JESUCRISTO, LA VIDA.


“Recomenzar desde Cristo”.

I.- INTRODUCCION.

1.- El tema de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano dice: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Es muy claro el acento e importancia que los Obispos quieren darle al tema de la vida, cuando nos encontramos inmersos en una cultura de muerte por la violencia, el terrorismo, la delincuencia, el aborto, el daño a la naturaleza. El Papa les pidió a los Obispos que señalaran claramente que la vida verdadera sólo viene de Jesucristo: “en Él tengan vida”; no hay otra fuente de vida verdadera, de vida eterna.

El mismo Papa en la oración para preparar la V Conferencia decía: “Señor Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, enciende en nuestros corazones el amor al Padre que está en el cielo y la alegría de ser cristianos (…) Discípulos y misioneros tuyos, queremos remar mar adentro, para que nuestros pueblos tengan vida abundante, y con solidaridad construyan la fraternidad y la paz”.

Y en la oración del Papa que cada noche recitamos en estas pláticas, decimos:Tú que eres la Vida, quédate en nuestro hogares, para que sigan siendo nidos donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural”.

Recordemos, una vez más, las palabras de San Agustín: “(El Señor) primero dice por donde has de ir, luego a donde has de ir. Yo soy el camino, yo soy la verdad, yo soy la vida. Permaneciendo junto al Padre, es verdad y vida; haciéndose hombre, se hizo camino. (…) ¡Levántate, perezoso! El camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que ha llegado a despertarte; levántate, pues, y camina”.

Oigamos ahora a Jesucristo mismo. ¿Qué nos dice Él de sí mismo?

“Yo soy el pan de la vida… Yo soy el pan vivo, bajado del cielo… el pan que yo les voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (Jn. 6, 35. 51).

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia… Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn. 10,10-11).

“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn. 11,25-26).

II. JESUCRISTO, LA VIDA.

1.- Tal parece que esta es la gran intención de los obispos latinoamericanos al convocar a todos los católicos de América Latina para que seamos fieles discípulos y audaces misioneros de Jesucristo: que nuestros pueblos en Jesucristo tengan vida y vida plena que brota de su misma vida divina. Así lo indican los títulos de las tres grandes partes del documento: “La vida de nuestros pueblos hoy”; “La vida de Jesucristo en los discípulos misioneros”; “La vida de Jesucristo para nuestros pueblos”.
Estas noches hemos proclamado nuestra fe en Jesucristo Camino y Verdad. Hoy concluimos contemplándolo y proclamando nuestra fe en Él como Vida.

2.- La Sagrada Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes.

Dios manifiesta la maldad de este fratricidio, cuando le recrimina a Caín: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien, le dice: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. (Gen. 4, 10-11).

La alianza de Dios y de la humanidad está tejida de llamamientos a reconocer la vida humana como regalo divino. Por tal motivo, toda vida humana es sagrada. Sólo Dios es Señor y dueño de la vida desde su comienzo hasta su término.

Los Obispos, al repasar la realidad social de nuestros pueblos que sufren por doquier experiencias de muerte, dicen: “No olvidamos a los secuestrados y a los que son víctimas de la violencia, del terrorismo, de conflictos armados y de la inseguridad ciudadana” (n. 65).

3.- El Papa en su discurso inaugural decía: “Estos pueblos anhelan, sobre todo, la plenitud de vida que Cristo nos ha traído: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”.

Los Obispos, por su parte, nos presentan un cuadro conmovedor de personas que no han tenido y no tienen una vida digna. Son los signos y señales del imperio de la muerte. Nos presentan los rostros sufrientes que, a ellos y a todos, nos duelen: Rostros de personas que viven en la calle en las grandes urbes; migrantes; enfermos; adictos dependientes, detenidos en cárceles. “De la contemplación de su rostro sufriente (de Jesucristo) en ellos y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos” (n. 257).

Habría que agregar, de nuestra realidad potosina, otros rostros: de campesinos, de niños huérfanos, de mendicantes, de mujeres solas, pobres y abandonadas, de ancianos y ancianas.

Como respuesta a ese cuadro dramático que nos presenta una realidad que lastima la vida, los Obispos nos presentan a Jesucristo, Vida; nos invitan a contemplarlo en esos rostros, en esas vidas que exigen, anhelan y sueñan una vida digna.

“Nuestros pueblos no quieren andar por sombras de muerte; tienen sed de vida y felicidad en Cristo. Lo buscan como fuente de vida. Anhelan esa vida nueva en Dios (…) Buscan esa vida que se fortalece, cuando es confirmada por el Espíritu de Jesús” (n. 350).

“Con el pecado, optamos por un camino de muerte. Por eso el anuncio de Jesucristo siempre llama a la conversión, que nos hace participar del triunfo del Resucitado e inicia un camino de transformación” (n. 351).

Y luego nos entregan este párrafo precioso en el que nos hablan de Jesucristo que está siempre “al servicio de la vida” y es nuestro modelo para amar la vida y comprometernos a defenderla y a trabajar por una vida plena para todos, sin exclusión.

“Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse la servicio de la vida. Lo vemos cuando se acerca al ciego del camino, cuando dignifica a la samaritana, cuando sana a los enfermos, cuando alimenta al pueblo hambriento, cuando libera a los endemoniados. En su Reino de vida, Jesús incluye a todos: come y bebe con los pecadores, sin importarle que lo traten de comilón y borracho; toca leprosos; deja que una mujer prostituta unja sus pies y, de noche, recibe a Nicodemo para invitarlo a nacer de nuevo. Igualmente, invita a sus discípulos a la reconciliación, al amor a los enemigos, a optar por los pobres” (n. 353).

En este punto nos preguntamos: ¿Cómo se manifiesta la vida de Cristo en cada hombre y mujer? Los Obispos nos dan la respuesta señalando las variadas dimensiones de la vida en Cristo:

“Jesucristo es plenitud de vida que eleva la condición humana a condición divina para su gloria”.

“La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, social y cultural”.

“La vida en Cristo sana, fortalece, humaniza”.

“La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signo de su amor sincero”.

“Jesucristo nos ofrece mucho, incluso más de lo que esperamos. A la Samaritana le da más que el agua del pozo, a la multitud hambrienta le ofrece más que el alivio del hambre. Se entrega Él mismo como la vida en abundancia”.

“La vida nueva en Cristo es participación en la vida de amor del Dios Uno y Trino. Comienza en el bautismo y llega a su plenitud en la resurrección final” (nos. 355-357).

III. CONLUSION.

Los Obispos concluyen exhortándonos a estar “al servicio de una vida plena para todos”; a emprender “una misión para comunicar vida”.

“Pero, las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y en su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida” (n. 358). ¿En qué medida hemos colaborado para que haya más pobres y excluidos?

“La vida se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa” (n. 359). ¿Cuántas veces hemos roto los lazos de esta comunión? ¿Promovemos la fraternidad y la justicia?

“La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad”. ¿Qué me impide darme a los demás?

“La vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los demás” (n. 360). ¿Damos vida o lastimamos la vida de los demás?

“La fuerza de este anuncio de vida será fecunda con el estilo adecuado, con las actitudes del Maestro, teniendo siempre la Eucaristía como fuente y cumbre de toda actividad misionera” (n. 363).

“Detenemos la mirada en María y reconocemos en ella una imagen perfecta de discípula misionera. Ella nos exhorta a hacer lo que Jesús nos diga para que Él pueda derramar su vida en América Latina” (n. 364).


San Luis Potosí, S.L.P., Marzo 12 de 2008.


+Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.



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