SALUDO A LOS PARTICIPANTES EN LA XXII ASAMBLEA
DIOCESANA DE PASTORAL.
1.-
Una palabra de gratitud.
Saludo
con grande afecto a todos los asambleístas. Gracias por estar
aquí, como cada año, dando su tiempo y su vida para seguir
construyendo nuestra Iglesia potosina. Aprecio grandemente su sacrificio
y su amor. Éste, finalmente, es el motor que les mueve a ponerse
en camino para participar en nuestra XXII Asamblea Diocesana de Pastoral
que es un acontecimiento de fe, de comunión eclesial y de esperanza.
¡Sean muy bienvenidos! Gracias, queridos sacerdotes, religiosos,
religiosas, seminaristas y fieles laicos por todo lo que han hecho hasta
ahora a favor de la elaboración del Tercer Plan Diocesano de
Pastoral. Dios conoce su esfuerzo y él les recompensará
su trabajo fiel, responsable, perseverante e ilusionado.
2.-
Primero, la oración. Primero, la gracia.
Me
dio mucho gusto que hayamos iniciado con un momento intenso de adoración
al Santísimo Sacramento. Es el mejor y más excelente principio.
Primero, la oración. Primero, la gracia. Primero, el encuentro
amoroso con Cristo vivo en la Eucaristía. Así, no caemos
en el error de dedicar una gran cantidad de tiempo a elaborar planes
y proyectos pastorales, olvidándonos de la oración.
Bien
sabemos que para la evangelización se necesita la oración,
mucha oración, porque es obra del Espíritu Santo que toca
no sólo los corazones de los oyentes, sino el corazón,
a veces tibio y frágil de los anunciadores. Oramos para tener
la misma fortaleza y audacia de los primeros discípulos y misioneros.
¿Estamos convencidos que sin el Espíritu Santo, resuena
vacío el anuncio? ¿Podríamos decir como la primera
comunidad apostólica: “Pareció bien al Espíritu
Santo y a nosotros?(He.15,28). Con San Juan, en el Apocalipsis,
podemos preguntarnos: “¿Qué le dice el Espíritu
a esta Iglesia potosina?”
La
primacía de la oración nos lleva a dar la primacía
a la gracia que nos libera de pensar que los resultados dependen de
nuestra capacidad de hacer y programar; cuando hay fracasos y no se
avanza, la gracia nos libera de la frustración y el desaliento.
No olvidemos que el protagonista de la misión es Jesús,
no el discípulo. Por tanto, estamos llamados a participar de
la misión a partir de la oración y de la gracia.
3.-
Una palabra de aliento y esperanza.
Hace
ocho años, emprendimos este tramo del camino diocesano que concluyó
el año pasado. Lo comenzamos llenos de ilusión en el clima
espiritual del Gran Jubileo del 2000. Todo comenzó con la elaboración
del Segundo Plan Diocesano de Pastoral. ¿Recuerdan ustedes que
lo realizamos entre el temor y la esperanza? No conocíamos el
método ni el camino. Hubo dudas y titubeos. La barca potosina
no tenía claras las cartas de navegación. Pero confiamos
en Dios y en nosotros, y llegamos a puerto seguro. Nos acompañó
la presencia cierta de Jesús que, una y otra vez, repite sus
palabras a lo largo de los milenios: “¿Por qué
tienen miedo, hombres de poca fe? (Mt. 8 26). Comenzamos, entonces,
la realización de nuestro proyecto pastoral que fuimos evaluando
año tras año, proponiéndonos, a la vez, nuevas
tareas y compromisos.
No
han faltado los logros abundantes, las alegrías de la cosecha,
las satisfacciones. Señalo cuatro grandes frutos, desde mi punto
de vista: la crecida vivencia del encuentro con Cristo vivo, la práctica
frecuente en muchos ambientes de la Lectio Divina, el vigoroso aliento
recibido de la espiritualidad del camino, el avance en los rasgos del
nuevo rostro de nuestra Iglesia: convertida, comunitaria, misionera,
ministerial, solidaria, inculturada.
Hay
que reconocer, por otro lado, que no estuvieron ausentes los obstáculos,
desilusiones, apatías, cansancios y desalientos. A este respecto,
les comparto que me ha llamado la atención cómo el Papa
hace mención, repetidas veces, en Aparecida, del cansancio. ¡Es
tan real, recurrente y humano! Pero, con la gracia de Dios, lo vencemos.
Somos hombres y mujeres que caemos y nos levantamos; somos discípulos
y misioneros que caemos y nos levantamos. ¡Es verdad! Nuestra
vida está lastrada por el desaliento. A veces, pensamos que nuestras
expectativas están rotas por completo, sentimos que caminamos
sin rumbo definido; nuestros ojos no perciben que Jesús se acerca
siempre a nosotros y nos acompaña, como a los discípulos
de Emaús. Aunque no lo percibamos, el Resucitado está
caminando con nosotros. A lo largo de estos ocho años, Él
ha sido nuestro acompañante. ¡Ha estado junto a nosotros!
Nos ha escuchado y nos ha explicado las Escrituras. Se ha preocupado
de nuestros problemas pastorales. Una y otra vez, nos ha señalado
el camino cuando no sabíamos por dónde avanzar. Ha partido
el Pan para alimentarnos. Nos ha transmitido esperanza en los momentos
más difíciles de nuestro caminar diocesano.
4.-
Desafíos y horizontes.
Hoy,
en esta asamblea, el Señor vuelve a pasar a nuestro lado. Nos
reitera el imperativo misionero: “Pónganse en camino”
(cfr. Mc. 16, 15). El camino nunca termina. Retomamos la espiritualidad
del camino. Estamos invitados a crecer. No olvidemos que crecer, en
cualquier aspecto de nuestra vida tiene un precio. Los cambios sin dolor
sólo ocurren en los cuentos de hadas. Hay que tener la valentía,
la perseverancia, la audacia de volver a empezar, de resistir los fracasos
y las dudas, ir más allá de los golpes y volver a empezar.
De esto se trata al proponernos elaborar el Tercer Plan Diocesano de
Pastoral. Levantar la mirada para contemplar el camino nuevo que Dios
quiere que emprendamos con vigor, alegría y esperanza. En él
se encuentran muchos desafíos pero también amplios horizontes
para la evangelización en esta Iglesia potosina. ¿Por
dónde nos llevará el Señor? No lo sabemos.
El
Documento de Aparecida sólo nos dice que hay que “recomenzar
desde Cristo”. Conocemos el punto de partida, la dirección
y la meta, no conocemos las rutas, las rutas misteriosas del Espíritu.
Aparecida dice: “Estamos llamados a recomenzar desde Cristo,
a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el
mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro
con los primeros discípulos a las orillas del Jordán,
hace 2000 años” (n. 549).
Como
indispensable sustento para el camino, como presupuestos necesarios,
Aparecida nos propone dos cosas: la comunión eclesial y la conversión
pastoral. Nos dice, recordando a Juan Pablo II, que no nos atrevamos
a emprender la planeación pastoral sin la vivencia de la espiritualidad
de comunión ya que ésta “es el principio educativo
de todos los lugares donde se forma al hombre y al cristiano, donde
se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes
pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades”
(NMI,43). Tampoco hagamos proyectos pastorales sin una sincera y verdadera
conversión pastoral que nos haga “pasar de una pastoral
de mera conservación a una pastoral decididamente misionera”
(DA, 370). Nos exige una conversión pastoral que haga atractiva
a la Iglesia para que “se manifieste como una madre que sale
al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión
misionera” (DA, 370) Nos recuerda que la Iglesia crece por
atracción, no por proselitismo. Y también nos advierte
que todo proyecto pastoral, “sólo es eficiente si cada
comunidad cristiana, cada parroquia, cada comunidad educativa, cada
comunidad de vida consagrada, cada asociación o movimiento y
cada pequeña comunidad se insertan activamente en la pastoral
orgánica de cada diócesis” (DA, 169). Es decir,
para la elaboración y puesta en práctica del Plan de Pastoral,
se requiere conversión pastoral en todo y de todos.
Queridos
asambleístas, esta es la espiritualidad del camino que hoy retomamos.
Dejémonos llevar por ella. De esta manera, estoy seguro que,
guiados por el Espíritu del Señor, elaboraremos el mejor
Plan de Pastoral y lo llevaremos a la práctica alentados por
el viento nuevo de un nuevo Pentecostés, en los años por
venir. ¡Manos a la obra! La Virgen, Madre de la Iglesia, perfecta
discípula y primera misionera, nos acompaña para que caminemos
con Cristo, como sus fieles discípulos y audaces misioneros.
Al igual que Pedro, discípulo y apóstol apasionado, digamos:
¡En tu nombre, Señor, lanzamos las redes! (Cfr. Luc. 5,
5).
San
Luis Potosí, S.L.P., Abril 16 de de 2008.
+Luis
Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí.