaba desterrado, el cabildo disuelto y nuestra
sociedad sufriendo cada día más las funestas consecuencias
de la guerra civil y la esterilidad; pero ¡qué incomprensibles
son los designios de la Providencia! ¡Qué investigables
sus caminos! Cuando parecía que la completa paralización
de la obra duraría muchos años y las esperanzas de los
potosinos se creían muy remotas de su realización, Dios,
por un efecto de su bondad infinita, quiso dar a la obra un impulso
extraordinario, proporcionando su mano providente no sólo los
recursos necesarios para la conclusión de las recomposiciones
que se estaban haciendo, sino también para llevar a cabo otras
mejoras sobremanera importantes; pero que su costo excesivo se había
creído hasta entonces imposible realizar.
En agosto
de 1862 el Sr. D. Rafael Aguirre hizo presente al V. Cabildo los piadosos
deseos que le animaban con respecto a la Catedral y a la buena disposición
en que se hallaba para que a sus expensas se siguiesen trabajando en
la reedificación de dicho templo, ofreciendo también mandar
construir un altar en que quería se colocasen las imágenes
de Jesús, María y José y el depósito del
Divinísimo. Aceptada con el agradecimiento debido tan generosa
oferta, se volvió a continuar la obra el día 18 del precitado
agosto, después de más de dos años que hacía
se encontraba enteramente paralizada. Poco después de haberse
comenzado de nuevo la recomposición, el 24 de octubre del año
ya expresado, acaeció el sensible fallecimiento del Señor
Aguirre cuyas piadosas intenciones habrá ya remunerado la bondad
inefable del Señor con el galardón debido; mas a pesar
de ser tan infausto suceso la obra no se suspendió, porque la
Señora Doña Refugio Santoscoy de Aguirre manifestó,
desde luego, estar dispuesta a cumplir en todo lo prometido por su finado
esposo y con mano amplia siguió proporcionado sumas considerables.
Contándose ya con recursos suficientes, no sólo se procedió
a la conclusión de lo que ya estaba pendiente sino que también
se acordó hacer al templo otras mejoras en gran manera importantes;
pero que hasta entonces por demasiado costosas se habían creído
irrealizables. Estas mejoras consistieron en levantar las bóvedas
de las naves laterales a la misma altura que tenían las de la
principal, por la poca elevación que se había dado a aquellas
desde su construcción primitiva, se presentaba una irregularidad
muy notable en la estructura del templo, tanto mayor cuanto que todas
las bóvedas nuevas que se habían construido en el terreno
que, como ya se dijo al principio, hubo necesidad de agregar a la Iglesia,
se habían levantado a igual altura que las de en medio. La empresa
fue bastante ardua así por la extremada solidez con que estaban
construidas las bóvedas que se tuvieron que demoler, como por
el peligro que se había de que se resintiesen las de la nave
principal, que quedaban sin arcos sobre que descansar por sus partes
laterales, siendo necesario ir levantando paulatinamente los que ahora
las sostienen, a la vez que se iban derribando las paredes sobre que
antes se apoyaban. Debido al cuidado del encargado de la obra, así
como también a la destreza y pericia de los artesanos, la empresa
se llevo a cabo sin que se resintiesen los demás arcos y bóvedas,
quedando terminada esta mejora a mediados de 1863.
En julio
del siguiente año el Sr. Rivera de Peredo hizo presente al Ilmo.
Sr. Obispo, quién hacia pocos meses había vuelto del destierro,
que los fondos suministrados por la Señora Santos Coy de Aguirre
se había ya gastado y que como no se contaba con ningún
otro recurso, habría, tal vez, necesidad de suspender los trabajos.
Nuestro dignísimo prelado que tan vivamente deseaba ver terminada
la obra, no quiso que se suspendiesen confiando en que la Divina Providencia
que tan visiblemente ha protegido esta piadosa empresa, seguiría
protegiéndola hacia su conclusión. Para hacerse de recursos,
encargó S.S. Ilma., a un eclesiástico, familiar suyo,
para que excitase el sentimiento religioso de las personas acomodadas
de esta ciudad, lo que produjo los resultados que eran de esperarse,
pues todas las personas a quienes se les hizo presente la necesidad
que había de colectar donativos para concluir las recomposiciones
que faltaban, exhibieron de buena voluntad algunas cantidades con cuyo
fondo se siguieron haciendo las recomposiciones más necesarias.
Una de éstas
fue la de todos los altares, excepto el principal que ya estaba renovado,
porque a causa de lo muy deteriorados que en su generalidad se encontraban,
fue del todo indispensable dorar de nuevo algunos y hacer a los demás
las composturas que exigía lo sagrado del objeto a que están
destinados. Para la dirección de esta obra comisionó nuestro
Ilmo. Prelado al Sr. Cura encargado de la Villa de san Francisco Pbro.
Don Atanasio Ruiz, quien con los conocimientos nada comunes que posee
en la materia y una extremada eficacia llevó cumplidamente su
encargo.
Con lo colectado
entre los vecinos de esta ciudad y con lo que suministró de nuevo
la Señora Santos Coy de Aguirre con el objeto de que se acabasen
de fabricar las piezas destinadas para Sala y oficinas del Cabildo,
quedó concluida la obra en lo más preciso e indispensable,
en cuya obra se calculan gastados cerca de setenta mil pesos ($70,000),
inclusive lo que costó el altar de Jesús María
y José, que, como ya se dijo, se propuso edificar el finado Sr.
Aguirre y que su señora esposa edificó a sus expensas,
por separado de lo demás que para la obra en general suministró.
En dicho cálculo quedan también incluidas las cantidades
siguientes: dos mil seiscientos pesos que costó la pintura de
las bóvedas, obra de bastante mérito, pues imita perfectamente
los relieves de estuco; mil cuatrocientos cincuenta pesos, cincuenta
y seis un cuarto centavos que importó la sillería, siete
mil seiscientos cincuenta pesos en que está contratado el órgano
que se está construyendo también a expensas de la ya mencionada
Sra. Santos Coy de Aguirre y tres mil pesos en que se calcula el costo
del reloj que se está poniendo en la Catedral: empresa proyectada
por el Sr. Cura propio de Ahualulco, Don Jesús Gordoa y próxima
ya a tocar a su término, lo que ha sido a la constancia y eficacia
del expresado Señor Cura Gordoa, quién con empeño
sigue colectando donativos entre los vecinos de esta Ciudad, a fin de
cubrir los gastos que aún le falta para dar cima a la mencionada
empresa.
Próxima ya a terminarse la recomposición de esta Iglesia
para celebrar de un modo digno su solemne dedicación, el Ilmo.
Sr. Obispo nombró comisiones formadas de personas de ambos sexos
que colectasen entre este vecindario algunos donativos tanto para el
objeto indicado como para lo que se tenía también que
gastar en el adorno interior de la Iglesia. Como en otras ocasiones
todos los fieles con la más piadosa y pronta voluntad contribuyeron
según sus facultades, y a fin de dar lleno a los piadosos deseos
de que se veían animados todos los habitantes de esta ciudad
lo mismo que los puntos circunvecinos, determinó nuestro Ilmo.
Prelado que el día 20 de enero del presente año se verificase
la ceremonia de la consagración; y que en cada uno de los dos
días siguientes se celebrase una solemne función en acción
de gracias al Todopoderoso por tan plausible acontecimiento.
Cuanto más
se acercaban los días señalados para una solemnidad tan
vivamente deseada, así por el clero, como por los piadosos fieles
de esta Diócesis, tanto más intensas eran las emociones
de alegría que se dejaban traslucir en todos los semblantes.
La afluencia de gente que de diversos puntos concurría presurosa
a presenciar esta solemnidad, cada día era mayor, notándose
que aún de lugares considerablemente distantes vinieron gentes
de diferentes clases y condiciones. El día 19 en la noche se
velaron por el clero de esta ciudad las reliquias que, conforme a lo
prescrito por la Iglesia, se habrían de colocar al día
siguiente en el altar principal, esas reliquias fueron de los santos
mártires Venusta, Áureo, Víctor, Urbana y Faustino.
La velación se hizo en una pieza de las nuevamente fabricadas
en el Atrio de la Catedral, esta pieza se adornó de mejor modo
posible y en medio de él, se colocó un féretro
decente donde estuvieron depositados aquella noche los preciosos restos
de esos ciudadanos de la Jerusalén Celestial y domésticos
de Dios, que animados el último día del mundo, brillarán
como estrellas a los ojos de todas las naciones, despidiendo por todas
partes rayos de aquella gloria que gozan en el cielo.
El día
siguiente, a las siete de la mañana, comenzó la augusta
ceremonia de la consagración: el Ilmo. Sr. Obispo de Linares,
Dr. Don Francisco de P. Verea, invitado con anterioridad por el Ilmo.
Sr. Obispo diocesano, fue el pontífice consagrante. La consagración
duró cuatro horas y cuarto; Pues, como es bien sabido, las ceremonias
que en este acto religioso se practican son muy numerosas; Pero al mismo
tiempo preciso es confesar que todas ellas mueven mucho, y revelan claramente
el Espíritu de ciencia y de Piedad que guía y anima a
la esposa del Salvador en cuanto ella establece. Terminada la consagración,
acto continuo se celebró una Misa solemne a la que asistió
el Ilmo. Obispo consagrante, el clero y el numeroso concurso de fieles
que con religiosa atención habían estado contemplando
las majestuosas ceremonias de la dedicación y que entre los más
vivos transportes de alegría resonaron por primera vez en aquel
sagrado recinto reedificado con tantos afanes, las dulces expresiones
que en otro tiempo el venturoso Zaqueo escuchó de los divinos
labios de nuestro Salvador: “hodie huic domui salus a
Deo facta est”, Hoy ha venido la salud a esta casa.
En la tarde,
a las cinco, se reunieron en el templo de la Compañía
que hasta entonces había servido de Iglesia Catedral, en Cabildo
eclesiástico, todo el clero secular y regular de esta ciudad,
notablemente aumentado con varios eclesiásticos que de distintas
partes habían concurrido, el M. I. Ayuntamiento y multitud de
personas de todas las clases y condiciones, con el fin de trasladar
al Divinísimo y a la Imagen de la Purísima Concepción
a la Iglesia nuevamente consagrada.
En esta procesión
las señoras acompañaban con luces la precitada imagen
de la Santísima Virgen y los hombres con el Clero, al Divinísimo
y a la imagen de la Purísima Concepción a la Iglesia nuevamente
consagrada. El concurso de fieles que asistieron a la procesión,
era tan numeroso que para colocarlo en el mejor orden posible, fue preciso
que el clero se detuviese en la capilla de Loreto por más de
un cuarto de hora, después de haber sacado del depósito
al Venerable Sacramento de la Eucaristía, casi llegando ya la
procesión a la puerta del nuevo templo, cuando el clero apenas
acababa de salir de la Iglesia de la Compañía. Concluida
la procesión, se cantaron en la nueva Catedral unos maitines
solemnes y en esa noche, así como en la anterior, tanto el exterior
de la catedral como el de todas las casas estuvieron iluminadas.
Al día
siguiente, con la asistencia de las autoridades civiles y militares
se celebró una solemne función en la que ofició
de Pontifical el Ilmo. Sr. Obispo de esta Diócesis y predicó
el Sr. Canónigo de la Santa Iglesia Metropolitana de México,
Dr. Don Agustín Rada, cuya oración es de sentirse que
no se haya podido dar a luz, porque al pedírsela a su muy recomendable
autor, manifestó no tenerla escrita.
El día 22 tuvo lugar la función de acción de gracias
a la que asistieron también las autoridades. El Ilmo. Sr. Verea,
con la misma bondad con que se había prestado siempre a las invitaciones
que se le han hecho, se prestó a celebrar en ese día la
Misa pontifical y en ella predicó el Canónigo de esta
Santa Iglesia Catedral Lic. Don José María Guajardo.
En los tres
días que duró la solemnidad de que se ha hablado, el entusiasmo
religioso que todos manifestaron es indescriptible. Ha sido un espectáculo
verdaderamente consolador el que ha presentado en dichos días
el pueblo potosino, pues animados todos de una misma idea y de un mismo
sentimiento, abandonaron sus intereses corporales para dedicarse a celebrar
una festividad anhelada pro tanto tiempo. El verdadero cristiano al
contemplar a este pueblo venturoso que no perdiendo de vista a su Dios,
camina con su seguridad a la luz celestial de su rostro, y se regocija
en las alabanzas que tributa a su augusto nombre todo el día,
no podría dejar de bendecirle siempre, diciendo con David: “Beatus
populus, qui scit jubilationem”. Dichoso el pueblo que
sabe alegrarse”.
